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ENSAYO
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La
obra literaria del francés sigue generando polémica.
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Roberto |
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| JULIO
VERNE ¿LISTO PARA OTROS CIEN AÑOS? |
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Cuando todo parece indicar que el tema Julio Verne está agotado, este ensayo nos permite reflexionar sobre todo aquello que en la obra del francés no es transparente. Y más allá de su aporte al desarrollo de la ciencia-ficción dura parece haber muchas otras cosas dignas de estudio. |
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Julio
Verne nació en 1828 en Nantes, ciudad portuaria que fuera hogar de los
duques de Bretaña y que sería severamente bombardeada en la Segunda Guerra
Mundial. Hoy en día, la ciudad mantiene un museo Julio Verne y realiza
anualmente el Festival Utopiales, uno de los principales eventos
europeos de ciencia-ficción. Verne
falleció en 1905 como uno de los autores más leídos del mundo. Sin embargo,
en el final de su vida parecía frustrado, especialmente por la negativa
de la Academia Francesa de Letras de acogerlo en su seno. Cien años después,
su fama e influencia todavía se hacen sentir, mientras que a duras penas
recordamos a otros escritores de su tiempo, como presentía Raymond Roussel:
«Verne seguirá existiendo cuando todos los demás autores de nuestra
época ya hayan sido olvidados hace mucho tiempo.» Varios
de sus 60 libros de la colección Viajes Extraordinarios son incluidos
en la actualidad dentro de la ciencia-ficción, en virtud de nuestra mirada
retrospectiva, y el nombre mismo de la colección bautizó la manera principal
de hacer CF en la Francia del siglo XIX (en Inglaterra, el género era
conocido como «romance científico»). Su propuesta de «resumir todos
los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos recolectados
por la ciencia moderna, y rehacer, bajo la forma atrayente y pintoresca
que le es propia, la historia del universo» parece surgir tanto de
sus propias ambiciones como de la figura de su editor, Pierre Hetzel.
De hecho, fue Hetzel quien lo contrató para su publicación Magasin
d’éducation et de récréation, ya que anteriormente Verne escribía
comedias y operetas para los teatros de París. En
Viaje al centro de la Tierra (1864), en De la Tierra a la Luna
(1865) o en Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), Verne
exploró la ciencia de su época de manera cuidadosa y didáctica. Difundió
las ideas de Darwin en el primer libro, anticipó la necesidad de una posición
ecuatorial para las bases de lanzamiento de cohetes (el Cabo Kennedy)
y el «amarizaje» de las naves que reingresan a la atmósfera, en el segundo;
y el submarino como arma estratégica en el tercero. Defendiendo su método,
criticó la fantasía científica de H. G. Wells Los primeros hombres
en la Luna (1901), que comparte la misma temática de la novela verniana
de 1865. Allí nace el eterno debate de la ciencia-ficción en torno al
rigor científico. De
hecho, Verne no previó o descubrió el dirigible, el submarino, el cohete
o el autómata, como muchos piensan. Simplemente extrapoló –imaginando
un desarrollo posible– las ideas que ya circulaban. Su mérito, quizás,
estaba más en darle una forma tan concreta y apasionante a sus visiones,
haciéndolas ver más reales que la propia realidad. Cuando Santos Dumont,
un fanático de Verne, viajó a Europa para empaparse con los últimos desarrollos
del globo dirigible, se sorprendió con el hecho de que todavía no habían
sido inventados, en clara oposición a lo que sostenían los escritos
del novelista. Y fiel al espíritu verniano, Dumont regresó para inventar
el dirigible y mucho más. Verne
comenzó a ser imitado incluso cuando todavía vivía. El visionario artista
Albert Robida pobló el futuro con imágenes de dirigibles, buzos y submarinos
en obras como Le XXe siècle (1883), La vie électrique (1890)
y La guerre au XXe siècle (1887), además de ilustrar los fascicules
escritos por Pierre Giffard, La guerre infernale, explorando un
costado mucho más pesimista. Los
fascicules fueron publicaciones populares –las dime novels
francesas– que circularon especialmente entre 1907 y 1959, muchas
veces explorando el romance y la ciencia ficción de influencia
verniana, como en las novelas publicadas en Voyages lointains, aventures
étrages, o en los seriales Aventures fantastiques d’un jeune parisien,
de Arnauld Galopin, y Les voyages aériens d’un petit parisien à travers
lê monde, un auténtico best-seller escrito por Marcel Priollet.
