ENSAYO
Los orígenes de clase de la ciencia-ficción argentina.

Carlos
Pérez
Rasetti

Samizdat - vicio y subcultura
LA LOCURA LÚCIDA
FICCIÓN, CIENCIA Y LOCURA EN LAS FANTASÍAS CIENTÍFICAS DE HOLMBERG

Los estudios sobre los orígenes de la ciencia-ficción argentina eran prácticamente inexistentes hace una década atrás. Apenas había alguna referencia a Holmberg, muy somera, en antologías del género, y los «estudiosos» vernáculos, consagrados por los medios, directamente desconocían totalmente el tema. El trabajo y la investigación de algunos aficionados permitió el «descubrimiento» de Holmberg, el más representativo de los padres fundadores, y este estudio de Carlos Pérez Rasetti -que ya tiene algunos años pero que permanecía inédito- es, sin lugar a dudas, el ensayo más profundo e informado que existe a la fecha sobre el personaje y los orígenes de clase que tiñeron nuestra primera ciencia-ficción.

 

Suele citarse a Eduardo Ladislao Holmberg como el primero que escribe ciencia ficción en la Argentina (Dellepiane 1989a; Moreno 1998; Prieto 1967). Esta afirmación nos remite a algunas preguntas interesantes sobre la propia obra de Holmberg y su relación con los discursos narrativos que la crítica comprende dentro de los límites del género. Pero nos sitúa en una cuestión previa respecto de las condiciones de posibilidad de una ciencia ficción a fines del siglo XIX en Buenos Aires. Esto es, preguntarnos, siguiendo a Marc Angenot (1988; 1999), cuál es la configuración de los discursos sociales que permite y limita la producción de una narrativa de ficción científica entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX en la Argentina y, en consecuencia, qué se podía escribir en términos de una literatura que problematizara la ciencia en aquel estado concreto de sociedad.

Entre 1875 y 1917, Eduardo Ladislao Holmberg escribió seis textos de ficción que, de una u otra manera, problematizan la cuestión científica. Finalizó el último de ellos, Olimpio Pitango de Monalia (Holmberg 1994), en 1917 pero el texto permaneció inédito hasta mucho después de la muerte de su autor. Los otros cinco se publicaron en un período de diez años, hasta 1884, intercalados con la aparición de una buena parte de la obra científica de Holmberg y con otras obras de ficción [1]. Con excepción de Dos partidos en lucha todos fueron primero publicados en la prensa porteña [2] y en la misma prensa les adjudicaron especificidad genérica y carácter inaugural.

El primero de esos textos, Dos partidos en lucha (1875) apareció con la calificación de «fantasía científica» en tapa. Reclamaba un tipo de lectura. Miguel Cané escribió una reseña en la que reconocía y destacaba la relación entre ficción y ciencia que encuentra en la novela: «Generalmente ignorantes en ciencias naturales, hemos sentido un movimiento de orgullo al ver que un joven como nosotros se agita en el campo de la ciencia, fácil y libremente, hasta el punto de basar en axiomas científicos las fantasías de su espíritu» (Cané 1875:113). Quizás Cané advierte que hay dos modos de ficcionalizar la ciencia en Dos partidos en lucha, y puede ser que su frase, «hasta el punto de basar en axiomas científicos las fantasías de su espíritu», se refiera a ambas. Pero inmediatamente a continuación destaca un episodio de lo más logrado de la novela (es su opinión, y también la mía) en el cual la hipótesis científica es utilizada como soporte de la estructura narrativa. Es el episodio en el cual el naturalista Grifritz revive una planta (Holmberg 1875a:36-46). Una sensitiva recolectada por Bompland que estuvo disecada en el herbario durante cincuenta años vuelve a adquirir lozanía y a reaccionar al contacto, luego de ser experimentalmente hidratada. Quizás su sentido estético le permite intuir cuál va a ser el camino más productivo del nuevo género: «Sacrificaríamos nuestra dignidad de hombres aceptando la disgustante teoría de Darwin sobre la transformación de las especies, con tal que el fenómeno de la resurrección de la sensitiva fuera exacto» (Cané 1875a:113). Cané se ubica entre los creacionistas casi por una cuestión de buen gusto y concede a la seducción de lo mejor del texto la verosimilitud propia de la ciencia ficción. Advierte que esta modalidad de ficcionalizar las cuestiones científicas es muy superior al mero procedimiento de utilizar una teoría científica como tema, que es el modo que predomina en Dos partidos en lucha. Allí se cuenta la disputa entre los partidarios de dos teorías. Los creacionistas, llamados rabianistas en la novela por el nombre –Rabián– de su líder, y los partidarios de Darwin y del evolucionismo. La lucha se disputa a través de asambleas en plazas, conferencias, debates, artículos periodísticos, y el escenario central es un gran congreso científico en cuya segunda sesión, realizada en el viejo teatro Colón, participa el mismo Darwin. En realidad, el desarrollo de la acción no implica un extrañamiento cognoscitivo y, si no fuera por cierta hiperbólica trascendencia que se otorga en ese Buenos Aires de ficción al debate científico y la también desmesurada condición del Profesor Grifritz, su museo y sus colecciones, diríamos que se trata de una narración realista. Pero más allá del tema del debate, lo que de alguna manera configura coherencia con la clave de «fantasía científica» que el autor impone al texto en el subtítulo, es algo que Miguel Cané percibió. Cané advierte que la obra, publicada a poco de concluir las luchas políticas entre los partidarios de Mitre y los alsinistas, y que además se titulaba Dos partidos en lucha, no podía dejar de estar refiriéndose de alguna manera a aquellas [3]. Cané opina que esta parodia no se puede leer en esa hora: «En otro momento menos agitado, cuya influencia fuera más suave sobre el espíritu, habríamos buscado las analogías y alusiones de una manera más vaga, tal vez siguiendo las inspiraciones de nuestros sentimientos propios, en vez de estar bajo la presión del hecho brutal e inmediato» (Cané 1875a:112). Considera fallido, por lo tanto, ese propósito paródico. Esta polémica ocurrida en el momento de publicación de la novela, entre lo que se escribe y lo que se puede leer en lo escrito, pone de manifiesto una tensión propia de la emergencia de un nuevo género. El discurso que Holmberg inaugura resulta reconocible en orden a la configuración discursiva cuya trama constituyen especialmente las obras diversas de Hoffmann, de Verne y Flammarion que circulaban en el Buenos Aires de fin de siglo [4] y el discurso científico del evolucionismo de Spencer y Darwin, instalado como referencia polémica en el debate culto de la sociedad de la época [5]. Pero resulta opaco aún en cuanto código revisado para referirse a nuestra realidad. Pagés Larraya coincide con Cané. Encuentra analogías en la confrontación entre rabianistas y darwinistas y la modalidad en que se desarrollaban las luchas políticas de la época (actos en los teatros, marchas y mítines en las plazas, debate por la prensa y profusión de boletines facciosos [6]) pero no percibe el carácter político de la obra (Pagés Larraya 1994:52-53). Pagés Larraya opta entonces por destacar que la parodia se circunscribe al ambiente académico de la época. Es cierto que los personajes principales, Pascasio Grifritz, Francisco P. Paleolítez y Juan Estaca, muestran y ocultan referencias a las personalidades de la ciencia, pero también lo es que resulta difícil asignar correspondencias directas y que la disputa académica no se narra a sí misma, sino que asume la ritualidad propia de las luchas políticas de la época. Años más tarde Holmberg se referiría a aquella ambigua referencia política de su primera novela: «Se dijo que era un libro político y me callé la boca. A los veintidós años es preciso callarse» (Holmberg 1882:3). Y no aclara más porque, en realidad, la clave estaba en el propio libro, en una frase de Grifritz, cuando, avalado por la resurrección de la sensitiva, confiesa al protagonista: «Sirvo a una doctrina científica: el Darwinismo. Tarde ó temprano llegará a ser una doctrina política» (Holmberg 1875a:45). La parodia estaba, pero era, sino más eficaz, sí mucho más sutil. Holmberg imagina una Buenos Aires involucrada en esa lucha política para él más útil que las disputas de los partidos. Narra una sociedad pendiente de la confrontación que debería darse si se pretende el progreso del país. La de imponer el darwinismo entendido como una doctrina que permite comprender la cuestión social y, por lo tanto, cuya aceptación generalizada permitiría a los argentinos ponerse en mejores condiciones para encarar la lucha por la vida.

