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ENSAYO
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Los
orígenes de clase de la ciencia-ficción argentina.
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Carlos |
|---|---|---|
| LA
LOCURA LÚCIDA FICCIÓN, CIENCIA Y LOCURA EN LAS FANTASÍAS CIENTÍFICAS DE HOLMBERG |
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Los estudios sobre los orígenes de la ciencia-ficción argentina eran prácticamente inexistentes hace una década atrás. Apenas había alguna referencia a Holmberg, muy somera, en antologías del género, y los «estudiosos» vernáculos, consagrados por los medios, directamente desconocían totalmente el tema. El trabajo y la investigación de algunos aficionados permitió el «descubrimiento» de Holmberg, el más representativo de los padres fundadores, y este estudio de Carlos Pérez Rasetti -que ya tiene algunos años pero que permanecía inédito- es, sin lugar a dudas, el ensayo más profundo e informado que existe a la fecha sobre el personaje y los orígenes de clase que tiñeron nuestra primera ciencia-ficción. |
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Suele
citarse a Eduardo Ladislao Holmberg como el primero que escribe ciencia
ficción en la Argentina (Dellepiane 1989a; Moreno 1998; Prieto 1967).
Esta afirmación nos remite a algunas preguntas interesantes sobre la propia
obra de Holmberg y su relación con los discursos narrativos que la crítica
comprende dentro de los límites del género. Pero nos sitúa en una cuestión
previa respecto de las condiciones de posibilidad de una ciencia ficción
a fines del siglo XIX en Buenos Aires. Esto es, preguntarnos, siguiendo
a Marc Angenot (1988; 1999), cuál es la configuración de los discursos
sociales que permite y limita la producción de una narrativa de ficción
científica entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo
XX en la Argentina y, en consecuencia, qué se podía escribir en términos
de una literatura que problematizara la ciencia en aquel estado concreto
de sociedad. Entre 1875 y 1917, Eduardo Ladislao Holmberg
escribió seis textos de ficción que, de una u otra manera, problematizan
la cuestión científica. Finalizó el último de ellos, Olimpio Pitango de Monalia (Holmberg 1994), en 1917 pero el texto
permaneció inédito hasta mucho después de la muerte de su autor. Los otros
cinco se publicaron en un período de diez años, hasta 1884, intercalados
con la aparición de una buena parte de la obra científica de Holmberg
y con otras obras de ficción [1].
Con excepción de Dos partidos
en lucha todos fueron primero publicados en la prensa porteña
[2]
y en la misma prensa les adjudicaron especificidad genérica y carácter
inaugural. El primero de esos textos, Dos partidos en lucha (1875)
apareció con la calificación de «fantasía
científica» en tapa. Reclamaba un tipo de lectura. Miguel Cané
escribió una reseña en la que reconocía y destacaba la relación entre
ficción y ciencia que encuentra en la novela: «Generalmente ignorantes
en ciencias naturales, hemos sentido un movimiento de orgullo al ver que
un joven como nosotros se agita en el campo de la ciencia, fácil y libremente,
hasta el punto de basar en axiomas científicos las fantasías de su espíritu»
(Cané 1875:113). Quizás Cané advierte que hay dos modos de ficcionalizar
la ciencia en Dos partidos en lucha, y puede
ser que su frase, «hasta el punto de basar en axiomas científicos las
fantasías de su espíritu», se refiera a ambas. Pero inmediatamente
a continuación destaca un episodio de lo más logrado de la novela (es
su opinión, y también la mía) en el cual la hipótesis científica es utilizada
como soporte de la estructura narrativa. Es el episodio en el cual el
naturalista Grifritz revive una planta (Holmberg 1875a:36-46). Una sensitiva
recolectada por Bompland que estuvo disecada en el herbario durante cincuenta
años vuelve a adquirir lozanía y a reaccionar al contacto, luego de ser
experimentalmente hidratada. Quizás su sentido estético le permite intuir
cuál va a ser el camino más productivo del nuevo género: «Sacrificaríamos
nuestra dignidad de hombres aceptando la disgustante teoría de Darwin
sobre la transformación de las especies, con tal que el fenómeno de la
resurrección de la sensitiva fuera exacto» (Cané 1875a:113). Cané
se ubica entre los creacionistas casi por una cuestión de buen gusto y
concede a la seducción de lo mejor del texto la verosimilitud propia de
la ciencia ficción. Advierte que esta modalidad de ficcionalizar las cuestiones
científicas es muy superior al mero procedimiento de utilizar una teoría
científica como tema, que es el modo que predomina en Dos partidos en lucha. Allí se cuenta la disputa entre los
partidarios de dos teorías. Los creacionistas, llamados rabianistas en
la novela por el nombre –Rabián– de su líder, y los partidarios de Darwin
y del evolucionismo. La lucha se disputa a través de asambleas en plazas,
conferencias, debates, artículos periodísticos, y el escenario central
es un gran congreso científico en cuya segunda sesión, realizada en el
viejo teatro Colón, participa el mismo Darwin. En realidad, el desarrollo
de la acción no implica un extrañamiento cognoscitivo y, si no fuera por
cierta hiperbólica trascendencia que se otorga en ese Buenos Aires de
ficción al debate científico y la también desmesurada condición del Profesor
Grifritz, su museo y sus colecciones, diríamos que se trata de una narración
realista. Pero más allá del tema del debate, lo que de alguna manera configura
coherencia con la clave de «fantasía científica» que el autor impone al
texto en el subtítulo, es algo que Miguel Cané percibió. Cané advierte
que la obra, publicada a poco de concluir las luchas políticas entre los
partidarios de Mitre y los alsinistas, y que además se titulaba Dos
partidos en lucha, no podía dejar de estar refiriéndose de
alguna manera a aquellas [3].