El incansable pequeño parisino también estuvo en el espacio con Les
aventuriers du ciel, de R. M. De Nizerolles. Otras series de aventuras
baratas fueron Les Robinsons de l’île volante, del propio Nizerolles,
y Les gangsters de l’air, de José Moselli. La
mayoría de estos autores fueron olvidados, pero bien pueden haber contribuido
a llevar la influencia de Verne dentro del siglo XX, del mismo modo en
que lo hizo Hugo Gernsback, editor natural de Luxemburgo. Creador de la
frase science fiction, Gernsback fue el responsable de la formación
de un mercado especializado para la CF a través de su trevista Amazing
Stories, en 1926. Para señalar a los autores norteamericanos el tipo
de historia que deseaba incluir en su revista, reeditó historias de Verne
(como así también de Poe y de Wells). En
el Brasil, O Doutor Benignus (1875), de Augusto Emílio Zaluar,
tenía la influencia de Verne claramente marcada en ese viaje extraordinario
por el interior del país, de la misma manera que A Filha do Inca
(1927), de Menotti Del Picchia, y una novela tan tardía como O Homem
que Viu o Disco Voador (1958), de Rubens Teixeira Scavone. El propio
Verne «anduvo por aquí» con una novela amazónica de 1881, La Jangada,
aunque de hecho nunca puso un pie en Brasil. Como en muchos de sus viajes
extraordinarios, su travesía era a través de la imaginación, inspirada
en relatos ajenos: basta hablar de la aldea flotante bajando por el Amazonas,
que sugiere la imagen de la fábrica flotante del malhadado Proyecto Jari. Si
bien Verne fue imitado, él mismo también imitó. Es el caso del helicóptero
gigante de Robur, el conquistador (1886), que Verne habría «aprovechado»
de la obra de uno de sus imitadores, el norteamericano Luis Senarens,
que escribió una serie de dime novels protagonizadas por el héroe
Frank Reade (entre 1876 y 1913). Pierre Versins, creador de la notable
Encyclopédie de l’Utopie et de la SF (1972), realiza una extensa
lista de los temas que Verne habría tomado de autores franceses e ingleses
de los siglos XVIII y XIX. Incluso la «estrategia» de resumir los conocimientos
científicos de la época habría sido intentada con anterioridad (aunque
sin éxito, al contrario que Verne), de acuerdo con Versins. Es
bueno recordar que esta «polinización cruzada» es propia de los géneros
populares, y tal vez uno de los méritos de Verne haya sido estar posicionado
como figura central de ese proceso. No obstante, numerosos
investigadores se preguntan qué lo hace único para la ciencia-ficción.
De hecho, otros autores –muchos de los cuales tenían imaginación y capacidad
literaria superiores– ya escribían viajes extraordinarios con anterioridad.
Verne escribía ciencia-ficción dura de su tiempo: «Soy un escritor
cuyo trabajo es registrar cosas que parecen imposibles, pero que sin embargo
son absolutamente reales», dice el profesor Aronnax, el narrador de
Veinte mil leguas de viaje submarino. La CF dura representa para
muchos el «núcleo alrededor del cual gira la ciencia ficción» (en
palabras del editor norteamericano David Hartwell). Pese a que Verne no
siempre acertaba: el tema de la tierra hueca, que heredó de una sus principales
influencias, Edgar Allan Poe, es una imposibilidad, de la misma manera
que es imposible la superviviencia de los tripulantes de una cápsula espacial
disparada por un cañón. Lo que cuenta es la intención de extrapolar estrictamente
a partir del saber científico de su tiempo. Su
didactismo esconde, por ejemplo, un aspecto poco reconocido por los críticos:
su ficción estaba anclada en el presente. Aunque haya tratado sobre
temas del pasado histórico y prehistórico, y haya escrito algunas narraciones
ambientadas en el futuro, Verne se refería siempre al ahora, al
conocimiento actual del hombre del siglo XIX. No importaba que hablase
de dinosaurios o de la Atlántida sumergida, su ficción exudaba una fuerte
sensación de contemporaneidad, integrándose al contexto de las publicaciones
populares en las que aparecían sus novelas. Los intereses cotidianos de
las personas del siglo XIX –viajes, descubrimientos y hechos científico-aventurescos–
eran incrementados y transformados en maravillosos en sus viajes extraordinarios.
Así, la ciencia y la tecnología impregnaban la experiencia del hombre
de ese entonces. Para
trazar un paralelo contemporáneo, su método y su anclaje en el presente
estarían vivos en un Michael Crichton, que comparte otra característica
con Verne: el hecho de ser un creador de best-sellers. De hecho,
Crichton fue el primer «más vendido» de ciencia-ficción, a nivel nacional
en la posguerra, con La amenaza de Andrómeda (1971), y sigue estando
en gran forma, aunque su utilización cínica de los temores contemporáneos
respecto de la ciencia y la tecnología son una estrategia que Verne no
aprobaría. El
cyberpunk, el movimiento surgido dentro de la ciencia ficción que
más la ha trascendido, tiene como ideólogo a Bruce Sterling, un declarado
fanático de Verne que admite: «Comparto la tendencia verniana de escribir
viajes fantásticos en los que la gente aparece rápidamente en los rincones
más extraños del mundo. Es una buena manera de aportar una serie de datos
en un texto, sin perder el interés del lector.» Sterling define al
cyberpunk como una clase de CF dura. Como hacía Verne, el cyberpunk
extrapola desarrollos inmediatos de la tecnología actual, ubicados en
un futuro próximo. Y de la misma manera en que el escritor francés utilizaba
muchos personajes norteamericanos o ingleses –países en la vanguardia
de la producción científica del siglo XIX–, los autores globalistas del
cyberpunk fueron a buscar la vanguardia de las nuevas tecnologías
y de los comportamientos en Japón y en los «tigres asiáticos». La
influencia verniana está más presente en el steampunk, subgénero
que Sterling creó con otro gurú del cyberpunk, William Gibson,
a través de la publicación de la novela The Difference Engine (1992).