«Si triunfan los rabianistas, veremos la propaganda del statu quo, con toda su sombra, con toda su necia firmeza ... Si por el contrario triunfamos los darwinistas ... incuestionable que tiene que alterarse la norma social, y, o estalla una revolución filosófica de una trascendencia incalculable, o llega la indiferencia hasta el extremo de no saber apreciar la influencia de una doctrina científica en la marcha de la sociedad.» (Holmberg 1875a:45).

Más que parodiar el ambiente académico de fin de siglo, asimilándolo a las luchas políticas, lo que Holmberg construye es un texto atravesado por el discurso utópico que, en la línea de Cyrano de Bergerac, Swift y Voltaire, parodia a los políticos señalando cuál es para él el instrumento con que construir un estado moderno [7]. Para Holmberg, como para los jóvenes positivistas de su generación, las teorías evolucionistas eran más que una cuestión académica, constituían la clave para entender la dinámica histórica y social y, por lo tanto, un instrumento estratégico para controlar la sociedad y lograr la construcción del estado liberal y capitalista en que estaban empeñados (Terán 1987). La verdadera lucha política era la de constituir la institucionalidad de la república para lo cual había que «operar una reforma intelectual apta para poner término a la época crítico-revolucionaria abierta en 1789 y reemplazarla por un período estable en el cual la ‘estática’ del orden y la ‘dinámica’ del progreso pudieran convivir armónicamente.» (Terán 1987:13). Esta reforma se haría con el instrumento ideológico que proporcionó el darwinismo devenido evolucionismo social.

En el mismo año 1875 aparece El viaje maravilloso del Señor Nic Nac/ En el que se refieren las prodigiosas/ aventuras de este señor y se dan a conocer las instituciones,/ costumbres/ y preocupaciones de un mundo desconocido. Primero se publicó en folletín, en El Nacional, y luego como pequeño volumen. La propuesta del extenso título ratifica la vertiente utópica en el programa de escritura de Holmberg a la vez que remite también a la larga tradición de los viajes extraordinarios que, si bien constituye una serie independiente, guarda fuertes puntos de contacto con la literatura utópica, especialmente a partir de Los Viajes de Gulliver.

El viaje imaginario/extraordinario/maravilloso se propone, como la literatura utópica y la ciencia ficción, para ser leído en el eje ficción/cognición. Es la descripción literaria de un proceso de iniciación que empezó sagrada y explícita y devino luego inconsciente, críptica e incluso profana (Brion 1968). El relato de una partida hacia lo otro, del recorrido y de las pruebas y aventuras que el viaje impone al protagonista, está muchas veces ligado a la literatura utópica, al punto de convivir con este género dependiendo su adscripción del peso que en el relato encuentre la descripción de ese otro lugar de destino (Trousson 1995:53-54; Tomé 1987:84-85), al que hace explícita mención la segunda parte del título.

El viaje es una constante en los relatos de Holmberg que tematizan la ciencia, posiblemente porque también eran un constituyente esencial de su trabajo científico [8]. Dos partidos en lucha comienza con un viaje por la Patagonia en el que Ladislao Kaillitz [9] encuentra los restos de un campamento correspondiente a la expedición de Fitz Roy y Darwin, con una inscripción del naturalista inglés. El viaje significa para Kaillitz la revelación de Darwin, del que poco sabía a pesar de estar concluyendo sus estudios de medicina en la universidad. En el final de la novela hay otro viaje que cierra el círculo utópico. Es el viaje de Darwin a Buenos Aires para concluir el debate del Congreso Científico y consagrar la victoria de los evolucionistas. El primer viaje representa al segundo, el primero constituye en paladín del evolucionismo a Kaillitz y el segundo, a la clase dirigente de Buenos Aires.

Otro viaje de Ladislao Kaillitz narra El tipo más original, una novela que Holmberg escribió en 1875 y  que se publicó parcialmente en 1878 en El Álbum del Hogar. La obra no tiene más interés que el que le otorgan algunos episodios disparatados narrados con eficacia y humor. Con todo, el viaje de Kaillitz para conocer al Prof. Burbullus, tiene el mismo carácter de iniciación profana en el conocimiento científico que caracteriza a los viajes de las otras novelas de Holmberg. Es la obra que más se atiene a la crítica de costumbres y la cuestión científica se circunscribe a la descripción de este personaje por lo menos excéntrico, si no loco que, entre otras peculiaridades, cultiva la de no hablar dos días seguidos en el mismo idioma y, como conoce 35 lenguas, tiene un menú que recomienza periódicamente. Kaillitz apostó con un amigo alemán que lograría hacer fallar a Burbullus en su propósito lingüístico utilizando al menos una palabra de alguna lengua que no sea la correspondiente al día. Nunca sabremos como terminó la apuesta, y queda apenas esa descripción a la vez fascinada y crítica del científico y la referencia a un tema que tendrá especial importancia en la obra de Holmberg, la relación entre genio y locura.

Pero el viaje más significativo en la obra de Holmberg es el de Nic-Nac. La novela comienza con la noticia, comentada en los corrillos de la plaza Victoria y en los boletines de prensa, de que el Señor Nic-Nac había regresado de un viaje a Marte, que estaba internado en el manicomio y que allí escribía un diario de la travesía interplanetaria. Luego de esta introducción, los cuarenta capítulos de la novela son los del diario de Nic Nac, más unas páginas finales tituladas: «El editor toma un momento la palabra».

Nic Nac realiza el viaje recurriendo a las técnicas del espiritismo. Asesorado por el Sr. Seele, un medium, se deja morir de hambre para «liberar el espíritu del peso de la materia y elevarlo sustancialmente á aquellas rejiones que puedan servir quizá para resolver los puntos más difíciles del Universo» (Holmberg 1875b:10). Con él muere también, de la impresión, el médico que lo atendía. Transformados en espíritu-imagen, materia espiritual que conserva la imagen de los individuos y sus sentidos de acuerdo a las doctrinas espiritistas que circulaban en la época, Nic Nac y su médico emprenderán el viaje a Marte guiados por Seele.

