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ENSAYO
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Ciencia-ficción
bélica de Oesterheld a Gardini.
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Carlos Pérez Rasetti |
|---|---|---|
| LA METAMORFOSIS DEL ENEMIGO |
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La vertiente bélica de la ciencia-ficción no ha sido demasiado transitada por los autores argentinos. Sin embargo, los trabajos de Héctor Germán Oesterheld y Carlos Gardini han establecido algunas pautas y referencias que, sin lugar a dudas, tienen que ver con sus propias convicciones y con la postura adoptada frente a los desafíos de los tiempos que les tocó vivir a cada uno de ellos. |
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En
abril de 1983, Ediciones Minotauro inaugura una colección dedicada
a la ciencia ficción argentina (1)
con Mi cerebro animal, el primer libro de Carlos Gardini. Gardini
ya había publicado algunos cuentos desde 1980, especialmente en revistas
dedicadas al género pero, más allá del círculo de aficionados a la ciencia
ficción, su notoriedad venía del año anterior cuando Borges, Donoso y
Pezzoni, entre otros, lo consagraron triunfador en un concurso del Circulo
de Lectores en el que participaron cerca de dos mil setecientos escritores.
Esto nos interesa especialmente porque la obra premiada era un cuento
de ciencia ficción titulado «Primera línea», de tema bélico, y porque
apenas unos meses antes había ocurrido la Guerra de Malvinas. Entre los
cuentos que integran Mi cerebro animal dos, «Teatro de operaciones» y «Escalada»,
son también de tema bélico. Cuando a fines de ese mismo año de 1983 Sudamericana
convierte a Primera línea en título de la segunda colección de cuentos de
Gardini, los que abordan el tema de guerra son cuatro: «Fuerza de ocupación»,
«Tierra de nadie», «Caídos» y el propio «Primera línea».
Las
reseñas periodísticas aparecidas en la época de publicación de ambos libros
relacionaron estos cuentos con el pasado inmediato, los leyeron contra
el escenario reciente de la Guerra de Malvinas y la violencia de la dictadura
militar de la que se vivían todavía los últimos tiempos. Pero no siempre
se atreven a decirlo con todas las letras: «En todo momento, el discurso
‘fantástico’ de Gardini refiere a lo inmediato», dice Jorge Carnevale
en Clarín (1984a); al adjetivo fantástico
lo puso entre comillas. Y continúa con una cita: «-Yo no sueño nada-,
dice uno de los personajes, -es como si el horror me hubiera cortado los
sueños». El Buenos Aires Herald
(1984) es más claro, pero en ingles y sin firma: «Primera
línea [...] reflects phantasmagorical aspects of the events which
took place during the Malvinas war on 1982». Un poco antes, la reseña
sobre Mi
cerebro animal aparecida en Criterio (Berri 1983) encuentra
en «Escalada» «algunas parodias estilísticas [que] recuerdan las piruetas
semánticas del discurso oficial argentino durante el conflicto de las
islas Malvinas» y en «Teatro de operaciones» una «guerra desenmascarada
contra la subversión». En La Nación (Núñez 1983) se afirma
de manera general e imprecisa que los cuentos de Gardini «se nutren
en los múltiples aspectos negativos por los que atravesó o atraviesa esta
aturdida Argentina». Probablemente
la disyunción quiso separar las referencias a la guerra, ya concluida,
y a la dictadura, aún vigente. Todos
estos cuentos fueron recibidos, aun cuando el libro de Editorial Sudamericana
no lleva marcas de género, como contribución a una ciencia ficción nacional
(AAVV 2000) que vivía en esos años un momento de expansión y gran productividad
(Capanna 1996:185ss). Como el policial negro (Feinmann 1991) y la literatura
infantil (Ricaud; Arpes 1999), también la ciencia ficción fue el refugio
de una creatividad que tenía dificultades para expresarse en otras modalidades
a causa de la censura y la represión cultural. Los cuentos bélicos de
Gardini reponen un tema que fue fundante de la ciencia ficción argentina:
la guerra. Sólo que la guerra era, en el principio, invasión (2).