Cané opina que esta parodia no se puede leer en esa hora: «En otro
momento menos agitado, cuya influencia fuera más suave sobre el espíritu,
habríamos buscado las analogías y alusiones de una manera más vaga, tal
vez siguiendo las inspiraciones de nuestros sentimientos propios, en vez
de estar bajo la presión del hecho brutal e inmediato» (Cané 1875a:112).
Considera fallido, por lo tanto, ese propósito paródico. Esta polémica
ocurrida en el momento de publicación de la novela, entre lo que se escribe
y lo que se puede leer en lo escrito, pone de manifiesto una tensión propia
de la emergencia de un nuevo género. El discurso que Holmberg inaugura
resulta reconocible en orden a la configuración discursiva cuya trama
constituyen especialmente las obras diversas de Hoffmann, de Verne y Flammarion
que circulaban en el Buenos Aires de fin de siglo [4]
y el discurso científico del evolucionismo de Spencer y Darwin, instalado
como referencia polémica en el debate culto de la sociedad de la época
[5].
Pero resulta opaco aún en cuanto código revisado para referirse a nuestra
realidad. Pagés Larraya coincide con Cané. Encuentra analogías en la confrontación
entre rabianistas y darwinistas y la modalidad en que se desarrollaban
las luchas políticas de la época (actos en los teatros, marchas y mítines
en las plazas, debate por la prensa y profusión de boletines facciosos
[6])
pero no percibe el carácter político de la obra (Pagés Larraya 1994:52-53).
Pagés Larraya opta entonces por destacar que la parodia se circunscribe
al ambiente académico de la época. Es cierto que los personajes principales,
Pascasio Grifritz, Francisco P. Paleolítez y Juan Estaca, muestran y ocultan
referencias a las personalidades de la ciencia, pero también lo es que
resulta difícil asignar correspondencias directas y que la disputa académica
no se narra a sí misma, sino que asume la ritualidad propia de las luchas
políticas de la época. Años más tarde Holmberg se referiría a aquella
ambigua referencia política de su primera novela: «Se dijo que era
un libro político y me callé la boca. A los veintidós años es preciso
callarse» (Holmberg 1882:3). Y no aclara más porque, en realidad,
la clave estaba en el propio libro, en una frase de Grifritz, cuando,
avalado por la resurrección de la sensitiva, confiesa al protagonista:
«Sirvo a una doctrina científica: el Darwinismo. Tarde ó temprano llegará
a ser una doctrina política» (Holmberg 1875a:45). La parodia estaba,
pero era, sino más eficaz, sí mucho más sutil. Holmberg imagina una Buenos
Aires involucrada en esa lucha política para él más útil que las disputas
de los partidos. Narra una sociedad pendiente de la confrontación que
debería darse si se pretende
el progreso del país. La de imponer el darwinismo entendido como una doctrina
que permite comprender la cuestión social y, por lo tanto, cuya aceptación
generalizada permitiría a los argentinos ponerse en mejores condiciones
para encarar la lucha por la vida. «Si triunfan los
rabianistas, veremos la propaganda del statu quo, con toda su sombra, con toda su necia firmeza ... Si por
el contrario triunfamos los darwinistas ... incuestionable que tiene que
alterarse la norma social, y, o estalla una revolución filosófica
de una trascendencia incalculable, o llega la indiferencia hasta el extremo
de no saber apreciar la influencia de una doctrina científica en
la marcha de la sociedad.» (Holmberg 1875a:45). En el mismo año 1875 aparece El viaje maravilloso del Señor Nic Nac/
En el que se refieren las prodigiosas/ aventuras de este señor y se dan
a conocer las instituciones,/ costumbres/ y preocupaciones de un mundo
desconocido. Primero se publicó en folletín,
en El Nacional,
y luego como pequeño volumen. La propuesta del extenso título ratifica
la vertiente utópica en el programa de escritura de Holmberg a la vez
que remite también a la larga tradición de los viajes extraordinarios
que, si bien constituye una serie independiente, guarda fuertes puntos
de contacto con la literatura utópica, especialmente a partir de Los Viajes de Gulliver. El viaje
imaginario/extraordinario/maravilloso se propone, como la literatura
utópica y la ciencia ficción, para ser leído en el eje ficción/cognición.
Es la descripción literaria de un proceso de iniciación que empezó sagrada
y explícita y devino luego inconsciente, críptica e incluso profana (Brion
1968). El relato de una partida hacia lo
otro, del recorrido y de las pruebas y aventuras que el viaje impone
al protagonista, está muchas veces ligado a la literatura utópica, al
punto de convivir con este género dependiendo su adscripción del peso
que en el relato encuentre la descripción de ese otro
lugar de destino (Trousson 1995:53-54; Tomé 1987:84-85), al que hace
explícita mención la segunda parte del título. El viaje es una constante en los relatos
de Holmberg que tematizan la ciencia, posiblemente porque también eran
un constituyente esencial de su trabajo científico [8].
Dos partidos en lucha comienza con un viaje por la Patagonia
en el que Ladislao Kaillitz [9]
encuentra los restos de un campamento correspondiente a la expedición
de Fitz Roy y Darwin, con una inscripción del naturalista inglés. El viaje
significa para Kaillitz la revelación de Darwin, del que poco sabía a
pesar de estar concluyendo sus estudios de medicina en la universidad.
En el final de la novela hay otro viaje que cierra el círculo utópico.
Es el viaje de Darwin a Buenos Aires para concluir el debate del Congreso
Científico y consagrar la victoria de los evolucionistas. El primer viaje
representa al segundo, el primero constituye en paladín del evolucionismo
a Kaillitz y el segundo, a la clase dirigente de Buenos Aires. Otro viaje de Ladislao Kaillitz narra El tipo más original, una novela que
Holmberg escribió en 1875 y que
se publicó parcialmente en 1878 en El
Álbum del Hogar. La obra no tiene más interés que el que le
otorgan algunos episodios disparatados narrados con eficacia y humor.