Es significativo el vehículo elegido por Holmberg para el viaje de Nic Nac a Marte. Decididamente no se trata de un artefacto verniano pero también está lejos de ser el instrumento mágico que aporta el «ayudante» en los viajes iniciáticos de los cuentos folklóricos (Propp 1974) o la intervención divina que ordena la deriva de Ulises. La referencia a Verne es pertinente porque sus obras se publicaban en Buenos Aires como folletín en los mismos periódicos en los que publicaba Holmberg, él lo cita reiteradas veces y la crítica de la época y los ensayistas posteriores los relacionan siempre [10]. Con todo, no recurre a un artefacto tecnológico como el Columbia para el viaje interplanetario de sus personajes sino a las técnicas espiritistas rigurosamente aplicadas siguiendo los textos que, como los de Allan Kardec (Kardec 1972), se leían en aquella Buenos Aires finisecular.

Los vehículos de Verne son artefactos realizados con la tecnología disponible en la sociedad industrial de los países centrales. En todo caso se trata de artefactos de punta (el submarino, el vehículo espacial balístico) producidos por un individuo cuya audacia exploradora lo pone al límite de las posibilidades de la tecnología existente, pero siempre dentro de ella [11]. El vehículo no tecnológico de Holmberg, el espíritu-imagen, se instala en cambio en los bordes difusos de la episteme de la época y se propone claramente como una opción no tecnológica en una sociedad en la que el discurso tecnológico está ausente de la esfera pública [12], si se exceptúan algunas referencias retóricas a la máquina de vapor y a la electricidad en el discurso político [13]. No son ingenieros los que construyen el discurso público de la sociedad del ochenta, son abogados y médicos y son éstos últimos los que desarrollan las bases epistemológicas de la ideología social que dará sustento al programa político liberal y capitalista. La preocupación principal de su economía política [14] no es introducir o desarrollar tecnologías industriales sino constituir una fuerza de trabajo ordenada y homogénea a partir de la inmigración que sirva de base al progreso fundado en la explotación de los recursos naturales del país. Y para lograr esa masa trabajadora homogénea confían en el determinismo geográfico y en la selección natural condicionada por la ley, las instituciones y, especialmente, por la educación [15].

Holmberg se pone en el límite exterior de las ciencias naturales y sociales de su sociedad para diseñar el viaje de Nic-Nac. Propone como subtítulo de esta segunda novela fantasía espiritista, que resulta una reelaboración paródica de fantasía científica, subtítulo que llevaba su novela anterior. Un modo pudoroso de señalar la distancia entre el compromiso del autor con las teorías del evolucionismo darwiniano y el que pudiera tener con las conjeturas seudocientíficas del espiritismo. Pero, como toda parodia, a la vez que da cuenta de la distancia postula la relación entre los dos términos que por de pronto comparten (como ciencia y seudociencia) el propósito cognitivo y guardan analogías en la lógica de su discurso argumentativo. En todo momento queda claro que Nic-Nac viaja a un planeta Marte que es el doble de la Tierra, a Aureliana, un país marciano que es el doble de la Argentina de Holmberg [16], el doble disparatado y lúcido de la Argentina. Y que para realizar el viaje, para acceder a esa imagen interpretada de la realidad, Nic-Nac debe someterse a una transformación por la vía del espiritismo, un doble también disparatado de la ciencia, que se reclama materialista y aún, positivista. La anulación del cuerpo por hambre para liberar el espíritu-imagen, no es una operación religiosa ni mágica, sino un proceso que la ficción propone científico. Es el paso de una materia a otra, más sutil, no en la oposición materia/espíritu, sino en un continuo en el que el espíritu es una substancia material diversa, depurada, capaz de «transplanetarse», de efectuar la «transmigración» a Marte. Es decir, de hacer el viaje al otro lado del espejo donde las cosas se ven claras y distintas, analizadas. «Tomemos este esferoide, dice Nic-Nac é imitando lo que siempre habéis hecho, mortales de la Tierra, segmentémoslo para poderlo estudiar» [17].

Los viajes de Verne son «un equivalente espacial del proceso de racionalización necesario para resolver el misterio inicial» [18] que se desarrolla en el tiempo gracias al vehículo tecnológico proporcionado por el capitalismo industrial; un viaje imperialista que colecciona territorios desconocidos pero en el que poco importa llegar al lugar privilegiado como meta [19], sino volver con el conocimiento adquirido que supone también la adquisición de la edad adulta. El viaje de Holmberg, en cambio, no capitaliza distancias. El viaje es la transformación, una iniciación por aplicación de la ciencia que «traslada» a Nic-Nac al mismo lugar; lo otro de Holmberg es una dimensión de lo mismo transformado por la acción de la ciencia que analiza, ordena y muestra. El espíritu-imagen de Nic-Nac que efectúa el viaje entre la Tierra y Marte en medio de torbellinos de luz, es el doble que actúa como visagra entre la sociedad y su espejo marciano en el que Nic-Nac se reencarna porque la imagen del espejo es minuciosa y el visitante debe dejar de serlo para asumir su cuerpo «marcialita». La iniciación profana de Nic-Nac se completa también en un círculo que consuma el regreso al lugar de partida, al propio lugar. Pero la suerte del ahora sabio, del que ya sabe, no es la de los personajes de Verne. La adultez adquirida por Nic-Nac no es la que habilita para integrarse a esta sociedad que no es capaz de entender la racionalidad de la ciencia. La ciudad que fue vista en Marte por Nic-Nac no acepta su imagen. De hecho, cuando regresa a Buenos Aires lo encierran en el manicomio de San Buena Ventura y desde esa «casa de orates» da a conocer su Viaje.

La visión lúcida de la sociedad que Nic-Nac trae de Marte es enunciada desde la locura y al poseedor de esa lucidez le espera la incomprensión y «las duchas frías del Dr. Uriarte.» Esa concepción elitista de la ciencia, que ayudará a los hombres de la generación del ochenta a explicarse las contradicciones entre su cruzada modernizadora y los comportamientos de la sociedad que estaban constituyendo, se resolverá en un proyecto político autoritario en la presidencia de Roca.

La descripción de las «instituciones, costumbres y preocupaciones» de Marte es, mucho más claramente que Dos partidos en lucha, un relato utópico de tipo satírico y disparatado. Es también una obra mejor acabada, aunque peca, como todas las novelas de Holmberg, de exceso de digresiones y falta de equilibrio en el tratamiento de su material narrativo. En Marte, Holmberg construye un doble espejo de la Argentina a través de la descripción de dos ciudades. En la primera de ellas, Theosophopolis, las fuerzas encontradas de la reacción y el progreso aparecen discriminadas en una urbanización geométrica cuyos cuatro barrios se agrupan de a dos para constituir sendas ciudades tan distintas como obvias: Theopolis y Sophopolis. La primera es la ciudad donde vive una raza religiosa y opaca (el halo luminoso que caracteriza a todos los habitantes de la ciudad es, en ellos, pálido y siniestro, mientras que en los sophopolitanos es una «aureola magnífica y rosada»), una raza cuya característica principal es la hipocresía. También una raza degenerada al punto que sus mujeres son defectuosas e incompletas y en el pasado tuvieron que recurrir a un rapto masivo de sophopolitanas para regenerase y sobrevivir. En Sophopolis, en cambio los habitantes son dechados de virtudes laicas; todos son científicos y sus mujeres son sanas y hermosas. Existe una Academia de Ciencias que actúa, además, como Congreso. En ella se discuten los problemas científicos y se promueven las leyes. Por su parte, nada se dice respecto del modo de gobierno de Theopolis, con excepción de la mención a un Gran Sacerdote que parece ser la autoridad principal. Theosophopolis es a la vez la proyección de una ciudad ideal regida por la ciencia y la razón positiva, y su contracara, el peligro oscurantista que la amenaza. La ciudad ideal de Holmberg es rudimentaria porque su construcción alterna la descripción de sus características diferenciales con la crítica directa a algunas de las costumbres de sus contemporáneos, como los celos y las disputas inútiles de los científicos y la extensa sátira de la religiosidad «volteriana» de los positivistas, que se hacen enterrar en Theopolis. Finalmente la tensión se resuelve con otro rapto femenino (esta vez de una sola mujer) y la lucha en la cual ambas ciudades son incendiadas. Se borra el pizarrón en el que se graficó la clase para que Nic-Nac pueda regresar a la Tierra, escribir su viaje y llevar con él una advertencia apocalíptica.