Desde
aquella invasión del primer Eternauta a los cuentos de Gardini, las imágenes del enemigo
componen un registro extenso que exhibe una profunda metamorfosis cuya
significación depende menos del desarrollo del género según su canon anglosajón
que de la inscripción del propio devenir narrativo de la CF nacional en
la configuración discursiva de nuestra sociedad (Angenot 1999; Rosa 1999). En
El Eternauta el enemigo
cambia su aspecto en una escalada de reemplazos que dibuja una paradoja
entre la apariencia y la significación. Cuanto menos diverso (menos otro)
más siniestro, hasta el escamoteo completo de referencia aparencial: el
enemigo sin rostro en el que mirarse, el otro absoluto. En El Eternauta nos invade
un enemigo como capas de cebolla. Detrás de la nieve aniquiladora (la
naturaleza artificial, con su racionalidad incomprensible y ominosa),
vienen los cascarudos y los gurbos (la animalidad alienígena con la que
es imposible cualquier comunicación, inviable domesticación alguna), las
nubes alucinadoras y los hombres-robots (la fragmentación de la unidad
del nosotros, la puesta en crisis de la identidad, lo otro no es ya tan
ajeno), los Manos, (múltiple imagen especular que a la vez devuelve el
rostro del destino de conquistados que se combate y expone la malignidad
sin imagen de los verdaderos invasores) y finalmente y nunca, los Ellos.
La construcción del nosotros se da a partir de la toma de conciencia de la identidad,
aunque sea provisoria, del enemigo (Sasturain 1995b). Son olas sucesivas
de la invasión, y tienen un sentido progresivo y aterrador. Objetivan
el poder y la complejidad del enemigo y producen el efecto narrativo de
desplegar la acción poniendo al adversario en escena mientras se escatima
su imagen concreta (3).
En El Eternauta la sustracción indefinida de la identidad de los
Ellos no vuelve al enemigo difuso o ubicuo,
sino que por el contrario, establece su condición de otro absoluto respecto de un nosotros que se propone desde la localización
de la historia, en ese Buenos Aires cotidiano aún más contundente porque
es nuevo para la historieta y nuevo para la ciencia ficción (4),
y aumenta su densidad a medida que se desenvuelven las relaciones entre
los protagonistas, en la solidaridad desplegada en los afanes para sobrevivir
y organizar la resistencia. Ese Buenos Aires cuya narración se inaugura
para la historieta argentina con un dibujo minucioso y reconocible, queda
subrayado por la invasión que lo asola y destruye. La presencia de Juan
Salvo en el presente del narrador, para contar la historia, ratifica la
continuidad de ese nosotros como espacio desde donde se constituye
el texto. Dos
décadas después, lo narrable es otra historia. En «Escalada» de Gardini
el narrador da cuenta de la guerra entre dos naciones periféricas. Pero
ninguna de las dos naciones en lucha posee una identidad. El enemigo está
en el espejo. Es claramente lo mismo, lo igual. Cada peldaño de «la escalada» bélica es puesta en escena por
medio del discurso de un general o de un coronel y esos discursos son
ejercicios retóricos que pueden ser aplicados a referentes indistintos,
tanto que los escalones (la guerra, la adopción del bombardeo psi (5),
su extensión a la población civil) son anunciados y fundamentados por
cualquiera de los bandos beligerantes sin que importe al relato en cada
caso si se trata de uno o de otro ya que sucesivamente y siempre los adoptan
ambos. La derrota de uno de los dos, es decir de cualquiera, supone «anexar
incondicionalmente el territorio que había provocado el conflicto [...]
