ENSAYO
El libro de Dan Brown y el espíritu perdido de Occidente.

Horacio
Moreno

Samizdat - vicio y subcultura
DA VINCI, LA HISTORIA SIN FIN

El Código Da Vinci se ha convertido poco menos que en un libro de culto, con millones de lectores y, lo que es más grave, seguidores fanáticos que incluso peregrinan a los lugares citados en la novela. El artículo que presentamos a continuación explora algunas de la fuentes del trabajo de Dan Brown y especula sobre las necesidades espirituales en el siglo XXI, en la cúspide del capitalismo.

 

Con 36 millones de copias vendidas, El Código Da Vinci es sin lugar a dudas una de las novelas más exitosas de nuestro tiempo. Y su apelación argumental a la conspiración y, más precisamente, a la conspiración religiosa, no hacen más que incrementar su fama y sus ventas. Tanto es así que Sony Pictures adquirió los derechos para realizar una película basada en la obra en 2003, asegurando a Dan Brown, el autor de la novela, una suma total de algo más de 5 milllones de dólares en el momento en que se estrene la cinta. Para que la apuesta fuera aún más interesante, el estudio contrató al guionista y productor Akiva Goldsman, y al también premiado director Ron Howard para ponerse al frente del proyecto. Y Howard recurrió a uno de sus actores-fetiche, Tom Hanks, para que le de vida al profesor universitario devenido en detective de lo oculto Robert Langdon.

El secreto del éxito del libro de Brown no es su calidad. De hecho, está escrito de manera muy deficiente, dividido en decenas de minúsculos capítulos, como si estuviera especialmente diseñado para ser leído por aquellos que carecen de la costumbre de leer, y con una reiteración de conceptos y de pistas que directamente lo hacen parecer una obra específicamente pensada para el consumo de Forrest Gump.

La trama del trabajo, conflictiva por la temática íntimamente relacionada con las bases del catolicismo, describe el periplo que Langdon desgrana para descubrir la verdadera naturaleza del Santo Grial. La tesis es que Jesús se habría casado con María Magdalena, y que de dicha unión habría nacido la estirpe de los verdaderos herederos de Dios, la sangre con esencia divina que en definitiva constituye el Grial de la tradición legendaria. De acuerdo con esta teoría, después de la muerte de Jesús, María Magdalena habría emigrado a Europa, particularmente a Francia, y la línea de los reyes merovingios poseería la sangre de Cristo en sus venas.

A este hecho básico se suman imperfectas investigaciones sobre arte y simbología en la misma, la existencia del Priorato de Sión -organización dedicada a preservar la herencia del Redentor y custodia de los documentos que probarían esta, para Brown, una verdad histórica celosamente guardada en virtud del oscurantismo de la Iglesia Católica-, y muchas otras variables. En el medio hay una historia policial bastante patética y lineal, apelaciones a lo «sagrado femenino» (teoría del matriarcado original del que devendría la sociedad humana y que fuera aplastado por el patriarcado impuesto por la Iglesia de Roma), el misterio de los Caballeros Templarios, y un largo número de etcéteras igualmente remanidos.

En la base del éxito de El Código Da Vinci está la ignorancia probada de millones de posibles lectores. Este aparente misterio no sólo ha sido ya publicado y divulgado en una miríada de oportunidades sino que también ha sido parte de la leyenda negra de los Templarios (como parte del secreto que los habría hecho tan poderosos, aunque de ninguna manera explica la extraordinaria organización que construyeron en tiempos medievales). La relación de sangre entre Cristo y los antiguos reyes merovingios -línea real de los francos antes del ascenso de los carolingios, quienes a través de Carlomagno curiosamente cimentaron su poder en la alianza con la Iglesia y administraron su imperio a través de la instalación de monasterios en todo el territorio del mismo- ha sido expuesta tanto como tesis de ensayos y libros de historia como en historietas tan ricas e imaginativas como Predicador, de Garth Ennis y Steve Dillon, que establecía la existencia de una organización supranacional llamada, justamente, El Grial, dedicada a la custodia de los descendientes de Cristo y María Magdalena, y enfrascada en la preparación del Apocalipsis que le permitiera a la sangre divina volver a reinar sobre todos los hombres.