La utopía/distopía es el otro lugar que se desea o que se teme. O ambos a la vez, como en este caso. Holmberg proyecta una parte de sus miedos en la primera ciudad marciana que visita Nic-Nac: la idea de que conviven en la sociedad dos ciudades, dos órdenes institucionales contradictorios, y su convicción de que debe imponerse la racionalidad positivista sujetando la ley a la ciencia, organizando lo irracional de la sociedad de acuerdo a un orden institucional dictado por el derecho que da el saber, un cierto saber, el positivismo que su clase había adoptado. La oposición entre las dos ciudades presenta el estado ideal y su fundamento, el estado oscurantista que se rechaza.

La otra parte de los miedos de Holmberg los encuentra Nic-Nac cuando visita la «Gran Capital de la Nación Aureliana», ciudad en la que los habitantes no tienen aureola porque «el pueblo aprecia más un reflejo amarillo del mejor de los metales, que todas las aureolas de Sophopolis» (Holmberg 1875b:149). Aquí Holmberg presenta la radiografía de la Buenos Aires presente, la que él ve, la que ven los jóvenes de la clase dirigente del ochenta:

«Un pueblo extraño, y casi diría heterogéneo. Un pueblo en el que se vá apagando el sentimiento de nacionalidad, como se apaga un planeta ante la luz del Sol de la mañana. A él afluyen todos los pueblos, todas las razas, y en este caos, ó condensación de sentimientos encontrados, surjen diariamente querellas intestinas, que muchas veces se resuelven en los campos de batalla.» (Holmberg 1875b:144-5).

Dos son los males de esta sociedad extrapolada: la falta de unidad y la tendencia a criticar («atacar») a la propia patria. La desunión se debe a cierta arbitraria e irrefrenable tendencia de los habitantes de la ciudad a polarizarse en dos «centros» o bandos por cualquier disputa intrascendente «para mantener vivas las impresiones de la imaginación» (Holmberg 1875b:147). Dos son los factores que activan estas luchas: la acción de la prensa y de los oradores «irracionales». Uno de ellos es Psique, que lidera uno de los bandos en los que se dividió la población a raíz de la llegada de Nic-Nac y Seele a la ciudad. La cuestión planteada fue el carácter «cósmico» o «psíquico» de cierta luz que pudo verse cuando arribaron los personajes en forma de espíritu-imagen. Psique habla al pueblo desde encima de un pedestal de arena y su voz «es dulce, atractiva y agradable. [...] Arrancadle la lengua y habreis concluido con Psique. Pero mientras conserve este órgano imprescindible para la emisión de la palabra, no os extrañéis que ejerza una acción poderosa sobre los espíritus más exaltables.» (Holmberg 1875b:159). La Nación Aureliana tuvo su Edad de Oro en la que produjo «una serie no interrumpida de hechos gloriosos» pero ahora es un conjunto social caótico, donde los «malos elementos», entre los que destaca a los inmigrantes españoles e italianos, y el afán de lucro y la pretensión de los extranjeros de participar en las disputas políticas «en vez de mantener la neutralidad que les asegura su bienestar, el aprecio y respeto» han hecho que se posponga «la dignidad de la patria, el fuego del sentimiento nacional.» En el Viaje de Nic-Nac la utopía es una visión extrañada de una patria que se construye con los miedos y con la voluntad política de la clase dirigente, que niega la legitimidad de los conflictos sociales y políticos en nombre de una razón científica decididamente elitista y autoritaria. Una razón científica que legitima a quienes la ejercen preservando los orígenes de su clase, en la línea propuesta por Ramos Mejía (1878), por un lado, estableciendo en la etapa de las guerras de la independencia la Edad de Oro y, por otro, identificando a los que ejercen el poder social con el Estado y con la Patria. Una razón científica que pone del otro lado, no enfrente, sino afuera, a quienes pretendan cualquier impugnación. La misma que permitirá que se le reconozca al Estado, con la sanción de la Ley de Residencia, la capacidad de distinguir sin juicio previo a los extranjeros nocivos para expulsarlos del país [20].

Pero esta razón científica no incluye la tecnología. En el Buenos Aires de aquellos años hay una insalvable dificultad para escribir un roman scientifique y esta limitación se advierte aún cuando Holmberg introduce un novum [21] tecnológico para sustentar la narración. Horacio Kalibang o los autómatas, un relato en el que los seres humanos son reemplazados secreta y sistemáticamente por autómatas, está ambientado en Alemania [22]. Incluso quienes recriminan a Holmberg la ambientación europea de sus relatos, aceptan la imposibilidad de escribir Horacio Kalibang en un escenario nacional. Con la firma de Anastasio apareció un comentario en las páginas de El Álbum del Hogar: «La escena pasa en Alemania, ese emporio clásico del pensamiento humano, donde el adelanto científico aumenta a medida que se consolida el más feroz de los despotismos políticos» [23], y a pesar de que le reclama «por qué no aprovechó para decir algo de su patria», reconoce que «el teatro donde se desenvuelven los sucesos es una condición fundamental cuya alteración pudiera desvirtuar el propósito final del autor» [24]. Advierte que la fábrica de autómatas de Oscar Baum no era narrable en Buenos Aires, pero parece no comprender que Holmberg está describiendo la fascinación y los miedos de su clase frente a la modernidad que ella misma impulsaba y que, de a ratos, temía no poder controlar. Un miedo que no es a la tecnología, cuya presencia incipiente en la Argentina no resultaba aún ominosa, sino a la dinámica social, a la confusa «multitud» que Ramos Mejía trataba de discernir y conjurar en sus tratados, primero, y luego mediante la construcción de una detallada liturgia patriótica para las escuelas cuando presidió el Consejo de Educación [25].