Avergonzados debieron tomar posesión del territorio, arriar la bandera
extranjera, devolverla solemnemente e izar la propia, y luego despedir
en puertos y aeropuertos a las tropas vencedoras. Mientras estas ceremonias
se transmitían por radio y televisión, la gente del país vencedor se alegró
de librarse para siempre de la causa de tantos litigios» (Gardini
1983a: 25). Con lo que finalmente el que pierde gana y su ganancia se
vive como derrota y entonces no hay significación para la guerra ni contexto
que justifique la designación de un enemigo porque el otro es un reflejo de lo mismo. El enemigo es el doble y por lo tanto no hay un nosotros más allá de esa imagen que nos
devuelve el espejo, la del enemigo,
lo que no queremos ser. Y esa imagen especular está saturada de una retórica
chovinista que sobreactúa la calificación maniquea a la vez del enemigo
y de la propia tropa, que es reversible y cuando retorna verificamos que
puede remitir perfectamente al discurso oficial durante la represión ilegal,
al del conflicto con Chile por el Canal de Beagle de fines del año 1978
o al de la Guerra de Malvinas; en suma, a todo el discurso oficial de
los militares durante la dictadura que, al quebrarse con la derrota de
Malvinas (Escudero 1996), se resolvió en otro discurso en el que ambos
términos -nosotros y enemigo- están impugnados, no pueden ser dichos y,
por lo tanto, cuesta efectuar distingos (6).
Eso es parte de lo que pasó entre el nosotros
del primer Eternauta, que se iba construyendo mientras tomaba conciencia
del enemigo, pero que estaba seguro de que lo tenía y de que ese enemigo
era un otro, y este texto en
el que el extrañamiento cognoscitivo propio del género (Suvin 1984) sirve
para constituir el relato desde la parodia, desde afuera, y para narrar
la imposibilidad de identificar un enemigo más allá de nosotros mismos.
La
ciencia ficción bélica no produjo muchos textos en nuestro país, pero
los que produjo tuvieron, en el marco diverso de dos momentos de productividad
del género, especial significación y mucha o bastante trascendencia. Los
textos bélicos de Gardini predominan en la consideración crítica de la
primera parte de su obra, en un momento de expansión del género aunque
sin masividad (7)
y disputaron muy pronto un espacio en la corriente principal de la literatura
(8).
El
Eternauta, en su primera versión, es el texto fundante de la
ciencia ficción nacional en su única etapa relativamente masiva, la que
inauguraron las revistas de historietas de H.G. Oesterheld a partir de
1957 (9).
También las obras de Oesterheld remitían a la realidad de la Argentina
de aquellos años pero el relato anclaba más bien en la historia presente
y en La
guerra de los Antartes se remite a un futuro utópico (en el
sentido político del término) quebrado por nuevas ediciones de los conflictos
del presente. El primer Eternauta empieza expresando el optimismo
del discurso público del desarrollismo. Organiza la resistencia desde
un perspectiva policlasista, con protagonismo de la clase obrera (abreva
en el peronismo), como señalaron Juan Sasturain ( 1995a-b) y Martín García
(1984). Salvo y sus compañeros esperan, incluso, la ayuda de las grandes
potencias. En la continuación novelada de El Eternauta (Oesterheld 1961/63;1995)
los norteamericanos son todavía aliados de Juan Salvo, pero se profundiza
su impotencia, la invasión los alcanza. Se da, además, una cierta irrupción
ficcional de la guerra fría, aparece un alteri-nos: el enemigo extraterrestre de los Ellos que los combate en
toda la galaxia (Croci 1985; Sasturain 1995b). En un relato de acción,
inconcluso, la narrativa de Oesterheld tiene su punto de mayor contacto
con la ciencia ficción anglosajona del período inmediato anterior. En
la segunda versión de la primera parte de El Eternauta, de 1969
(Oesterheld/Breccia 1969), muy reducida porque los editores de la revista
Gente decidieron levantar la publicación
de la historieta de manera precipitada, se verifican cambios en la identificación del enemigo: las
grandes potencias negocian la paz con los Ellos entregándoles a cambio el control de Sudamérica. La alianza
contamina por contigüidad a sus miembros, eso ya se sabe; les otorga rostro
a los Ellos y calificación a las potencias. El enemigo se objetiva, el
alienigena deviene más concretamente extranjero, el discurso narrativo
se imbrica con el discurso político. También se modifica el nosotros;
el dibujo de Alberto Breccia vuelve ominoso el paisaje porteño, lo muestra
siniestro en el sentido más freudiano: lo familiar resulta extraño, no
ya por contraste entre la imagen reconocible de la ciudad y la acción
fracturante de los invasores, sino por contaminación. Rostros, calles
y edificios expresan por igual, en el trazo de Breccia, la angustia de
la invasión. En
la primera versión de La
guerra de los Antartes (Oesterheld/Napoo 1970), se repite la
traición de las potencias para entregar Sudamérica y se suma la de los
propios gobiernos de la región: el enemigo se torna decididamente histórico.