A todo este mejunje, Dan Brown le agrega dosis moderadas de orgiásticas celebraciones de la vida, supuestamente presentes en la tradición del matriarcado -para tener otra opinión sobre el particular, es especialmente esclarecedora la lectura de los trabajos del antropólogo Marvin Harris-; interpretaciones a veces forzadas de símbolos presentes en la obra pictórica de Leonardo Da Vinci; y una nunca concretada relación amorosa entre la pareja protagonista de la investigación que llega a la revelación final de la naturaleza del Grial. El condimento propio de los ’90 es la conspiración, que en la novela se retrata como el accionar siniestro del Opus Dei, cuyo poder reside justamente en su capacidad de mantener el secreto de la descendencia de Cristo apropiadamente oculto, y que apelará a cualquier desmán para evitar que la verdad salga a la luz.

Era evidente que tal cantidad de ingredientes, en una sociedad tan mojigata como la norteamericana, iba a provocar una reacción, que llegó en forma de refutaciones escritas y libros a favor y en contra de las tesis de Dan Brown, lo que no hizo otra cosa que alimentar este fenómeno, ante todo, marketinero. El anuncio de la realización de una película ha puesto las cosas todavía más candentes, y diversas organizaciones religiosas se han mostrado particularmente preocupadas respecto de este tema en particular.

Sony Pictures ha elegido, hasta el momento, trabajar con el mayor de los secretos, no permitiendo la presencia de gente ajena a la producción en los estudios donde se filma la película, firmando convenios de confidencialidad con el personal involucrado y dosificando las declaraciones. Incluso se han sugerido cambios al guión adapatado en los que se suavicen los aspectos que involucran negativamente a la Iglesia Católica, y en particular al Opus Dei, teniendo en mente por sobre todas las cosas los millones de espectadores creyentes que hicieron de La Pasión de Jesucristo uno de los más resonantes éxitos de taquilla de los últimos tiempos, contra viento y marea.

De acuerdo con los ejecutivos responsables de la Sony, estas comparaciones y estas pretensiones nada tienen que ver con la película que quieren llevar a la pantalla grande, a la que ven como el puntapié inicial para una franquicia basada en el personaje creado por Dan Brown, que suele verse envuelto en misterios que siempre tienen puntos de contacto con lo religioso.

Lo cierto es que la novela base no posee otros atractivos que no pasen por el cuestionamiento al cristianismo, y en particular, a la Iglesia Católica, y que lo hace desde una visión a la que puede calificarse de mística y con la misma cantidad de ingredientes poco fácticos presentes en la explicación oficial y religiosa. Lo que tampoco es nuevo.

La imperiosa necesidad de construir una ética suele chocar con la falta de fe del racionalismo acérrimo (en cuyos límites, recordemos, está el irracionalismo puro), y a propósito de este tema es interesante recorrer los conceptos de intelectuales mucho mejor preparados que Brown, como Jürgen Habermas o Slavoj Zizek. Resulta válido preguntarse, entonces, si las verdaderas bases de la doctrina cristiana pasan por los mitos sobre los que está construida -mitos que dependen enteramente de la fe para su explicación- o sobre su propuesta humanista, superadora y de respeto al hombre por sobre todas las cosas. Si la Iglesia es un instrumento institucional muchas veces discutible, no menos cierto resulta que, en pleno siglo XXI, muchas de las mentes más brillantes de la filosofía, como los citados Habermas y Zizek, o el propio Gianni Vattimo, todos desde posiciones vitalmente no compatibles, reivindican las posibilidades trascendentes que residen en la esencia de las enseñanzas de Cristo. En los límites del capitalismo parece ya no haber un fin de la historia indiscutible sino más bien la necesidad de un elemento dador de sentido, y las posibilidades en este tema podrían reducirse a dos opciones: o el misticismo de cualquier color o preferencia, es decir, el reemplazo de ciertas creencias apelando a dosis de fe, de irracionalidad tan importantes como las que exige el cristianismo (y en este tema es imprescindible la lectura de Zizek, sobre todo en lo que hace a la descripción de la funcionalidad del budismo occidental en esta época de capitalismo virtual); o bien el reconocimiento de los propios límites del racionalismo y su necesidad de algo que lo trascienda. En definitiva, en los límites del hombre siempre está su propia humanidad, y sería interesante determinar por qué la crítica de las formas suele seducir mucho más que la discusión de los contenidos.

Dan Brown

Dan Brown, el autor de El Código Da Vinci que defiend sus tesis como verdades históricas.

 

 

 

 

 

El Código Da Vinci

Portada de la edición castellana de El Código Da Vinci.

 

 

 

 

 

Póster de la adaptación cinematográfica de El Código Da Vinci

En el mayor de los secretos se desarrolla el rodaje de la adaptación cinematográfica de El Código Da Vinci...

 

 

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© Horacio Moreno

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