Se trata de una ciencia-ficción retro, que regresa a las raíces
del género en el siglo XIX. Según Sterling: «Nuestro plan original
presentaba a Verne como personaje en The Difference Engine. Por
suerte, recuperamos el juicio y no lo utilizamos. Desde entonces, ya escribí
dos introducciones para reediciones de novelas de Verne, La vuelta
al mundo en 80 días y La isla misteriosa.» El steampunk
estuvo muy en boga en los ’90, antes de transformarse en un formato particularmente
popular en las historietas y en el cine (The League of the Extraordinary
Gentlemen y La liga extraordinaria, respectivamente). Frente
al «Problema Verne» –en palabras del respetado investigador Thomas Clareson–
algunos dirán que la influencia del escritor en los siglos XX y XXI es
apenas residual, y que su contemporaneidad es más que nada una curiosidad
sobre una determinada época, el siglo XIX, en la que se construía la primera
ciencia-ficción (y podríamos agregar, también el mundo tecnológico en
el que vivimos). ¿Traerá el futuro próximo el olvido de su duradera fama? No
creemos. Simplemente, el Problema Verne será más profundo. Marcel Moré
ha señalado las semejanzas entre sus escritos y las ideas de Nietzsche,
en particular la posición del capitán Nemo, de Veinte mil leguas de
viaje submarino, una especie de súperhombre nietzschiano, misántropo
y dispuesto a perseguir sus objetivos más allá de la humanidad mediocre
y vil. «¡Dí tu palabra y hazte pedazos!» (Así habló Zaratustra)
podría ser el lema del aventurero submarino, un guerrero de origen indio
que ha perdido todo a manos del colonialismo inglés (odiado por Verne),
y que aspiraba a colectar el conocimiento de todos los océanos del mundo
para entonces liberarlo en un arca sellada –como una especie de mensaje
en una botella– el día de su muerte. Nemo financiaba movimientos de liberación
con el oro recuperado de galeones naufragados, y atacaba al poderío naval
de las potencias coloniales. El súperhombre nietzschiano fue repetido
por el francés con Robur y su nave aérea. Verne, que proyectaba una imagen
de burgués y positivista convencido, tenía tendencias de izquierda. De
acuerdo con Moré: «En 1889 se presenta en las elecciones municipales
de Amiens en una lista ultra ‘roja’.» París en el siglo XX,
un inédito publicado póstumamente en 1994, sugiere temas sociales y el
cuestionamiento del rumbo de la sociedad occidental, tópicos presentes
en Verne desde el principio (el texto fue rechazado por Hetzel en el inicio
mismo de la carrera del escritor). Para John Clute, uno de los principales
críticos contemporáneos de la ciencia-ficción, «su último libro, La
misión Barsac, es un salvaje ataque a la pretensión del Progreso Occidental
de ser capaz de construir algo que se asemeje a una sociedad ideal»,
sugiriendo un arco argumental en la obra de Verne, a partir del cual el
escritor habría regresado a sus convicciones iniciales. Por su parte,
Michel Foucault, haciendo un análisis del discurso verniano detecta una
tensión entre cierta inmovilidad del discurso del saber científico y su
deseo de aventuras, en una frustrada búsqueda por el conocimiento del
Yo. El
Problema Verne traería consigo, enmascarado con el deslumbramiento tecnológico,
ese lacerante dilema entre el conocimiento del universo y el conocimiento
de lo humano. Una cuestión que hoy en día está más viva que nunca. Viva,
tal vez, por los próximos cien años.
Traducido
por Horacio Moreno |
Julio Verne
Ilustración de De la Tierra a la Luna.
Ilustración de Veinte mil leguas de viaje submarino.
Ilustración de La Jangada, aventura ambientada en el Amazonas.
Robur, la obra que predice el poder aéreo.
Verne pretendía que el lanzamiento del cohete a la Luna se realizara a través de un cañón, algo que hoy sabemos que es imposible.
Nemo, el capitán del Nautilus de Veinte mil leguas de viaje submarino, es un indio que ha perdido todo a manos del colonialismo inglés, al que combate en el mar.
Las primeras versiones fílmicas de Veinte mil leguas de viaje submarino (1916) conservaron las acendencia oriental de Nemo.
La liga extraordinaria, película que debe mucho a la imaginería de Verne.
El Nautilus imaginado en The League of the Extraordinary Gentlemen.
The Difference Engine, novela de Sterling y William Gibson que inaugura el steampunk literario.
La vejez de Julio Verne.
La tumba de Julio Verne. |
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©
Roberto de
Sousa Causo
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