En la segunda versión, publicada en el diario Noticias en 1974
(Oesterheld/Trigo1998), los cambios se dan especialmente en la identidad
del nosotros. El gobierno de esa Argentina
del 2001 lo ejerce un Consejo presidido por el «Grone» Andrada que decide
inmolarse frente su pueblo (en ese
2001 el pueblo existe) reunido en la Plaza de Mayo para reclamar la resistencia
contra el invasor. El protagonista muta de meteorólogo receloso de los
militares (en la primera versión) a teniente piloto Sabino Torres, el
«Coya». Las fuerzas armadas han sido recicladas en la utopía del guionista
que proyecta su sueño montonero. La lucha rápidamente se convierte en
guerrilla urbana (la narración refluye de la utopía a la historia) y la
historieta se interrumpe mientras narra una delación; ya no se trata de
hombres-robot privados de su voluntad, de cuerpos ocupados por el invasor.
Son defecciones, traiciones. El nosotros se agrieta y se lo apuntala con
ideología. La historieta se fractura con la historia, con la clausura
del diario Noticias
en agosto de 1974. De cualquier manera, ya había profetizado la prevalencia
del enemigo o, al menos, la prolongación de la guerra en otra de las modificaciones
efectuadas a la versión anterior. En el segundo cuadro de la primera página
el «Coya» dice: «mi relato no será histórico. Para eso la guerra de
los Antartes tendría que haber terminado ya, pero falta tanto, todavía.»
En El
Eternauta II (Oesterheld
1976), la historieta se historiza decididamente. La acción salta en el
tiempo doscientos años para caer en medio de los acontecimientos de la
historia más inmediata de la mano del compromiso militante de Oesterheld.
El enemigo se objetiva en El Fuerte, de los Ellos queda sólo uno ya casi
sin misterio, amo patético de los restos de la invasión. El nosotros
sufre una metamorfosis profunda, se articula en dos partes, el pueblo
de las Cuevas y el héroe individual que llega a redimirlo de la explotación
del Fuerte. «Oesterheld recupera al héroe individual, al hombre diferente.