Con todo, el viaje de Kaillitz para conocer al Prof. Burbullus, tiene
el mismo carácter de iniciación profana en el conocimiento científico
que caracteriza a los viajes de las otras novelas de Holmberg. Es la obra
que más se atiene a la crítica de costumbres y la cuestión científica
se circunscribe a la descripción de este personaje por lo menos excéntrico,
si no loco que, entre otras peculiaridades, cultiva la de no hablar dos
días seguidos en el mismo idioma y, como conoce 35 lenguas, tiene un menú
que recomienza periódicamente. Kaillitz apostó con un amigo alemán que
lograría hacer fallar a Burbullus en su propósito lingüístico utilizando
al menos una palabra de alguna lengua que no sea la correspondiente al
día. Nunca sabremos como terminó la apuesta, y queda apenas esa descripción
a la vez fascinada y crítica del científico y la referencia a un tema
que tendrá especial importancia en la obra de Holmberg, la relación entre
genio y locura. Pero el viaje más significativo en la obra
de Holmberg es el de Nic-Nac. La novela comienza con la noticia, comentada
en los corrillos de la plaza Victoria y en los boletines de prensa, de
que el Señor Nic-Nac había regresado de un viaje a Marte, que estaba internado
en el manicomio y que allí escribía un diario de la travesía interplanetaria.
Luego de esta introducción, los cuarenta capítulos de la novela son los
del diario de Nic Nac, más unas páginas finales tituladas: «El editor
toma un momento la palabra». Nic Nac realiza el viaje recurriendo a las
técnicas del espiritismo. Asesorado por el Sr. Seele, un medium, se deja
morir de hambre para «liberar el espíritu del peso de la materia y
elevarlo sustancialmente á aquellas rejiones que puedan servir quizá para
resolver los puntos más difíciles del Universo» (Holmberg 1875b:10).
Con él muere también, de la impresión, el médico que lo atendía. Transformados
en espíritu-imagen, materia espiritual que conserva la imagen de los individuos
y sus sentidos de acuerdo a las doctrinas espiritistas que circulaban
en la época, Nic Nac y su médico emprenderán el viaje a Marte guiados
por Seele. Es significativo el vehículo elegido por
Holmberg para el viaje de Nic Nac a Marte. Decididamente no se trata de
un artefacto verniano pero también está lejos de ser el instrumento mágico
que aporta el «ayudante» en los viajes iniciáticos de los cuentos folklóricos
(Propp 1974) o la intervención divina que ordena la deriva de Ulises.
La referencia a Verne es pertinente porque sus obras se publicaban en
Buenos Aires como folletín en los mismos periódicos en los que publicaba
Holmberg, él lo cita reiteradas veces y la crítica de la época y los ensayistas
posteriores los relacionan siempre [10].
Con todo, no recurre a un artefacto tecnológico como el Columbia
para el viaje interplanetario de sus personajes sino a las técnicas espiritistas
rigurosamente aplicadas siguiendo los textos que, como los de Allan Kardec
(Kardec 1972), se leían en aquella Buenos Aires finisecular. Los vehículos de Verne son artefactos realizados
con la tecnología disponible en la sociedad industrial de los países centrales.
En todo caso se trata de artefactos de punta (el submarino, el vehículo
espacial balístico) producidos por un individuo cuya audacia exploradora
lo pone al límite de las posibilidades de la tecnología existente, pero
siempre dentro de ella [11].
El vehículo no tecnológico de Holmberg, el espíritu-imagen, se instala
en cambio en los bordes difusos de la episteme de la época y se propone
claramente como una opción no tecnológica en una sociedad en la que el
discurso tecnológico está ausente de la esfera pública [12],
si se exceptúan algunas referencias retóricas a la máquina de vapor y
a la electricidad en el discurso político [13].
No son ingenieros los que construyen el discurso público de la sociedad
del ochenta, son abogados y médicos y son éstos últimos los que desarrollan
las bases epistemológicas de la ideología social que dará sustento al
programa político liberal y capitalista. La preocupación principal de
su economía política [14]
no es introducir o desarrollar tecnologías industriales sino constituir
una fuerza de trabajo ordenada y homogénea a partir de la inmigración
que sirva de base al progreso fundado en la explotación de los recursos
naturales del país. Y para lograr esa masa trabajadora homogénea confían
en el determinismo geográfico y en la selección natural condicionada por
la ley, las instituciones y, especialmente, por la educación [15].
Holmberg se pone en el límite exterior de
las ciencias naturales y sociales de su sociedad para diseñar el viaje
de Nic-Nac. Propone como subtítulo de esta segunda novela fantasía espiritista, que resulta una reelaboración paródica de fantasía científica, subtítulo que llevaba
su novela anterior. Un modo pudoroso de señalar la distancia entre el
compromiso del autor con las teorías del evolucionismo darwiniano y el
que pudiera tener con las conjeturas seudocientíficas del espiritismo.
Pero, como toda parodia, a la vez que da cuenta de la distancia postula
la relación entre los dos términos que por de pronto comparten (como ciencia
y seudociencia) el propósito cognitivo y guardan analogías en la lógica
de su discurso argumentativo. En todo momento queda claro que Nic-Nac
viaja a un planeta Marte que es el doble
de la Tierra, a Aureliana, un país marciano que es el doble
de la Argentina de Holmberg [16],
el doble disparatado y lúcido de la Argentina. Y que para realizar el
viaje, para acceder a esa imagen interpretada de la realidad, Nic-Nac
debe someterse a una transformación por la vía del espiritismo, un doble
también disparatado de la ciencia, que se reclama materialista y aún,
positivista. La anulación del cuerpo por hambre para liberar el espíritu-imagen,
no es una operación religiosa ni mágica, sino un proceso que la ficción
propone científico. Es el paso de una materia a otra, más sutil, no en
la oposición materia/espíritu, sino en un continuo en el que el espíritu
es una substancia material diversa, depurada, capaz de «transplanetarse»,
de efectuar la «transmigración» a Marte. Es decir, de hacer el viaje al
otro lado del espejo donde las cosas se ven claras y distintas, analizadas.
