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ENSAYO
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Robert
Rodríguez en los límites de la creatividad.
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Martín |
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CITY LOS RIESGOS DE LA ALQUIMIA SEMÁNTICA |
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Muchos de los hacedores de Samizdat coincidíamos en la calidad del producto cinematográfico creado por Robert Rodríguez y Frank Miller, pero cómo suele pasar en las mejores familias, hay disidentes. Algunos simplemente disienten y otros, como en este caso, hacen un aporte más que interesante a la discusión sobre el tema. Sin lugar a dudas, seguiremos hablando de La ciudad del pecado en próximas entregas. |
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Frank
Miller es, dentro del magro espectro de la historieta estadounidense,
un renovador del lenguaje. Sus obras han aportado al cómic americano la
cuota de expresionismo del que mayormente había carecido –a pesar de los
esfuerzos previos de artistas como Jim Steranko o Neal Adams–, acercándose
a comienzos de los '90 a un nivel de tratamiento gráfico cercano al que
Alberto Brecia llegara con Mort
Cinder en los tempranos '60. Esta comparación, que puede parecer odiosa
en principio, intenta en realidad ser un elogio. Miller
es también responsable de revitalizar el más popular de los subgéneros
del cómic americano, el de los superhéroes, a través de la conversión
dramática de uno de sus personajes paradigmáticos: Batman. Su Dark
Knight Returns (El regreso del Sñor de la Noche), con un Batman ya
maduro e innegablemente esquizofrénico, un lirismo gráfico de alto impacto
apoyado en muy altos contrastes entre blanco y negro, y un creciente cinismo
(prácticamente debutante en la historia del encapotado) presagiaban la
obra posterior: Sin City. La
serie –iniciada con los libros The
Hard Goodbye, A Dame to Kill
For, The Big Fat Kill y That Yellow Bastard– se basó en una trasposición de lo más típico
de la novela negra (los títulos mismos remiten enseguida a Chandler y
a Hammet) a un cómic moderno con un escenario más recargado de sensualidad
y violencia, que se apoyaba aún más en el contraste de la tinta pura sobre
el papel, con apenas algunos detalles de color, primordialmente rojos.
Lecciones aprendidas también de Víctor de la Fuente («el blanco es color»)
que no habían echado raíces suficientes en Estados Unidos, y en un momento
en que la tendencia general iba en dirección opuesta. Sin City rescató las líneas de diálogo
lacónico y el lamento en off,
clásico del perdedor, y obturó aún más la visión del género sobre el conjunto
mujeres-armas-policía-corrupción, quitando prácticamente todo elemento
anecdótico de la historia, como un concentrado del bajo fondo. Robert
Rodríguez, como amante de los cómics y de la cultura de géneros americanos,
esperaba la ocasión de trabajar sobre este material. Si algo conoce al
dedillo este director tex/mex
es cómo moverse en los límites exteriores de Hollywood, siempre apoyado
por su mentor Quentin Tarantino, otro fanático del cómic y los géneros
menores. Ambos son unos increíbles estiradores de presupuestos, y mantienen
un cierto estilo outsider que les facilita enrolar a toneladas
de gente con mucho menos de lo que la mayoría debería desembolsar. En
este caso, Rodríguez consiguió plata, pero además reclutó a una enorme
cantidad de actores y técnicos de moda que se sumaron a un proyecto sabidamente
polémico y experimental. Reciclando la experiencia acumulada en sus proyectos
anteriores, especialmente la serie Spy
Kids, donde usó y abusó in crescendo
de los recursos de la animación con computadoras, para Sin City trabajó principalmente alrededor de fondos verdes que finalmente
integran escenarios virtuales, y una fotografía basada en planos múltiples
con enorme profundidad de campo, contrastados hacia la dicromía del cómic,
tratando de «traducir» (en sus propias palabras) el diverso de Miller
en forma literal. Sin
negar ciertas calidades técnicas de la película, el malestar fundamental
que me produjo es esta literalidad. El cine –sabemos, o deberíamos saber–
no es lo mismo que el cómic. Aún cuando son dos lenguajes con grandes
simetrías y simbiosis, y cuando ambos integran una narración de línea
de tiempo con una sintaxis visual, tienen características diferentes que
brindan su capacidad expresiva a cada uno. En
mis oídos, los diálogos que funcionan en el contexto de un globito, se
desinflan al ser pronunciados por los actores. Los rostros contracturados
del papel se convierten en poses en el film, y los escorzos y cuerpos
en movimiento de la historieta, al tratar de mantener el mismo estatismo
en la película, semejan aviones de papel. Visualmente, la composición
de los cuadritos construye una estructura geométrica donde el balance
se da en la página, y se refleja en el juego de páginas enfrentadas. En
la pantalla, esta composición se disocia y si bien existe una posibilidad
de composición en el cine que tiene que ver más con el ritmo y la sincronía,
Rodríguez prefiere –equivocándose a mi juicio– forzarse a mantener la
composición original, que no tiene el marco de continuidad apropiado. El
resultado final es un híbrido más cercano al video clip que al cine, y
que no hace total justicia al cómic original. Tal vez en este sentido,
Tarantino haya quedado mucho más cerca en Kill
Bill, manteniendo mucha de la estética, sin olvidar que el cine tiene
convenciones lingüísticas dentro de las cuales hay enorme lugar para la
experimentación y el juego. |
Una muestra de la ilustración de Neal Adams para Batman (1971).
Muestra del estupendo manejo del blanco y negro de Víctor de la Fuente.
Robert Rodríguez en plena faena.
La gráfica de Sin City.
La técnica de Miller sólo incluye unos pocos colores puros junto al tradicional blanco y negro.
La traducción literal de los cuadritos de historieta tiene sus problemas... aunque con esta imagen nos conformamos casi todos.
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©
Martín
Salías
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