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ARTÍCULO
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Una
gran colección de buenas distopías en castellano.
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Horacio Moreno |
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| MAÑANAS EN SOMBRAS, PRESENTES PROMISORIOS |
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Mañanas
en sombras. Selección y prólogo
por Sergio Gaut vel Hartman. Buenos Aires: Desde la gente, 2005. Contiene: «Prólogo», por Sergio Gaut vel Hartman; «Timbuctú», por Carlos Gardini; «Disneylandia», por Alejandro Alonso; «Hermano cósmico», por Juan Pablo Noroña; «Indiferencia», por Eduardo Vaquerizo; «Rating cero», por Fabio Ferreras; «Masas», por Alfredo Álamo; «El tipo que vio el caballo», por Fernando de Giovanni; «Sin nombre», por Eduardo Carletti. |
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Desde hace bastante
más de una década, el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos
ofrece mes a mes una colección de cuidadas antologías, entre las cuales hay
por lo menos tres dedicadas al género fantástico. La última de estas colecciones
es la que nos ocupa en este comentario y debemos decir que el trabajo de Sergio
Gaut vel Hartman le hace honor al género. La consigna de la recopilación es sencilla: ofrecer relatos que tengan
como hilo conductor la distopía (como se la conoce habitualmente, aunque el
término exacto es cacoutopías o utopías pesismistas), futuros estremecedores
en los que los errores del presente nos han llevado a un mañana plagado de
incertidumbres y situaciones prácticamente insoportables. Ese, creemos, es
el primer acierto de esta antología, porque el tema no sólo es incitante sino
que está plenamente ligado a la reflexión sociológica, al ser humano enfrentando
un mundo que siempre cambia y que, lamentablemente, puede ser todavía mucho
peor. El segundo acierto es la selección del material. No sólo por la calidad
de muchos relatos sino también por la pluralidad de nacionalidades, que ofrece
a la visión distópica, una riqueza insoslayable, y que permite rastrear cómo
determinados temas están presentes en sociedades cuyos grados de desarrollo
-e incluso sus sistemas políticos- son totalmente disímiles. En Mañanas
en sombras encontramos cuentos de argentinos, de españoles y de un cubano,
que sostienen lo expresado. Y en tercer término es preciso destacar que la calidad media de la colección
es pareja, con auténticos hallazgos sobre todo para quienes no acceden habitualmente
a este tipo de material de género. Son ficciones muy bien escritas, los personajes
están bien delineados y responden a los desafíos que el futuro les ha impuesto.
Curiosamente, los puntos más bajos del trabajo están en un par de relatos
nacidos de «veteranos» del género argentinos, que no alcanzan el nivel del
resto del volumen. Vayamos por partes. «Timbuctú», el cuento de Carlos Gardini, muestra a este autor en uno de
sus grandes momentos. La especulación no sólo es creíble y bien ambientada
en nuestro país (más precisamente, en nuestra Buenos Aires), sino que además
trabaja materiales que todos los días pueden atisbarse en los periódicos locales.
No se trata de una proyección arbitraria. Es un Buenos Aires del mañana que
puede palparse en el hoy, con zonas liberadas, policías corruptos, drogas
a raudales y una amplia mayoría que prefiere mirar hacia otro lado. «Timbuctú»
es una verdadera exploración en clave cyberpunk: precisa, afilada,
brutal, sin concesiones para el lector ni para los personajes, y es sin lugar
a dudas lo mejor de esta antología. «Disneylandia», el cuento de Alejandro Alonso, es el primer bache de la
recopilación. Alonso es ya todo un «veterano» del género, si no por edad,
por pertenencia y por lo prolífico que es. Ha ganado premios internacionales,
ha logrado publicar su obra en la Madre Patria y hasta ha tenido un volumen
enteramente suyo en la reciente colección de Página/12. Así y todo,
su narrativa siempre parece a mitad de camino. No por la manera de escribir
sino porque sus ideas siempre dan la sensación de estar a mitad de camino,
apenas esbozadas y muchas veces con resoluciones de compromiso. En el caso
de «Disneylandia» tenemos un cuento discursivo, con poco diálogo y parrafadas
de explicaciones que, en ocasiones, se van por las ramas. Es como si para
ofrecer una postal del mundo del futuro, Alonso hubiera optado por mostrar
todo un carrete de diapositivas, amenizadas con detalladas descripciones que,
a la postre, no resultan en nada. Y la anécdota, en el final, resulta anodina. «Hermano cósmico», del cubano Juan Pablo Noroña, es una interesante metáfora,
que incluye entre sus ingredientes a una galaxia poblada por extraterrestres,
a la religión y hasta a un discurso en pos de la individualidad y de la importancia
del ser humano en sí que es a las claras una respuesta a todo un sistema político.