«Tomemos este esferoide, –dice Nic-Nac– é imitando lo
que siempre habéis hecho, mortales de la Tierra, segmentémoslo para poderlo
estudiar» [17]. Los viajes de Verne son «un equivalente
espacial del proceso de racionalización necesario para resolver el misterio
inicial» [18]
que se desarrolla en el tiempo gracias al vehículo tecnológico proporcionado
por el capitalismo industrial; un viaje imperialista que colecciona territorios
desconocidos pero en el que poco importa llegar al lugar privilegiado
como meta [19],
sino volver con el conocimiento adquirido que supone también la adquisición
de la edad adulta. El viaje de Holmberg, en cambio, no capitaliza distancias.
El viaje es la transformación,
una iniciación por aplicación de la ciencia que «traslada» a Nic-Nac al
mismo lugar; lo otro de Holmberg
es una dimensión de lo mismo transformado por la acción de la ciencia
que analiza, ordena y muestra. El espíritu-imagen de Nic-Nac que efectúa
el viaje entre la Tierra y Marte en medio de torbellinos de luz, es el
doble que actúa como visagra entre la sociedad y su espejo marciano en
el que Nic-Nac se reencarna porque la imagen del espejo es minuciosa y
el visitante debe dejar de serlo para asumir su cuerpo «marcialita». La
iniciación profana de Nic-Nac se completa también en un círculo que consuma
el regreso al lugar de partida, al propio lugar. Pero la suerte del ahora
sabio, del que ya sabe, no es la de los personajes de Verne. La adultez adquirida por Nic-Nac no es la
que habilita para integrarse a esta sociedad que no es capaz de entender
la racionalidad de la ciencia. La ciudad que fue vista en Marte por Nic-Nac no acepta su imagen. De hecho, cuando regresa
a Buenos Aires lo encierran en el manicomio de San Buena Ventura y desde
esa «casa de orates» da a conocer su Viaje. La visión lúcida de la sociedad que Nic-Nac
trae de Marte es enunciada desde la locura y al poseedor de esa lucidez
le espera la incomprensión y «las duchas frías del Dr. Uriarte.»
Esa concepción elitista de la ciencia, que ayudará a los hombres de la
generación del ochenta a explicarse las contradicciones entre su cruzada
modernizadora y los comportamientos de la sociedad que estaban constituyendo,
se resolverá en un proyecto político autoritario en la presidencia de
Roca. La descripción de las «instituciones, costumbres y
preocupaciones» de Marte es, mucho más claramente que Dos partidos en lucha, un relato
utópico de tipo satírico y disparatado. Es también una obra mejor acabada,
aunque peca, como todas las novelas de Holmberg, de exceso de digresiones
y falta de equilibrio en el tratamiento de su material narrativo. En Marte,
Holmberg construye un doble espejo de la Argentina a través de la descripción
de dos ciudades. En la primera de ellas, Theosophopolis, las fuerzas encontradas
de la reacción y el progreso aparecen discriminadas en una urbanización
geométrica cuyos cuatro barrios se agrupan de a dos para constituir sendas
ciudades tan distintas como obvias: Theopolis y Sophopolis. La primera
es la ciudad donde vive una raza religiosa y opaca (el halo luminoso que
caracteriza a todos los habitantes de la ciudad es, en ellos, pálido y
siniestro, mientras que en los sophopolitanos es una «aureola magnífica
y rosada»), una raza cuya característica principal es la hipocresía.
También una raza degenerada al punto que sus mujeres son defectuosas e
incompletas y en el pasado tuvieron que recurrir a un rapto masivo de
sophopolitanas para regenerase y sobrevivir. En Sophopolis, en cambio
los habitantes son dechados de virtudes laicas; todos son científicos
y sus mujeres son sanas y hermosas. Existe una Academia de Ciencias que
actúa, además, como Congreso. En ella se discuten los problemas científicos
y se promueven las leyes. Por su parte, nada se dice respecto del modo
de gobierno de Theopolis, con excepción de la mención a un Gran Sacerdote
que parece ser la autoridad principal. Theosophopolis es a la vez la proyección
de una ciudad ideal regida por la ciencia y la razón positiva, y su contracara,
el peligro oscurantista que la amenaza. La ciudad ideal de Holmberg es
rudimentaria porque su construcción alterna la descripción de sus características
diferenciales con la crítica directa a algunas de las costumbres de sus
contemporáneos, como los celos y las disputas inútiles de los científicos
y la extensa sátira de la religiosidad «volteriana» de los positivistas,
que se hacen enterrar en Theopolis. Finalmente la tensión se resuelve
con otro rapto femenino (esta vez de una sola mujer) y la lucha en la
cual ambas ciudades son incendiadas. Se borra el pizarrón en el que se
graficó la clase para que Nic-Nac pueda regresar a la Tierra, escribir
su viaje y llevar con él una advertencia apocalíptica. La utopía/distopía es el otro lugar que se desea o que se teme. O ambos a la vez, como en este
caso. Holmberg proyecta una parte de sus miedos en la primera ciudad marciana
que visita Nic-Nac: la idea de que conviven en la sociedad dos ciudades, dos órdenes institucionales
contradictorios, y su convicción de que debe imponerse la racionalidad
positivista sujetando la ley a la ciencia, organizando lo irracional de
la sociedad de acuerdo a un orden institucional dictado por el derecho
que da el saber, un cierto saber, el positivismo que su clase había adoptado.