Juan Salvo es un modelo de hombre de acción revolucionario, dotado de
una ética y de normas de conducir distintas de las de la generalidad»
(Sasturain 1995: 191). Si en la continuación novelada de 1961/63 el discurso
narrativo había adoptado algunos de los sentidos de la CF norteamericana
de los años cincuenta ahora, cuando se expone el sentido revolucionario
del relato, éste adopta una estructura narrativa muy próxima a la de las
historietas de superhéroes. En
los comienzos de la dictadura militar el guión militante de Oesterheld,
escrito desde la clandestinidad, se empeñó en formular un programa de
resistencia. En 1983 Oesterheld está desaparecido y reaparece la ciencia
ficción bélica después de la derrota de Malvinas y cuando el Proceso se
desmorona, pero ya no puede designar al enemigo. Y esa es la paradoja,
se puede narrar la guerra, es más, es necesario narrarla, pero no se puede
designar al enemigo, y no se puede describir el nosotros. Mientras en El Eternauta los personajes construyen
su identidad, toman conciencia de ella a partir de la invasión, el protagonista
de «Tierra de nadie» (Gardini 1983b) la pierde en la batalla. El comienzo
del relato lo muestra recobrando la conciencia después de lo que deduce
fue una explosión. Sólo puede verificar su grado militar, pero no recuerda
quien es, ni a que bando pertenece. Supone que los soldados que ve (dificultosamente
a causa de la niebla verde, los cascos y las máscaras antigás) son su
tropa. Duda incluso de su identidad sexual. El grupo se mueve manteniendo
una recelosa unidad, sin palabras casi porque el protagonista teme perder
su autoridad si se advierten sus vacilaciones. Ataca una posición sin
saber si se trata de enemigos o propia tropa. Piensa que si recordara
su nombre recuperaría los demás recuerdos y cuando finalmente advierte
que puede buscarlo escrito en su uniforme encuentra que está herido. Su
mente se aclara, apunta a sus compañeros y el cuento concluye para que
no escuchemos los disparos. La única identidad es la que provee la lógica
militar y en esa lógica sólo se puede ser
enemigo (porque en la guerra siempre se es enemigo del otro) o baja, su
variante temporal. En
«Teatro de operaciones» (Gardini 1983a), en cambio, la dotación de un
helicóptero parece tener claro quién es su enemigo: Gregorio, una suerte
de ejercito irregular bastante primitivo (toda la ambientación del cuento
evoca al film Apocalipse Now de Coppola,
1976-79) y, al menos, se sienten «grupo». Los une la guerra y «madre»,
como llaman a la nave que los transporta a los combates. El texto avanza
en la construcción de las identidades de cada uno de los soldados del
pelotón, aunque todos tienen un nombre de guerra, un nombre que les dio
la guerra. Cuando el helicóptero es destruido y sus compañeros muertos,
«el Gato» cae en manos de los enemigos que lo invitan a sumarse a ellos.
La «gran madre» es una divinidad y combatirla es una forma de adorarla,
le dicen. No hay dos lados en la guerra, no hay un nosotros
y un enemigo. La guerra no tiene otro sentido
que ella misma y los que militan como adversarios le pertenecen y por eso son uno.
No hay espacio para la muerte heroica de los protagonistas, ni para la
muerte patética. Esa, ambas, que espera López tras ser derribado junto
al narrador en «Caídos» (Gardini 1983b) mientras imagina a un enemigo
que nunca ha visto. López asigna sucesivos rostros horribles a ese otro que, indefectiblemente, se acerca. El narrador lo escucha y delira,
siente que el enemigo invade su personalidad. Finalmente mata a su compañero;
suprime el otro término del nosotros y anula la alteridad que lo angustia,
ahora él es el enemigo, la identidad
se desmorona y se extingue la significación del enemigo... El final es
siempre una revelación, que se es uno con el enemigo. Así
pasa también con los mutilados de «Primera línea» (Gardini 1983b). La
guerra los hizo, dio otras formas a sus cuerpos y les proveyó las máquinas
ortopédicas con las que actúan a la vanguardia de las tropas. Sólo existen
para cada asalto que les da sentido y los justifica. Pero cuando se firma
la paz (no importa quién fue el vencedor, en las guerras de Gardini no
hay nunca vencedores ni vencidos), ya no pertenecen a nada. Desprovistos
de las unidades MUSIL, de sus prótesis bélicas, la identidad de los mutilados
queda, como sus cuerpos, fracturada, disuelta. Porque la conclusión de
la guerra supone la anulación de sus términos de referencia; el enemigo
es el otro respecto del que se constituye la propia identidad, y el otro
es a su vez enemigo cuando se invierte la dirección del par y no hay referencias
ni valores constitutivos de esa identidad que puedan sostener su autonomía
más allá del eje bélico. La significación de la guerra se agota en sí
misma. En
«Fuerza de ocupación» una compañía tiene como misión tomar una isla. Encuentra
una resistencia desmesurada e inexplicablemente persistente. Algunos ven
movimiento donde después sólo encuentran cadáveres: «Sin embargo estaban
bien muertos. Los pinchamos, los golpeamos, los pateamos, pero no se movían»
(Gardini 1983b: 23). El médico del grupo sospecha un aprovechamiento ulterior
de las bajas; que el enemigo haya desarrollado un mecanismo interior capaz
de reactivar los cuerpos muertos de sus soldados como marionetas agresivas
que disparen contra todo lo que se mueve. Sospecha también que quizás
eso explique porque no había aves ni animales en la isla
(10).