Horacio Kalibang es una advertencia transparente ante el peligro que siente la clase dirigente de ser reemplazada por elementos provenientes de la «informe» sociedad constituida a partir de la inmigración. El burgomaestre Hipknock conoce en la fiesta de su hija a Kalibang, el autómata que puede inclinarse hasta perder el centro de gravedad sin caerse, que funciona a cuerda y que tiene «un rostro [que] carecía totalmente de expresión, y al verle se diría que acababa de salir del molde de una fábrica de caretas.» [26] En suma, un autómata que parecía un autómata. Pero después verá, en la fabrica de Baum, en un escenario que es el gran teatro del mundo («una de las paredes del aposento se elevó como un telón»), réplicas de los distintos actores sociales representando «batallas, parlamentos, academias, paseos, bailes, escenas amorosas, cuadros místicos» [27], para concluir con la representación de la propia fiesta que había dado en su casa la noche anterior, con su propio doble y los de cada uno de los miembros de su familia. Oscar Baum le explica que está construyendo un cerebro artificial y que la perfección de los autómatas era tanta que varias veces el propio Hipknock había estado conversando con algunos de ellos creyendo que se trataba del propio Baum o de su primo, que al fin resultan ser la misma persona. Pero Baum no es el científico sacrílego de la primera ciencia ficción: es la modernidad y el progreso, y como tal, deseado y temido. Baum tiene actitudes positivas: ofrece como regalo de bodas a Luisa, la hija de Hipknock, el autómata útil, dócil, distinguible y le advierte al burgomaestre como diferenciar a los otros autómatas: «Cuando, sumergido en el torbellino de la política, encuentres algún personaje que se aparte de lo que la razón y la conciencia dictan a todo hombre honrado... puedes exclamar: ¡es un autómata!» [28] La preocupación por la domesticación de la sociedad que se estaba constituyendo en Buenos Aires producto de las políticas inmigratorias, está en la base de esta fábula social y en el relato se manifiestan las relaciones ambiguas que los hombres del ochenta mantenían con este progreso que impulsan. No es muy diferente de lo que se planteaba el discurso de las ciencias sociales en los escritos de José María Ramos Mejía: «este burgués aureus, en multitud, será temible, si la educación nacional no lo modifica con el cepillo de la cultura y la infiltración de otros ideales que lo contengan en su ascensión precipitada hacia el Capitolio.» El cuento de Holmberg expresa este miedo de la clase dirigente a la suplantación, al reemplazo por ese otro deseado y temido, que llegó al estado de pánico con la sanción de la Ley de Residencia en 1902, después de la huelga general de ese mismo año.

Partiendo más de Hoffman que de Verne, Holmberg construye una metáfora social que, aun con sus imperfecciones, es claramente situable en el momento de constitución del género de ciencia ficción. De Hoffman toma los motivos y los rasgos de algunos personajes y, en especial, el aprovechamiento de cierto clima ominoso que, atemperado por el tono grotesco y humorístico del relato, se logra con la suplantación progresiva de las personas por autómatas, extremada en la frase final: «Hijo mío, antes de esparcir los aromas que broten de tu corazón, examina con cuidado si no es un autómata la copa que los recibe.»

Si bien se habla de la posible creación de un cerebro artificial «con funciones propias», no es este hipotético novum lo que estructura el relato. Tampoco se funda la acción en la utilización de los autómatas, sino más bien en la posibilidad que estos tienen de simular, de ocultar su condición de tales y de mezclarse con la gente «respetable». Lo que el relato aprovecha de los autómatas, más que su origen tecnológico, es la modernidad y su condición androide, semas que le permiten a Holmberg construir un relato paranoico entre la ciencia ficción y la utopía social negativa que proyecta los miedos por el futuro inmediato del desenvolvimiento social [29]. La imagen de las replicas y del doble, el miedo a la suplantación, hace contacto con otras dos vías discursivas fuertemente informadas por la búsqueda de una racionalidad que permita distinguir los elementos «negativos» en el seno de la sociedad burguesa de fin de siglo: la frenología y la literatura policial. Aquí esta racionalidad está apenas citada. Hipknock es presentado como un hombre ilustrado y un científico pero, especialmente, como un materialista. Para concluir con sus advertencias sobre cómo reconocer a los autómatas en la sociedad, Baum le recomienda ratificarse en su convicción positivista: «Persiste en tus ideas: ¡Son la luz del porvenir!» [30]. Es la misma confianza en el instrumento ideológico positivista para controlar el progreso y la evolución social que caracteriza sus dos obras utópicas anteriores [31].

A diferencia de las obras de Verne, existe una posición ambivalente hacia los resultados del progreso en la sociedad. La invasión de los autómatas es una expresión del miedo a la modernidad y al progreso, y al mismo tiempo la afirmación de que la ciencia puede encauzarlos. También es diversa de la ciencia ficción que escribirá Wells pocos años después. En Holmberg los miedos se centran en la constitución de la sociedad más que en el impacto que en ella puedan tener la ciencia y la tecnología. Es justamente la confianza en la ciencia para controlar la nueva sociedad lo que se postula. 

Vuelve a aparecer la Edad de Oro en la última novela de Holmberg, esta vez con aspecto de Arcadia muy siglo diecinueve. Es la que viven los habitantes de la isla de Monalia cuando irrumpe la gesta discursiva de Olimpio Pitango. Monalia es un pueblo agrario, aunque con ciudades. En ella no hay conflictos, ni partidos políticos, ni guerras, y no hay Estado. Tiene un difuso gobierno patriarcal integrado por un grupo de sabios a quienes nadie tiene presentes y a cuyo jefe deben buscar en el campo, donde vive, cuando se desata la crisis. Con todo su aislamiento y la ausencia de espíritu mercantilista, ese pueblo es rico y próspero, y viaja en ferrocarril cuando hace falta. Todo esto hasta que se desencadena la crisis a raíz de un artículo periodístico en el que Olimpio Pitango propone la modernización del país para insertarlo en «el concierto de las naciones civilizadas del orbe». Pitango plantea que «nuestro régimen de vida política encuadra de un modo admirable en los tiempos prehistóricos o casi» y advierte que «no tenemos próceres, no tenemos himnos, no tenemos ruinas, ni cámaras, ni constitución, ni comités, ni siquiera partidos políticos, lo que es una deficiencia indigna de un pueblo que pretende ser ilustrado». La agitación de la prensa alrededor de la cuestión enardece al pueblo y Pitango, tenido por loco, es enviado a Sudamérica como ministro plenipotenciario. Desde el exilio continúa participando de la construcción discursiva de las instituciones y en Monalia, de manera bastante desopilante, se inventan próceres, se crean los partidos políticos que se subdividen y multiplican al infinito, se aprueba una constitución y un congreso. El relato de esta construcción del Estado se sustenta en una trama dialógica de discursos (Marún 1994). Se enfrentan artículos de prensa, boletines, telegramas noticiosos, cartas, discursos parlamentarios, documentos apócrifos, ensayos históricos que los descubren e interpretan, y leyes. Finalmente Olimpio Pintango regresa a Monalia y es reconocido como héroe nacional.

Cuarenta años después de Viaje maravilloso del Señor Nic-Nac, Holmberg escribe este otro relato utópico en el que postula o revela el carácter discursivo y ficcional de la construcción de las instituciones que se inició en la década del ochenta. Ya no aparecen en la novela los miedos que encontrábamos representados en las ciudades de Marte, porque Monalia no es la proyección del futuro, sino la lectura del pasado reciente. Hay una evidente aprobación del proceso delirante de invención del Estado que se narra en la novela, aunque se ratifica la nostalgia del pasado perdido en la voluntad política del progreso. El texto utópico de Holmberg construye un país ficcional no desde la razón, sino desde la locura. Es ficcional pero no ficticio: revela los procedimientos discursivos e ideológicos de una voluntad política histórica que fundó en la ciencia positivista la necesidad de manipular a la sociedad. Claudio Moloso, uno de los seguidores de Pitango, lo dice sin eufemismos: «Si hubieras utilizado en tus arengas y en tus escritos la misma formalidad que caracterizó siempre tus manifestaciones intelectuales no se habría realizado esa ley invariable que rige la exteriorización popular de todas las grandes reformas y que participa de la locura.» (Holmberg 1994b:163).