La oposición entre las dos ciudades presenta el estado ideal y su fundamento,
el estado oscurantista que se rechaza. La otra parte de los miedos de Holmberg los encuentra
Nic-Nac cuando visita la «Gran Capital de la Nación Aureliana»,
ciudad en la que los habitantes no tienen aureola porque «el pueblo
aprecia más un reflejo amarillo del mejor de los metales, que todas las
aureolas de Sophopolis» (Holmberg 1875b:149). Aquí Holmberg presenta
la radiografía de la Buenos Aires presente, la que él ve, la que ven los
jóvenes de la clase dirigente del ochenta: «Un
pueblo extraño, y casi diría heterogéneo. Un pueblo en el que se vá apagando
el sentimiento de nacionalidad, como se apaga un planeta ante la luz del
Sol de la mañana. A él afluyen todos los pueblos, todas las razas, y en
este caos, ó condensación de sentimientos encontrados, surjen diariamente
querellas intestinas, que muchas veces se resuelven en los campos de batalla.»
(Holmberg 1875b:144-5). Dos son los males de esta sociedad extrapolada: la falta
de unidad y la tendencia a criticar («atacar») a la propia patria. La
desunión se debe a cierta arbitraria e irrefrenable tendencia de los habitantes
de la ciudad a polarizarse en dos «centros» o bandos por cualquier disputa
intrascendente «para mantener vivas las impresiones de la imaginación»
(Holmberg 1875b:147). Dos son los factores que activan estas luchas: la
acción de la prensa y de los oradores «irracionales». Uno de ellos
es Psique, que lidera uno de los bandos en los que se dividió la población
a raíz de la llegada de Nic-Nac y Seele a la ciudad. La cuestión planteada
fue el carácter «cósmico» o «psíquico» de cierta luz que
pudo verse cuando arribaron los personajes en forma de espíritu-imagen.
Psique habla al pueblo desde encima de un pedestal de arena y su voz «es
dulce, atractiva y agradable. [...] Arrancadle la lengua y habreis concluido
con Psique. Pero mientras conserve este órgano imprescindible para la
emisión de la palabra, no os extrañéis que ejerza una acción poderosa
sobre los espíritus más exaltables.» (Holmberg 1875b:159). La Nación
Aureliana tuvo su Edad de Oro en la que produjo «una serie no interrumpida
de hechos gloriosos» pero ahora es un conjunto social caótico, donde
los «malos elementos», entre los que destaca a los inmigrantes
españoles e italianos, y el afán de lucro y la pretensión de los extranjeros
de participar en las disputas políticas «en vez de mantener la neutralidad
que les asegura su bienestar, el aprecio y respeto» han hecho que
se posponga «la dignidad de la patria, el fuego del sentimiento nacional.»
En el Viaje de Nic-Nac
la utopía es una visión extrañada de una patria que se construye con los
miedos y con la voluntad política de la clase dirigente, que niega la
legitimidad de los conflictos sociales y políticos en nombre de una razón
científica decididamente elitista y autoritaria. Una razón científica
que legitima a quienes la ejercen preservando los orígenes de su clase,
en la línea propuesta por Ramos Mejía (1878), por un lado, estableciendo
en la etapa de las guerras de la independencia la Edad de Oro y, por otro,
identificando a los que ejercen el poder social con el Estado y con la
Patria. Una razón científica que pone del otro
lado, no enfrente, sino afuera, a quienes pretendan cualquier impugnación.
La misma que permitirá que se le reconozca al Estado, con la sanción de
la Ley de Residencia, la capacidad de distinguir
sin juicio previo a los extranjeros nocivos para expulsarlos del país
[20]. Pero
esta razón científica no incluye la tecnología. En el Buenos Aires de
aquellos años hay una insalvable dificultad para escribir un roman scientifique y esta limitación se advierte aún cuando Holmberg
introduce un novum [21]
tecnológico para sustentar la narración. Horacio
Kalibang o los autómatas, un relato en el que los seres humanos son
reemplazados secreta y sistemáticamente por autómatas, está ambientado
en Alemania [22].
Incluso quienes recriminan a Holmberg la ambientación europea de sus relatos,
aceptan la imposibilidad de escribir Horacio Kalibang en un escenario nacional. Con la firma
de Anastasio apareció un comentario en las páginas de El Álbum del Hogar: «La escena pasa en Alemania, ese
emporio clásico del pensamiento humano, donde el adelanto científico aumenta
a medida que se consolida el más feroz de los despotismos políticos» [23],
y a pesar de que le reclama «por qué no aprovechó para decir algo de
su patria», reconoce que «el teatro donde se desenvuelven los sucesos
es una condición fundamental cuya alteración pudiera desvirtuar el propósito
final del autor» [24].
Advierte que la fábrica de autómatas de Oscar Baum no era narrable en
Buenos Aires, pero parece no comprender que Holmberg está describiendo
la fascinación y los miedos de su clase frente a la modernidad que ella
misma impulsaba y que, de a ratos, temía no poder controlar. Un miedo
que no es a la tecnología, cuya presencia incipiente en la Argentina no
resultaba aún ominosa, sino a la dinámica social, a la confusa «multitud»
que Ramos Mejía trataba de discernir y conjurar en sus tratados, primero,
y luego mediante la construcción de una detallada liturgia patriótica
para las escuelas cuando presidió el Consejo de Educación [25]. Horacio Kalibang es una advertencia transparente
ante el peligro que siente la clase dirigente de ser reemplazada por elementos
provenientes de la «informe» sociedad constituida a partir de la inmigración.
El burgomaestre Hipknock conoce en la fiesta de su hija a Kalibang, el
autómata que puede inclinarse hasta perder el centro de gravedad sin caerse,
que funciona a cuerda y que tiene «un rostro [que] carecía totalmente de expresión,
y al verle se diría que acababa de salir del molde de una fábrica de caretas.» [26]
En suma, un autómata que parecía un autómata. Pero después verá, en la
fabrica de Baum, en un escenario que es el gran teatro del mundo («una
de las paredes del aposento se elevó como un telón»), réplicas de
los distintos actores sociales representando «batallas, parlamentos,
academias, paseos, bailes, escenas amorosas, cuadros místicos» [27],
para concluir con la representación de la propia fiesta que había dado
en su casa la noche anterior, con su propio doble y los de cada uno de
los miembros de su familia. Oscar Baum le explica que está construyendo
un cerebro artificial y que la perfección de los autómatas era tanta que
varias veces el propio Hipknock había estado conversando con algunos de
ellos creyendo que se trataba del propio Baum o de su primo, que al fin
resultan ser la misma persona. Pero Baum no es el científico sacrílego
de la primera ciencia ficción: es la modernidad y el progreso, y como
tal, deseado y temido. Baum tiene actitudes positivas: ofrece como regalo
de bodas a Luisa, la hija de Hipknock, el autómata útil, dócil, distinguible
y le advierte al burgomaestre como diferenciar a los otros
autómatas: «Cuando, sumergido en el torbellino de la política, encuentres
algún personaje que se aparte de lo que la razón y la conciencia dictan
a todo hombre honrado... puedes exclamar: ¡es un autómata!» [28]
La preocupación por la domesticación de la sociedad que se estaba constituyendo
en Buenos Aires producto de las políticas inmigratorias, está en la base
de esta fábula social y en el relato se manifiestan las relaciones ambiguas
que los hombres del ochenta mantenían con este progreso que impulsan.
No es muy diferente de lo que se planteaba el discurso de las ciencias
sociales en los escritos de José María Ramos Mejía: «este burgués aureus,
en multitud, será temible, si la educación nacional no lo modifica con
el cepillo de la cultura y la infiltración de otros ideales que lo contengan
en su ascensión precipitada hacia el Capitolio.» El cuento de Holmberg
expresa este miedo de la clase dirigente a la suplantación, al reemplazo
por ese otro deseado y temido, que llegó al estado de pánico con la sanción
de la Ley de Residencia en 1902, después de la huelga general de ese mismo
año. Partiendo más de Hoffman que de Verne, Holmberg
construye una metáfora social que, aun con sus imperfecciones, es claramente
situable en el momento de constitución del género de ciencia ficción.
De Hoffman toma los motivos y los rasgos de algunos personajes y, en especial,
el aprovechamiento de cierto clima ominoso que, atemperado por el tono
grotesco y humorístico del relato, se logra con la suplantación progresiva
de las personas por autómatas, extremada en la frase final: «Hijo mío,
antes de esparcir los aromas que broten de tu corazón, examina con cuidado
si no es un autómata la copa que los recibe.» Si bien se habla de la posible creación de
un cerebro artificial «con funciones propias», no es este hipotético
novum lo que estructura el relato. Tampoco
se funda la acción en la utilización de los autómatas, sino más bien en
la posibilidad que estos tienen de simular,
de ocultar su condición de tales y de mezclarse con la gente «respetable».
Lo que el relato aprovecha de los autómatas, más que su origen tecnológico,
es la modernidad y su condición androide, semas que le permiten a Holmberg
construir un relato paranoico entre la ciencia ficción y la utopía social
negativa que proyecta los miedos por el futuro inmediato del desenvolvimiento
social [29].
La imagen de las replicas y del doble, el miedo a la suplantación, hace
contacto con otras dos vías discursivas fuertemente informadas por la
búsqueda de una racionalidad que permita distinguir los elementos «negativos»
en el seno de la sociedad burguesa de fin de siglo: la frenología y la
literatura policial. Aquí esta racionalidad está apenas citada. Hipknock
es presentado como un hombre ilustrado y un científico pero, especialmente,
como un materialista. Para concluir con sus advertencias sobre cómo reconocer
a los autómatas en la sociedad, Baum le recomienda ratificarse en su convicción
positivista: «Persiste en tus ideas: ¡Son la luz del porvenir!»
[30].
Es la misma confianza en el instrumento ideológico positivista para controlar
el progreso y la evolución social que caracteriza sus dos obras utópicas
anteriores [31]. A diferencia de las obras de Verne, existe
una posición ambivalente hacia los resultados del progreso en la sociedad.
La invasión de los autómatas es una expresión del miedo a la modernidad
y al progreso, y al mismo tiempo la afirmación de que la ciencia puede
encauzarlos. También es diversa de la ciencia ficción que escribirá Wells
pocos años después. En Holmberg los miedos se centran en la constitución
de la sociedad más que en el impacto que en ella puedan tener la ciencia
y la tecnología. Es justamente la confianza en la ciencia para controlar
la nueva sociedad lo que se postula. Vuelve a aparecer la Edad de Oro en la última
novela de Holmberg, esta vez con aspecto de Arcadia muy siglo diecinueve.
Es la que viven los habitantes de la isla de Monalia cuando irrumpe la
gesta discursiva de Olimpio Pitango. Monalia es un pueblo agrario, aunque
con ciudades. En ella no hay conflictos, ni partidos políticos, ni guerras,
y no hay Estado. Tiene un difuso gobierno patriarcal integrado por un
grupo de sabios a quienes nadie tiene presentes y a cuyo jefe deben buscar
en el campo, donde vive, cuando se desata la crisis. Con todo su aislamiento
y la ausencia de espíritu mercantilista, ese pueblo es rico y próspero,
y viaja en ferrocarril cuando hace falta. Todo esto hasta que se desencadena
la crisis a raíz de un artículo periodístico en el que Olimpio Pitango
propone la modernización del país para insertarlo en «el concierto
de las naciones civilizadas del orbe». Pitango plantea que «nuestro
régimen de vida política encuadra de un modo admirable en los tiempos
prehistóricos o casi» y advierte que «no tenemos próceres, no tenemos
himnos, no tenemos ruinas, ni cámaras, ni constitución, ni comités, ni
siquiera partidos políticos, lo que es una deficiencia indigna de un pueblo
que pretende ser ilustrado». La agitación de la prensa alrededor de
la cuestión enardece al pueblo y Pitango, tenido por loco, es enviado
a Sudamérica como ministro plenipotenciario. Desde el exilio continúa
participando de la construcción discursiva de las instituciones y en Monalia,
de manera bastante desopilante, se inventan próceres, se crean los partidos
políticos que se subdividen y multiplican al infinito, se aprueba una
constitución y un congreso. El relato de esta construcción del Estado
se sustenta en una trama dialógica de discursos (Marún 1994). Se enfrentan
artículos de prensa, boletines, telegramas noticiosos, cartas, discursos
parlamentarios, documentos apócrifos, ensayos históricos que los descubren
e interpretan, y leyes. Finalmente Olimpio Pintango regresa a Monalia
y es reconocido como héroe nacional. Cuarenta años después de Viaje maravilloso del Señor Nic-Nac,
Holmberg escribe este otro relato utópico en el que postula o revela el
carácter discursivo y ficcional de la construcción de las instituciones
que se inició en la década del ochenta. Ya no aparecen en la novela los
miedos que encontrábamos representados en las ciudades de Marte, porque
Monalia no es la proyección del futuro, sino la lectura del pasado reciente.
Hay una evidente aprobación del proceso delirante de invención del Estado
que se narra en la novela, aunque se ratifica la nostalgia del pasado
perdido en la voluntad política del progreso. El texto utópico de Holmberg
construye un país ficcional no desde la razón, sino desde la locura. Es
ficcional pero no ficticio: revela los procedimientos discursivos e ideológicos
de una voluntad política histórica que fundó en la ciencia positivista
la necesidad de manipular a la sociedad. Claudio Moloso, uno de los seguidores
de Pitango, lo dice sin eufemismos: «Si hubieras utilizado en tus arengas
y en tus escritos la misma formalidad que caracterizó siempre tus manifestaciones
intelectuales no se habría realizado esa ley invariable que rige la exteriorización
popular de todas las grandes reformas y que participa de la locura.»
(Holmberg 1994b:163). Armados con el instrumento que les brindan
las ciencias sociales, los hombres del ochenta pueden construir el discurso
de una locura lúcida que les permita la comunicación con las masas que
Ramos Mejía en sus escritos le adjudicaba especialmente a Rosas. Aunque
el postulado de Moloso resulte excesivo –en todo caso, es un personaje
de ciencia ficción– su hipótesis interpretativa no resulta demasiado distante
de la concepción de la sociedad que expone Eduardo Wilde, siendo Ministro
de Justicia, Culto e Instrucción Pública, cuando fundamenta la Ley de
Educación 1420 ante el Congreso: «Es necesario que para las masas los
elementos de moralización tengan [...] algo de tangible, de
voluminoso y de concreto. La religión es conveniente con sus formas externas,
para obtener el dominio en ciertos espíritus mediocres que no alcanzan
a las sublimidades de la abstracción.»
Y sigue: «Es una fórmula matemática la que emplearía el que dijera:
Para hacer comprender un principio a los individuos poco ilustrados, se
necesitan formas concretas; mientras que para hacerlo comprender a una
inteligencia desenvuelta, bastan las ideas abstractas.» (Weinberg
1984:195). Reescribir la ciencia positivista para «las masas», «los espíritus
mediocres», «los individuos poco ilustrados», parece ser el programa de
escritura de Holmberg. Es el mismo propósito que asumía explícitamente
en la página inicial de un manual para naturalistas aprendices que le
publica el Ministerio de Instrucción Pública en 1905: «debe ser prerrogativa
de los hombres de talento el no encastillarse demasiado en un formulismo
grave, y á veces estéril» (Holmberg 1905:4) y en las primeras páginas
de Viaje: «En nuestros tiempos, las ideas sérias no cumplen su
destino sino envueltas en el manto de la fantasía». En la misma clave
lo recepcionan sus contemporáneos. Juan Carlos Belgrano dice en El Plata Literario que Holmberg introduce
«en el interés de la novela el principio árido de la ciencia» [32]
y Martín García Merou que «tiene el don de animar las abstracciones
más secas, y de cubrir de flores los temas más áridos» (García Merou
1973:278). La
ficción científica de Holmberg se constituye como discurso desde la legitimidad
de la episteme positivista y en oposición a los discursos de la política
y de la prensa. Suplanta al discurso periodístico instalándose en el propio
espacio gráfico de las publicaciones periódicas, como sucede en Nic-Nac. En las primeras páginas la aventura del viajero interplanetario
se introduce como noticia en la prensa y en los boletines que vocean los
canillitas. La aparición del libro con el relato de Nic-Nac (texto dentro
del texto) reemplaza el discurso periodístico y contrasta con aquel porque
se nos ofrece como la versión
frente a las versiones, como discurso definitivo
frente a los discursos variables y efímeros de la prensa [33].
El relato del viaje desplaza a la información periodística y ocupa todo
el espacio del texto, lo hegemoniza. La misma suplantación realiza la
ficción de Holmberg con el discurso político. En Olimpio
escribe una sátira del origen de las instituciones nacionales, pero no
se posiciona en los cimientos del Estado para desmoronarlo, sino para
exaltar su condición de artificio discursivo y justificar ideológicamente
la necesidad del proceso autoritario que lo construyó: «O expongo en
forma seria y grave los fundamentos de la reforma necesaria y entonces
me consideran un loco de remate y me encarcelan o me condenan al ostracismo
o a algo peor, me marcan con el estigma del traidor a la Patria y en este
caso mi obra es infecunda, o bien expongo esos fundamentos en una forma
fantástica y descabellada para una minoría seria y grave, que me considerará
loco de remate y me dejará en paz, pero imponente y necesaria para una
mayoría abrumadora, y en tal caso hay probabilidades de triunfo y entonces
mi obra puede ser fecunda.» (Holmberg 1994b:164). Uno puede conjeturar que quizás por eso Olimpio Pitango de Monalia terminó
siendo una obra no leída. Holmberg la concluyó en 1917 pero no se publicó
a pesar de que hasta esa fecha se sucedieron casi sin interrupción sus
colaboraciones literarias en la prensa y las ediciones en folleto [34].
Tenemos aquí el caso de un texto secreto cuya revelación no es posible.
Un texto que estaba encerrado en las otras ficciones de Holmberg y que,
al ser escrito, no pudo o no debió ser leído. Porque el texto, al hacer
explícito su discurso, quebraba las reglas de la episteme que lo fundó.
Revelaba el carácter lúcido de la locura, transparentaba la estrategia
didáctica, manipuladora, de la simulación. La ficción de Holmberg es el
doble de la ciencia, el envés
de la cinta de Moebius que en el continuo de su torsión infinita vuelve
a ser ciencia, a superponerse con el discurso de las ciencias sociales,
y termina expuesta. Notas [2]
Son los siguientes: Dos
partidos en lucha, publicado en 1875, Imprenta de El Argentino, Bs. As., 1875. Viaje maravilloso del Sr. Nic-Nac, apareció primero en El Nacional, a partir del 29
de noviembre de 1875, como folletín y luego como volumen, por la imprenta
de El Nacional, en el mismo año.
El tipo más original, que apareció
en El Álbum del Hogar,
un semanario dominical, a partir del 21 de julio de 1878, año I, Nro.
3. Horacio Kalibang o los autómatas,
se publicó en folleto en 1879. Filigranas
de cera, publicado en La
Crónica, con el seudónimo de Ladislao Kaillitz, a partir del
7 de abril de 1884. Ver Pagés Larraya (1994). Sobre este último relato
nada podré decir. Hasta el momento de escribir este trabajo sólo conozco
un lugar donde se encuentre la colección de La Crónica, la Biblioteca Nacional. Los ejemplares correspondientes
al relato de Holmberg padecen de una paradójica condición, no están disponibles
para consulta por su deterioro. No están tampoco para ser restaurados,
ni para ser dados de baja. A esa especie de limbo de los textos impresos
no pude acceder siquiera para constatar la imposibilidad de leerlos.
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Marc (1999): Interdiscursividades.
De hegemonías y disidencias. Editorial Universidad de Córdoba,
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481-504. |
Eduardo Ladislao Holmberg, precursor de la ciencia-ficción argentina.
Charles Darwin inspiró con su Teoría de la evolución el proyecto político de algunos jóvenes representantes de la Generación del '80.
Herbert Spencer intentó aplicar el evolucionismo biológico a la sociedad humana, y fue también fuente de inspiración ideológica para la Generación del '80.
Miguel Cané es una de las figuras más representativas de la Generación del '80, y un inteligente lector de la primera novela de Holmberg.
Las novelas científicas de Verne fueron, seguramente, lectura obligada de Holmberg, aunque su optimismo tecnológico no encontró reflejo en la Generación del '80.
La obra de Camille Flammarion también fue una influencia sobre el trabajo de ciencia-ficción de Holmberg.
Portada de Viaje maravilloso del Señor Nic-Nac, la «fantasía espiritista» de Holmberg.
Aspecto de la Plaza de la Victoria hacia finales del siglo XIX (actualmente conocida como Plaza de Mayo).
Uno de los principales temores de la clase dominante argentina de 1880 fue el masivo arribo de inmigrantes europeos.
El principal cuestionamiento a los inmigrantes fue su «intención» de participar en la vida política y social del país para pocos que pregonaba la Generación del '80.
El conventillo fue la vivienda por antonomasia de quienes arribaban a Buenos Aires en busca de su destino.
La huelga general de 1902 llevó a la promulgación de la Ley de Residencia, un claro instrumento de clase que le permitía al gobierno la expulsión de los inmigrantes indeseables sin que mediara juicio alguno.
A principios de 2000, algunos trabajos de Holmberg fueron rescatados, como en el caso de la inconclusa El tipo más original.
Cuentos fantásticos, compilación de los relatos de Holmberg realizada por Antonio Pagés Larraya, en la que se encuentra el emblemático «Horacio Kalibang o los autómatas».
En su madurez, Holmberg tuvo incidencia en la educación argentina prestando servicio como funcionario público y redactando manuales de uso obligatorio.
José María Ramos Mejía, mentor ideológico de la clase dominante porteña a quien Holmberg dedicó «Horacio Kalibang o los autómatas».
La paulatina politización de pobres e inmigrantes fue lo que puso en jaque un proyecto que se pensaba como eterno...
Olimpio Pitango de Monalia, obra que Holmberg terminó en 1917 pero que no fue editada hasta 1994. La novela explicita, sin dejar dudas, el instrumental metodólogico concebido por Holmberg para la imposición del modelo político de la Generación del '80. |
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©
Carlos Pérez
Rasetti
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