Se empeña en efectuar autopsias en los cuerpos sin vida de los enemigos
sin encontrar nada hasta que, herido, intuye la verdad. Antes de morir
alcanza a decirle a su jefe: «no son ellos, hombre, somos nosotros.
[…]». O nosotros y ellos es lo mismo en la simplificación
de términos que operaron los que en nosotros incubaron al otro, y si cuando
devenimos nuestros enemigos lo somos de modo automático y artificial
quiere decir que alguien nuestro, una parte del nosotros
conduce ambos extremos de la contienda. «Cuantas más bajas tenemos,
más posibilidades de ganar» La muerte se reproduce, el enemigo está
adentro, somos nosotros, o los que nos envían a la guerra que también
somos nosotros. Y perder es
ganar, con lo que otra vez se opera la simplificación y los términos se
eliminan y la isla ocupada es una isla de nadie, esto es, de un otro
de cualquiera que llegue a sus playas: de todos. De
Oesterheld a Gardini, con el enemigo han desaparecido también los escenarios
reconocibles de la batalla. Buenos Aires, la Antártida, incluso Nueva
York, son territorios denotados que permiten calificar la guerra; invasión,
resistencia, reconquista, son palabras que objetivan la lucha y que constituyen
de modo diferente la identidad del nosotros y la del enemigo. Los
escenarios de Gardini eluden toda denotación: tierra de nadie, teatro
de operaciones, isla de ocupación, son apenas denominaciones funcionales
del contexto pragmático que necesita la guerra para realizar su sentido
convencional. Los
cuentos de Gardini pueden ser mirados como el correlato ficcional del
discurso político durante la transición a la democracia. Imposibilitado
de evadir su necesario carácter adversativo (Verón 1987) este discurso
sólo podía identificar un enemigo interior al sujeto social. La lucha
por la transición a la democracia era una conversión, una épica contra
el autoritarismo que anidaba en nosotros cuya expulsión se
oficiaba invocando ritualmente el Preámbulo de la Constitución
Nacional; actualizando el texto originario, fundante del nosotros; un
texto autoreferencial por excelencia, si se omiten las circunstancias
históricas que habilitaron su enunciación
(3)
Este enemigo del tipo capas de cebolla es congruente con el modo serial
de publicación de la historieta. Permite sostener el suspenso en cada
entrega y reponer constantemente el enigma magníficamente instalado en
el comienzo con la nevada. El enemigo más aterrador es aquel en el cual
la evidencia de la amenaza es inversamente proporcional al conocimiento
que tenemos de él.
(4) En realidad Buenos Aires ya había
sido locación de otros relatos de ciencia ficción desde Viaje maravilloso
del Sr. Nic-Nac de Holmberg, pasando por alguno de los cuentos de
CF escritos por Lugones y por Horacio Quiroga, pero en ninguno de ellos
el escenario urbano tiene un desempeño narrativo comparable al de El
Eternauta. (5)
Resulta imposible no evocar el cuento de Lugones «El Psychon» (1897),
de cuyo gas el bombardeo Psi parece una aplicación bélica a escala industrial.
Ambos relatos comparten, además de esos aspectos del motivo narrativo,
la idea de asignar efectos maléficos al consumo indiscriminado de pensamientos
y sueños ajenos. (6)
Ya con el advenimiento de la democracia y la realización del Juicio a
las Juntas la sociedad tuvo de parte del discurso institucional una voluntad
de reconstrucción de este par semiótico, pero el predominio en ese discurso
de la llamada “teoría de los dos demonios”, que adjudicaba la violencia
del pasado reciente a la responsabilidad de dos sectores de signo inverso
(militares/subversivos) pero igualmente ajenos a la gran mayoría de la
sociedad argentina, le restaba no sólo responsabilidad sino también protagonismo
a la sociedad. Ésta había sufrido porque dos bandos, enemigos entre sí,
la habían elegido como escenario de su confrontación y ese lugar descomprometido,
de víctima aleatoria, dificultó cualquier ensayo de discurso sobre el
nosotros capaz de incorporar una lectura autocrítica de los hechos del
pasado reciente.
(8) En esto influyó, seguramente,
el concurso del Circulo de Lectores que ganó «Primera línea», que
motivó su publicación en un libro con los otros cuentos seleccionados
en aquel concurso y la publicación posterior de un volumen de cuentos
de Gardini con ese título en una colección de Editorial Sudamericana
que no tenía ninguna referencia al género. (9)
Es bastante conocida la trascendencia que tuvo esta obra y su impacto.
Dio lugar a otra versión dibujada por Alberto Breccia, que fue publicada
en la revista Gente en 1969, a una continuación novelada (1961/63)
y dos partes más en historieta (1976/77 y 1983) la última con otro guionista.
Pero además, Oesterheld había guionado ya una historia de invasión: Rolo, el marciano adoptivo (1957)
y luego escribiría otra, La guerra de los Antartes que se
publicó en 1970 con dibujo de Napoo en la Revista 2001, y de la que
luego preparó otra versión con dibujos de Trigo que se empezó a publicar
en el diario Noticias en 1974 y quedó inconclusa. La invasión de los Pargas,
narrada en Rolo, el marciano adoptivo, es del
tipo infiltración. Una invasión en la que la guerra se desarrolla de manera
secreta , del mismo tipo es la que narra el film de Hugo Santiago, con
guión de Borges y Bioy Casares, Invasión (1969). Carlos Scolari,
en No pasarán. Las invasiones alienígenas de H.G. Wells hasta los X-files
(2000), todavía inédito, analiza las variantes de la invasión y distingue
las que adquieren la modalidad de guerra de aquellas en las que la invasión
adquiere modalidades de infiltración, y describe sus variantes. (10)
La isla de Gardini recuerda otra isla poblada de muertos automáticos,
la de Morel.
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discurso político. Editorial Hachette: Buenos Aires. |
Edición original de Primera línea.
La nevada mortal, primera fase de la invasión en El Eternauta.
Los cascarudos son la segunda fuerza de choque enviada para el exterminio de la humanidad.
Las alucinaciones provocadas por el enemigo se muestran eficaces contra los sobrevivientes en El Eternauta.
Los hombre-robot, la metáfora oesterheldiana para referirse a quienes colaboran con el enemigo.
Los Manos parecen ser, en un primer momento, el rostro visible del enemigo en El Eternauta...
... sólo para revelar la existencia de un enemigo intangible e inalcanzable para los humanos: los Ellos.
En la versión de El Eternauta de 1968 (dibujada por Alberto Breccia), el enemigo comienza a tomar cuerpo y tiene nombre propio...
En la segunda versión de Guerra de los Antartes (1974), el enemigo imperial enfrenta una resistencia mucho más organizada...
... y los dirigentes respetan la voluntad del pueblo: ¡Guerra a los Antartes!
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Carlos Pérez
Rasetti
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