Armados con el instrumento que les brindan las ciencias sociales, los hombres del ochenta pueden construir el discurso de una locura lúcida que les permita la comunicación con las masas que Ramos Mejía en sus escritos le adjudicaba especialmente a Rosas. Aunque el postulado de Moloso resulte excesivo –en todo caso, es un personaje de ciencia ficción– su hipótesis interpretativa no resulta demasiado distante de la concepción de la sociedad que expone Eduardo Wilde, siendo Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, cuando fundamenta la Ley de Educación 1420 ante el Congreso: «Es necesario que para las masas los elementos de moralización tengan [...] algo de tangible, de voluminoso y de concreto. La religión es conveniente con sus formas externas, para obtener el dominio en ciertos espíritus mediocres que no alcanzan a las sublimidades de la abstracción.» Y sigue: «Es una fórmula matemática la que emplearía el que dijera: Para hacer comprender un principio a los individuos poco ilustrados, se necesitan formas concretas; mientras que para hacerlo comprender a una inteligencia desenvuelta, bastan las ideas abstractas.» (Weinberg 1984:195). Reescribir la ciencia positivista para «las masas», «los espíritus mediocres», «los individuos poco ilustrados», parece ser el programa de escritura de Holmberg. Es el mismo propósito que asumía explícitamente en la página inicial de un manual para naturalistas aprendices que le publica el Ministerio de Instrucción Pública en 1905: «debe ser prerrogativa de los hombres de talento el no encastillarse demasiado en un formulismo grave, y á veces estéril» (Holmberg 1905:4) y en las primeras páginas de Viaje: «En nuestros tiempos, las ideas sérias no cumplen su destino sino envueltas en el manto de la fantasía». En la misma clave lo recepcionan sus contemporáneos. Juan Carlos Belgrano dice en El Plata Literario que Holmberg introduce «en el interés de la novela el principio árido de la ciencia» [32] y Martín García Merou que «tiene el don de animar las abstracciones más secas, y de cubrir de flores los temas más áridos» (García Merou 1973:278).

La ficción científica de Holmberg se constituye como discurso desde la legitimidad de la episteme positivista y en oposición a los discursos de la política y de la prensa. Suplanta al discurso periodístico instalándose en el propio espacio gráfico de las publicaciones periódicas, como sucede en Nic-Nac. En las primeras páginas la aventura del viajero interplanetario se introduce como noticia en la prensa y en los boletines que vocean los canillitas. La aparición del libro con el relato de Nic-Nac (texto dentro del texto) reemplaza el discurso periodístico y contrasta con aquel porque se nos ofrece como la versión frente a las versiones, como discurso definitivo frente a los discursos variables y efímeros de la prensa [33]. El relato del viaje desplaza a la información periodística y ocupa todo el espacio del texto, lo hegemoniza. La misma suplantación realiza la ficción de Holmberg con el discurso político. En Olimpio escribe una sátira del origen de las instituciones nacionales, pero no se posiciona en los cimientos del Estado para desmoronarlo, sino para exaltar su condición de artificio discursivo y justificar ideológicamente la necesidad del proceso autoritario que lo construyó: «O expongo en forma seria y grave los fundamentos de la reforma necesaria y entonces me consideran un loco de remate y me encarcelan o me condenan al ostracismo o a algo peor, me marcan con el estigma del traidor a la Patria y en este caso mi obra es infecunda, o bien expongo esos fundamentos en una forma fantástica y descabellada para una minoría seria y grave, que me considerará loco de remate y me dejará en paz, pero imponente y necesaria para una mayoría abrumadora, y en tal caso hay probabilidades de triunfo y entonces mi obra puede ser fecunda.» (Holmberg 1994b:164).

Uno puede conjeturar que quizás por eso Olimpio Pitango de Monalia terminó siendo una obra no leída. Holmberg la concluyó en 1917 pero no se publicó a pesar de que hasta esa fecha se sucedieron casi sin interrupción sus colaboraciones literarias en la prensa y las ediciones en folleto [34]. Tenemos aquí el caso de un texto secreto cuya revelación no es posible. Un texto que estaba encerrado en las otras ficciones de Holmberg y que, al ser escrito, no pudo o no debió ser leído. Porque el texto, al hacer explícito su discurso, quebraba las reglas de la episteme que lo fundó. Revelaba el carácter lúcido de la locura, transparentaba la estrategia didáctica, manipuladora, de la simulación. La ficción de Holmberg es el doble de la ciencia, el envés de la cinta de Moebius que en el continuo de su torsión infinita vuelve a ser ciencia, a superponerse con el discurso de las ciencias sociales, y termina expuesta.

 

Notas

[1] Holmberg se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires pero nunca ejerció. Se dedicó a las ciencias naturales y realizó importantes trabajos de fauna, botánica, geografía y paleontología. Además publicó obras didácticas y de divulgación, reseñas  en la prensa , crónicas de viajes y un extenso  poema.  Ver «Bibliografía del Doctor Eduardo Ladislao Holmberg por Cristobal M. Hicken» en Holmberg (1952) Pág. 165 y ss. Sobre la vida y la obra de Holmberg, véase el «Estudio Preeliminar» de Antonio Pagés Larraya en: Holmberg (1994). volver

[2] Son los siguientes: Dos partidos en lucha, publicado en 1875, Imprenta de El Argentino, Bs. As., 1875. Viaje maravilloso del Sr. Nic-Nac, apareció primero en El Nacional, a partir del 29 de noviembre de 1875, como folletín y luego como volumen, por la imprenta de El Nacional, en el mismo año. El tipo más original, que apareció en El Álbum del Hogar, un semanario dominical, a partir del 21 de julio de 1878, año I, Nro. 3. Horacio Kalibang o los autómatas, se publicó en folleto en 1879. Filigranas de cera, publicado en La Crónica, con el seudónimo de Ladislao Kaillitz, a partir del 7 de abril de 1884. Ver Pagés Larraya (1994). Sobre este último relato nada podré decir. Hasta el momento de escribir este trabajo sólo conozco un lugar donde se encuentre la colección de La Crónica, la Biblioteca Nacional. Los ejemplares correspondientes al relato de Holmberg padecen de una paradójica condición, no están disponibles para consulta por su deterioro. No están tampoco para ser restaurados, ni para ser dados de baja. A esa especie de limbo de los textos impresos no pude acceder siquiera para constatar la imposibilidad de leerlos. volver

[3] «Desde luego diremos que el plan general es, como dicen los franceses, completamente manqué. La situación política en que se encuentra el país, los recuerdos vivos del sacudimiento violento que ha agitado la república, la influencia que han ejercido los acontecimientos pasados en el ánimo del pueblo, son otras tantas causas que dificultan de una manera poderosa el desarrollo de una parodia crítica de esos mismos sucesos.
En el debate científico que imagina el señor Holmberg, hemos buscado con curiosidad el interés dramático que en la concepción de la obra debía tener una importancia decisiva y que a nuestro juicio hubiérase debido radicar en la analogía de circunstancias y caracteres con los momentos y hombres de la pasada lucha política. En esa parte, la obra es débil.»
(Cané 1875a: 112).
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[4] Ver Pagés Larraya (1994), especialmente páginas 43-48 y Dellepiane (1989). volver

[5] Ver Monserrat (1993), especialmente «La mentalidad evolucionista: una ideología del progreso» y «La presencia evolucionista en el positivismo argentino». volver

[6] Una descripción interesante de estas modalidades de la lucha política y su repercusión en la sociedad de la época puede leerse en el capítulo 5 de Sábato, Hilda (1998): La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880. Buenos Aires, Sudamericana. volver

[7] Cuando Darwin llega, en la ficción, al puerto de Buenos Aires para participar en el Congreso Científico es recibido por el Presidente Sarmiento, el vicepresidente Alsina, Avellaneda, presidente electo y el General Mitre. Con cada uno tiene un pequeño diálogo y a Mitre le dice: «En mi vida pacífica, General, más de una vez he oído vuestro nombre, y al estrecharos la mano por vez primera, permitidme manifestaros que os aprecio, os admiro y no os comprendo.» (Holmberg 1875:113). volver

[8] Hicken, en su bibliografía, cita ocho libros de viajes publicados por Holmberg, el primero de 1872 es Viaje a la Patagonia, cuya experiencia aprovecha en el comienzo de Dos partidos en lucha. Hicken, Cristobal: «Bibliografía del Doctor Eduardo Ladislao Holmberg» (Holmberg 1952). volver

[9] Ladislao Kaillitz es el doble de Holmberg. Lo utilizó como seudónimo para publicar algunos de sus cuentos y el apellido resulta de modificar apenas el de su abuelo, Kannitz. En las dos novelas en la que es personaje, Dos partidos en lucha y El tipo más original, ambas escritas en 1875, es un estudiante de medicina próximo a graduarse, como el mismo Holmberg en 1875. Ver Pagés Larraya (1994). volver

[10] Pagés Larraya (1994):58; Dellepiane (1989):209-231. En la página 220, Dellepiane reproduce una lista confeccionada por Myron Litchblau de las obras de Verne que publicó El Nacional entre 1872 y 1875. volver

[11] Esta es una de las diferencias entre Verne y Wells. La tecnología que supone la máquina del tiempo o la poción invisibilizadora excede notoriamente la disponibilidad de la época y propone otra cuestión, la de los riesgos del progreso científico. volver

[12] Dellepiane (1989):216-17. Dellepiane adjudica a Holmberg un interés crítico por el espiritismo como disciplina científica y plantea que la «transplanetación» se realiza por medio del espíritu porque «en el tiempo de Holmberg se pensaba en base a la biología, la sicología, y las ‘leyes naturales’ de la sociedad». Pág. 215. volver

[13] Sarmiento 1881. «La muerte de Darwin», conferencia dictada por Sarmiento en un acto por la muerte de Darwin organizado por el Círculo Médico, en el que también habló Holmberg. En  Botana y Gallo (1997) «Repuestos los pueblos de sus antiguas posesiones, comienzan con nosotros en el feliz siglo que alcanzamos, la época científica, constitucional, artística, libre, completándose con el Continente Americano la época de las aplicaciones científicas al trabajo, con la poderosa maquinaria como instrumento, el vapor y la electricidad por motores.» El subrayado es del original. Pág. 160. volver

[14] «Se habrá convencido el lector; la base de la economía es psicológica. La manera de ser, de sentir, de pensar de los hombres es el alma de todos los fenómenos de producción y distribución de riqueza.» García, Juan A.: «Introducción al estudio de las ciencias sociales argentinas» (1899), en Botana y Gallo (1997): 399. volver

[15] «Por las causas enumeradas, el inmigrante transformado no piensa ni siente con su instrumento importado, que era deficiente, sino con el fundido patrón que el medio le ha impuesto», dice José María Ramos Mejía en Las multitudes argentinas, y agrega más adelante: «Hay que observar a los niños de los últimos grados, para ver cómo de generación en generación, se va modificando el tipo del inmigrante hecho gente Ramos Mejía, José María: Las multitudes argentinas. (1899), Editorial Biblioteca, 1974:212/15. Es un planteo explícito también en Holmberg: «Estas llanuras inmensas, de extrema fertilidad, están completamente despobladas y es necesario á todo trance, que una fuerza viva venga á arrancarles los tesoros que encierran. Para ello solicita el concurso de las otras naciones, que le envían elementos de todo género, buenos y malos, los cuales, en vez de desparramarse léjos de los grandes centros de población, se acumulan en ellos, contribuyendo poderosamente á acentuar más y más el carácter y fisonomía heterogénea que en todos sus elementos palpita.» (Holmberg 1875b:145). volver

[16] «Desde el primer momento resalta un hecho, y es que en el hemisferio occidental las dos Nic-Nacquias se asemejan á las dos Américas, y en el hemisferio oriental, en las mismas posiciones que Europa, Asia y Africa, se presentan Seélia, Protobia y Melania.» (Holmberg 1875b:31). volver

[17] Holmberg (1875b):28. volver

[18] Suvin (1984):194. volver

[19] Por ejemplo, en ninguna de las dos novelas de Verne en las que se narran viajes a la Luna los expedicionarios llegan a ella. volver

[20] La Ley de Residencia se aprobó en 1902, a partir de un proyecto presentado en 1899 por Miguel Cané. volver

[21] Darko Suvin postula que «puede diferenciarse la CF por el dominio o la hegemonía narrativa de un ‘novum’ (novedad, innovación) validado mediante la lógica cognoscitiva» (Suvin 1984:94). volver

[22] En 1877 Miguel Cané publica en Ensayos, «Las armonías de la luz», cuento cuyo motivo es un novum tecnológico también ambientado en Europa, en Nápoles. Pero el cuento de Cané, a diferencia de Horacio Kalibang, resulta decididamente ligado a la tradición fantástica del romanticismo. El sabio Andrea Tanarotti construye el órgano de luz siguiendo las teorías de Jehan de Castel, un fraile del siglo XVIII que había teorizado sobre la posibilidad de desarrollar este instrumento lumínico, pero aprovechando los avances científicos de su siglo. Lo construye en soledad y en secreto, con la sola pretensión de aliviar a su hija sorda y enferma. Si bien el motivo puede adscribirse a la ciencia ficción, el tratamiento es típicamente fantástico. El narrador en primera persona nunca llega a ver el órgano de luz. Se enferma la noche anterior y pasa varios días de delirio para recuperarse cuando ya Andrea Tanarotti y Lena han desaparecido. Al final llega una carta del viejo que le cuenta su tristeza por la muerte de Lena, pero en la que no se habla ya del prodigioso instrumento. La existencia del órgano de luz queda en el relato del viejo y en los sueños del narrador enfermo. Nunca es confirmado por el texto. Lena, la niña bella y enferma, queda asociada a esas prodigiosas armonías de luz, tan originales y efímeras como su figura trágica. Esta problemática tampoco tiene mayor punto de contacto con la ciencia ficción. volver

[23] El Álbum del Hogar, N°33, 16 de febrero de 1879, pág. 258.
En Filigranas de cera, de acuerdo a lo que reseña Pagés Larraya y a la información que me proporcionó Horacio Moreno, se da el caso de un relato con novum tecnológico localizado en Buenos Aires. Dice Pagés Larraya: «desenvuelve la siguiente teoría del doctor Tímpano: el cerumen está constituido por una condensación de sonidos; por lo tanto puede volver a oírse todo lo que el sujeto ha escuchado ... Según el procedimiento del doctor Tímpano, el cerumen convenientemente preparado puede lanzar al aire las vibraciones sonoras grabadas en el oído» (Pagés Larraya 1994: 75). Es novedosa para nuestra literatura la ubicación espacial en Argentina de un procedimiento tecnológico de este tipo, pero estamos todavía ante un invento aislado, frente a un ejercicio individual de la ciencia, que evoca la figura del genio (y del brujo o del alquimista), más que una sociedad tecnológica. Una fábrica de autómatas es otra cosa. Esta modalidad, relacionada con los precursores europeos e, incluso, con la novela  gótica, se prolongará en nuestro país hasta Bioy Casares (La invención de Morel, 1940; «Los afanes», 1962). volver

[24] Idem, p. 259. volver

[25] Ver Terán 1987:23-27. volver

[26] «Horacio Kalibang o los autómatas», en Holmberg (1994a):151. volver

[27] Holmberg (1994a): 163. volver

[28] Holmberg (1994a):166. volver

[29] Esta preocupación, muy presente en la prensa y en el discurso público de la época, aparece mucho en las ficciones de Holmberg. Hay una referencia a un hecho que resultó paradigmático para la sociedad porteña. En el comienzo de Viaje la llegada de Nic- Nac de su periplo marciano comparte los titulares y la dedicación de los boletines con un acontecimiento social del que poco se dice: «Es una gran calamidad... si estalla la comuna en Buenos Aires», dice uno de los personajes, y expresa la preocupación generalizada de que se den en el Río de la Plata los hechos de la comuna de París. Poco tiempo antes de que se comenzara a publicar la novela, la sociedad de Bs. As. había vivido especialmente este miedo con el asalto al Colegio de los Jesuitas, ocurrido el 28 de febrero de 1875. Puede leerse un análisis del acontecimiento en el capitulo 8, «Un episodio violento» del libro de Hilda Sábato (Sábato 1998). volver

[30] Horacio Kalibang, Holmberg (1994a):166. volver

[31] Algunos años después, José Ingenieros, todavía estudiante de medicina, da a conocer «La simulación en la lucha por la vida» (1900). Ese ensayo, escrito como introducción a su tesis: La simulación de la locura, presenta desde el discurso de la «psicopatología social» de la época, interesantes correspondencias con las preocupaciones del cuento de Holmberg. Ver: Ingenieros (1993). Especialmente el capítulo III. volver

[32] Año I, N°I, pág. 23. 15 de mayo de 1876. volver

[33] «Dos días después, nadie se acordaba de la comuna, ni de Nic-Nac, lo que prueba una vez mas cuán pasajeras son las grandezas humanas.  Pero una imprenta de nuestra capital trabajaba en razón inversa de la actividad de la memoria del pueblo y en razón directa de la impaciencia de Nic-Nac, ... lo que prueba una vez más que la ley de Newton es aplicable en todas las circunstancias posibles é imposibles.» (Holmberg 1875:7). volver

[34] Ver la bibliografía literaria realizada por Gioconda Marún, (Marún 1994:64-66). Respecto a las razones por las que no fue publicada, ni Pagés Larraya ni Gioconda Marún abundan. Esta última cita un reportaje realizado por el diario La Razón en 1927 en el que Holmberg dice que el libro está terminado desde diez años atrás, y que nunca se publicará. Ante el interés del periodista acepta que quizás pueda hacerse la edición, pero a su cargo. Finalmente la obra recién llegó a la imprenta en la edición príncipe de Marún, aparecida en 1994. volver

 

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Eduardo Ladislao Holmberg

Eduardo Ladislao Holmberg, precursor de la ciencia-ficción argentina.

 

 

 

 

 

 

Charles Darwin

Charles Darwin inspiró con su Teoría de la evolución el proyecto político de algunos jóvenes representantes de la Generación del '80.

 

 

 

 

 

 

Herbert Spencer

Herbert Spencer intentó aplicar el evolucionismo biológico a la sociedad humana, y fue también fuente de inspiración ideológica para la Generación del '80.

 

 

 

 

 

 

Miguel Cané

Miguel Cané es una de las figuras más representativas de la Generación del '80, y un inteligente lector de la primera novela de Holmberg.

 

 

 

 

 

 

Julio Verne

Las novelas científicas de Verne fueron, seguramente, lectura obligada de Holmberg, aunque su optimismo tecnológico no encontró reflejo en la Generación del '80.

 

 

 

 

 

 

Julio Verne

La obra de Camille Flammarion también fue una influencia sobre el trabajo de ciencia-ficción de Holmberg.

 

 

 

 

 

 

Viaje maravilloso del Señor Nic-Nac

Portada de Viaje maravilloso del Señor Nic-Nac, la «fantasía espiritista» de Holmberg.

 

 

 

 

 

 

Plaza de la Victoria

Aspecto de la Plaza de la Victoria hacia finales del siglo XIX (actualmente conocida como Plaza de Mayo).

 

 

 

 

 

 

Inmigrantes

Uno de los principales temores de la clase dominante argentina de 1880 fue el masivo arribo de inmigrantes europeos.

 

 

 

 

 

 

Inmigrantes

El principal cuestionamiento a los inmigrantes fue su «intención» de participar en la vida política y social del país para pocos que pregonaba la Generación del '80.

 

 

 

 

 

 

Conventillo

El conventillo fue la vivienda por antonomasia de quienes arribaban a Buenos Aires en busca de su destino.

 

 

 

 

 

 

Obreras saliendo de una fábrica

La huelga general de 1902 llevó a la promulgación de la Ley de Residencia, un claro instrumento de clase que le permitía al gobierno la expulsión de los inmigrantes indeseables sin que mediara juicio alguno.

 

 

 

 

 

 

El tipo más original

A principios de 2000, algunos trabajos de Holmberg fueron rescatados, como en el caso de la inconclusa El tipo más original.

 

 

 

 

 

 

Cuentos fantásticos

Cuentos fantásticos, compilación de los relatos de Holmberg realizada por Antonio Pagés Larraya, en la que se encuentra el emblemático «Horacio Kalibang o los autómatas».

 

 

 

 

 

 

Eduardo Ladislao Holmberg

En su madurez, Holmberg tuvo incidencia en la educación argentina prestando servicio como funcionario público y redactando manuales de uso obligatorio.

 

 

 

 

 

 

José María Ramos Mejía

José María Ramos Mejía, mentor ideológico de la clase dominante porteña a quien Holmberg dedicó «Horacio Kalibang o los autómatas».

 

 

 

 

 

 

Asamblea política

La paulatina politización de pobres e inmigrantes fue lo que puso en jaque un proyecto que se pensaba como eterno...

 

 

 

 

 

 

Olimpio Pitango de Monalia

Olimpio Pitango de Monalia, obra que Holmberg terminó en 1917 pero que no fue editada hasta 1994. La novela explicita, sin dejar dudas, el instrumental metodólogico concebido por Holmberg para la imposición del modelo político de la Generación del '80.

© Carlos Pérez Rasetti

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