Hace muchos años atrás, en una versión de 1984, su prologuista Pedro
Laín Entralgo afirmaba que lo que Orwell hacía en su novela era precisamente
rescatar al socialismo de la interpretación stalinista. En clave inteligente,
utilizando la religión como excusa (como verdadero «opio de los pueblos»),
el joven Noroña habla de muchas más cosas que las que efectivamente se leen
en el texto, y señala en un mundo extraño todos los vicios que pueden achacarse
a cualquier sistema, de derecha o de izquierda, cuando confunde la igualdad
de oportunidades con igualdad de pensamiento... Una muestra que da muchas
ganas de leer lo que actualmente se produce en la isla, de gente que vive
en ella. A continuación, la colección ofrece el primer texto de un autor español,
«Indiferencia», de Eduardo Vaquerizo. En tono de proyección, el autor nos
cuenta en medidas grageas una triste historia de amor y amistad enmarcada
por el horror de una guerra que, además, se ha transformado en uno de los
más temidos fantasmas del continente europeo en general, y de España en particular.
Este cuento nos permite explorar los miedos de una nueva generación y nos
deja entrever la complejidad que se esconde detrás de decisiones políticas
que uno a veces lee con indiferencia en un periódico. El relato tiene el tono
justo, es magistral a la hora de mostrar los hechos que se van encadenando
a saltos entre el presente del protagonista y su pasado indubitablemente mejor.
Los personajes son creíbles, uno puede identificarse con ellos sin ninguna
dificultad y, gracias a la «Aldea Global», se pueden rastrear perfectamente
las referencias no explícitas del cuento, sin necesidad de que el autor deba
demorarse en largas parrafadas que, en el fondo, no hacen más que entorpecer
la lectura y opacar el meollo de cualquier historia. Fabio Ferreras, un joven autor de Bahía Blanca, es el encargado de continuar
ofreciendo joyitas en esta antología. Su trabajo, «Rating cero», realiza una
exacta proyección de una Argentina futura en la que se han cumplido algunas
de nuestras peores pesadillas. También utilizando dosis justas de información,
apenas palabras clave, el lector puede perfectamente imaginarse de qué se
está hablando, adivinar el paisaje y descifrar de antemano las peripecias
del protagonista. Muchas veces leemos, aquí y allá, que la realidad supera
a la fantasía o a cualquier delirio que pudiéramos imaginar. Sinceramente
creemos que esto no es así, porque los resquicios, las entrelíneas de lo que
vivimos o consumimos todos los días, son una materia prima de excelsa calidad
para imaginar posibles devenires. Y «Rating cero» lo demuestra, aunando un
hecho pequeño pero trascendente con una narración precisa. Otra verdadera gema de esta recopilación es «Masas», cuento del español
Alfredo Álamo. Cuando uno comienza a adentrarse en lo narrado, se siente transportado
a varios de los universos imaginados por la ciencia-ficción. Por un lado,
una organización muy similar a la de Brazil, la película de Terry Gillian.
Por el otro, una urbe innominada sometida por el pulso de la muchedumbre y
la superpoblación, como en Cuando el futuro nos alcance (Soylent Green,
1973). Finalmente, y esto es realmente curioso, la sensación de que cualquier
lector -de esta ciudad particularmente- no podrá evitar comparar lo relatado
con lo que se vive en la actualidad, como si por una extraña transmisión de
pensamientos, el valenciano Álamo estuviera inmerso en lo que para nosotros
es cotidianidad. Y no quiero adelantar nada de la trama porque verdaderamente
vale la pena. La única salvedad que se podría hacer es la elección de los
nombres de los protagonistas, como una especie de aceptación de lo que es
universal en el género (lo anglosajón) está por encima de lo propio. Ya lo
dice el refrán, «pinta tu aldea y pintarás el mundo». Pero esto en
nada desmerece otra de las grandes revelaciones que ofrece esta antología
al cuidado de Gaut vel Hartman. «El tipo que vio el caballo», de Fernando de Giovanni, es uno de los mejores
relatos de fin del mundo que ha dado la CF argentina. Con muy pocas palabras,
con una descripción que surge más de lo inferido que de lo efectivamente señalado
en el texto, incluso hasta con una especie de proyección de lo «gauchesco»,
de Giovanni construye un mundo del mañana que realmente asusta, que reciclando
algunas ideas clásicas y ya vistas ofrece un panorama aterrador de lo que
bien podría ser un cuadro preciso del mañana. La anécdota es sencilla pero
eficaz y aunque desarrollaremos este concepto en el comentario que corresponde,
baste decir que Plop, la premiada novellette de Rafael Pinedo
le debe más de un reconocimiento a este único relato de Fernando de Giovanni. