|
ENSAYO
|
La
leyenda oculta los orígenes celtas del personaje.
|
María |
|---|---|---|
| REY ARTURO: MITO Y REALIDAD |
|
Cualquier intento por asegurar si el Rey Arturo existió o no, conduce necesariamente a una posición simplista o, aún más grave, carente de veracidad. Pocas leyendas se han convertido en mitos tan contundentes y universales como la del Rey Arturo. Y esto, es, ciertamente, lo que ha liquidado sus raíces celtas. |
|
Orígenes
del Mito Responder
si existió o no el Rey Arturo, no resulta sencillo; ya que ni siquiera
los estudiosos se han proclamado a favor o en contra. No se encuentra
sobre Arturo tanta documentación como existe de otros personajes históricos.
La imagen más popular nos sitúa a Arturo en las magníficas cortes medievales
propiamente francesas, muy típicas de los poemas de Chrétien de Troyes.
Esta imagen es sólo una creación literaria que no se ajusta en nada al
período artúrico. Es producto de la imaginación de autores del Medioevo
que poco se interesaban en la realidad histórica. La leyenda de Arturo
era ya entonces popular y estos escritores sólo aprovecharon el éxito
de estas historias y las adaptaron a los tiempos en que vivían. Sin embargo,
afirmar que Arturo es un puro producto de la imaginación de escritores
como Geoffrey de Monmouth, historiador galés del siglo XII que con su
obra Historia de los Reyes de Britania,
nos da la primera semblanza literaria de Arturo; es demasiado aventurado. Las
raíces más profundas del mito artúrico hay que buscarlas en las leyendas
celtas y en las creencias populares de un pueblo que sufrió los reveses
más crueles de la historia. En
un tiempo tan oscuro y confuso como lo fue el período artúrico, las evidencias
sobre Arturo se reducen a un puñado de crónicas antiguas, poemas épicos
y fragmentos históricos de dudosa veracidad. Varias causas adversas coincidieron
a la hora de ensombrecer el panorama: la decadencia de la administración
romana condujo a la pérdida de numerosos escritos. Asimismo, el carácter
oral de mucho de este material quedó destruido por la presión de las hordas
sajonas que traían su propia cultura. Las creencias célticas y su misma
lengua comenzaron a ser vistas como la cultura de un pueblo conquistado
y reducido; y las nuevas costumbres y la lengua sajona no tardaron en
instalarse en suelo britano. La
figura del Arturo histórico se perdía para siempre en las sombras del
pasado cuando la inspirada pluma del historiador galés Geoffrey de Monmouth
le insufló la vida de un héroe nacional. No fue hasta sus espléndidos
trabajos que los romances arturianos establecieron una fuerte tradición
en la literatura europea. Su inestimable contribución alimentó la inspiración
de muchos autores europeos, quienes transformaron a Arturo en la legendaria
figura que ha trascendido las fronteras de la historia. El
revisionismo contempla la obra de Geoffrey con cierto cinismo y la considera
más una obra literaria que histórica. Esto no significa que la Historia
de los Reyes de Britania sea una simple fabulación. Geoffrey se inspiró
en personajes y sitios reales, además cita como fuentes a San Gildas,
Nennius y los Anales Galeses. Tampoco despreció los escritos clásicos
y, posiblemente, estaba bien familiarizado con las leyendas orales de
su pueblo. Geoffrey
de Monmouth define a Arturo como Alto Rey de Britania. Hijo del joven
Uther Pendragon y sobrino del rey Aurelius Ambrosius. Según algunas fuentes,
cuando los romanos parten de Britania, los desórdenes llegan a un punto
tan crítico que el rey bretón Aldrien envía a su hermano Constantino.
Este asume el gobierno de las últimas tropas romanas y se autoproclama
Emperador de Britania. Si
bien la figura de Arturo (o «Arthwyr», una variante celta) está relacionada
con la realeza, hay pocas evidencias que realmente lo definan como rey.
Nennius acota: «Arturo luchó junto a los reyes britanos pero
él era un Dux Bellorum.» Esto parece confirmar la idea que Arturo
era un soldado profesional, un estratega brillante, posiblemente entrenado
en Roma, y contratado por los reyes britanos para combatir a los sajones.
Dux Bellorum significa Duque de las Batallas,
un apelativo propio dado a los generales por los romanos, semejante al
Dux Britannorum, que custodiaba
las fronteras norteñas de Britania. No obstante lo apuntado, tampoco nada
contradice la tradición de que Arturo haya sido realmente un rey. Nennius
no dice que Arturo no sea un rey más entre los britanos, simplemente le
otorga un título que lo define más como un guerrero hábil y valiente.
El hombre detrás de la leyenda Arturo
entra en escena con la famosa victoria britana en Mount Badon, el historiador
galés Nennius, muy ligado al período artúrico debido a su obra Historia
de los Britones, le otorga el título de Dux Bellorum, un jefe de guerra
elegido por asamblea. El joven Arturo parece que dirigió una confederación
britana, cuyo mando estaba posiblemente en manos de su tío Aurelius, demasiado
envejecido para tomar las armas. Con la victoria de los britanos se inicia
un período de paz de casi cincuenta años y sería el momento en que los
britanos estuvieron más cerca que nunca de formar una nación. Este reino
gobernado por Arturo se extendía aproximadamente en el oeste desde Cornualles
a Strathclyde. Las fatales luchas tribales que se sucedieron luego de
la muerte de Arturo, sumieron otra vez a Britania en un caos político. Casi
todos los reinos célticos poseen un «Arturo» entre sus señores. El siglo
VI está poblado de jefes militares y nobles que ostentan este popular
nombre. No caben dudas de que para entonces Arturo ya era un personaje
mítico y los nobles querían identificarse con él. Las teorías sobre la
identidad de Arturo son muchas, los indicios, pocos. He aquí algunas de
las hipótesis más aceptadas:
El Arquetipo Universal Gales
no se rindió fácilmente al dominio normando. Largamente había resistido
la invasión sajona que había desplazado a los romanos. De tal manera que
gran parte de la cultura galesa aún pervivía intacta. Esta resistencia
se sustentaba en el mito de que un buen día un poderoso rey de su pueblo,
que había ya rechazado al invasor sajón y había podido construir por un
corto tiempo una nación, volvería para echar a este nuevo enemigo. El
lugar exacto donde descansaba Arturo se desconocía, pero los galeses no
ponían en duda de que era en su suelo. Guillermo I había hallado que la
región noroeste de Inglaterra ofrecía una resistencia inusual. Luego de
la batalla de Hastings en 1066, Gales no parecía estar dispuesta a someterse
a un monarca extranjero. Con los años, la resistencia galesa se endureció
tanto que Enrique II, nieto de Guillermo el Bastardo, vio la urgente necesidad
de resolver la cuestión lo antes posible.
Los
ingeniosos normandos aprovecharon la popularidad de Arturo en su beneficio.
Una manera que encontró el monarca para ganarse a los galeses fue persuadir
a sus vasallos de que su casta descendía del mismo Arturo. Para esto encargó
al escritor normando Robert Wace una traducción al francés muy particular
de la Historia de los Reyes de Britania de Geoffrey de Monmouth. Wace denominó
a su crónica Geste de Bretons,
si bien se la conoció Roman de Brut.
Políticamente, Enrique II pretendía demostrar que gobernaría según la
tradición artúrica. Además, tenía motivos muy personales para asociarse
con Arturo: desde la Coronación de Carlomagno en el año 800, todos los
monarcas cristianos se decían descendientes de la nobleza franca. La Basílica
de Cluny representaba, después de la de San Pedro en Roma, la institución
más importante de la Cristiandad. Una forma de que Enrique estuviera en
pie de igualdad con sus contemporáneos franceses era poner a Inglaterra
como importante centro de la Europa Cristiana. Decidió que la Abadía de
Glastonbury constituiría un rival excelente para Cluny. Asimismo, Enrique
entendió que si demostraba que el cuerpo de Arturo reposaba en suelo inglés
y no galés, desmoralizaría a sus adversarios. Hizo correr el rumor de
que los monjes de Glastonbury habían hallado el cuerpo de Arturo en el
cementerio de la Abadía. La noticia, fuera cierta o no, consternó a la
resistencia galesa. No obstante, las aspiraciones independentistas de
Gales no claudicaron hasta que, a fines del siglo XIII, los últimos vestigios
fueron destruidos. Para
mediados de este mismo siglo el material britano estaba ya consolidado
y se había convertido en una tradición fija para la floreciente literatura
europea. Entre este período y el siglo XVI, se producen numerosos títulos
inspirados en las leyendas arturianas. Hartman von Aue es el primero en
introducir la materia artúrica en Alemania. En 1210, Wolfram von Eschenbach,
el poeta épico más grande de Alemania, publica Parzival, inspirado en el Perceval de Chrétien. Su obra será la base
para la ópera de 1882 Parsifal,
de Richard Wagner. En Francia el poeta artúrico por excelencia es Chrétien
de Troyes, quien más allá de la belleza de sus poemas; indudablemente
ha contribuido a mitificar aún más el período artúrico. Pero
sin temor a equivocarnos podemos designar a Sir Thomas Malory como el
sucesor único de la tradición britana iniciada por Geoffrey de Monmouth.
Su obra La muerte de Arturo (Le Morte d’Arthur),
aparecida en 1485 gracias a la editorial William Caxton, es la pieza artúrica
más popular. Escrita en inglés y en un estilo masivo, aún hoy es una obra
clásica de la literatura universal. Malory retoma las historias de Geoffrey,
Chrétien y la Vulgata y, con
admirable maestría, les otorga una singular coherencia y unidad épica
. La obra está compuesta por quinientos siete capítulos distribuidos en
veintiún libros y constituye una refundición de la materia britana y francesa.
Ciertamente,
el fabuloso Rey Arturo hace tiempo ha traspasado los límites de la historia
inglesa para erigirse en un mito universal. Su leyenda está a la altura
de personajes históricamente certificados como el emperador Julio César
o Alejandro Magno. La masificación del mito artúrico ha prácticamente
liquidado sus raíces celtas y lo han transformado en una figura caballeresca
y, hasta cierto punto, infantilizada de la corte europea. A cambio, Arturo
hace suyo el arquetipo universal del héroe, condensando en su leyenda
el macrocosmos de la historia humana. No
obstante, el rigorismo con que la ciencia actual se ha ocupado del tema
corrobora la necesidad del hombre moderno por descorrer el velo de la
magia y desmitificar su mundo. Después de todo, si Arturo existió o no,
a nuestro entender no tiene importancia. La verdadera grandeza del Rey
Arturo radica en la eternidad del mito que fundó y que inspiró ríos de
literatura. |
El Rey Arturo y Excalibur, parte del mito.
Otra escena del mítico Arturo.
El arte también aportó su propia imagen al personaje.
Otra escena de la vida medieval imaginada para el unificador de Britania.
Arturo en Camelot, con los también legendarios Caballeros de la Mesa Redonda.
Otro tapiz con una escena de la vida de Arturo.
Arturo cabalga junto a Lancelot.
La muerte de Arturo, antes de partir a Avalon. |
|
|
©
María
Florencia Rampoldi
|
Volver al Índice de Ensayos y Artículos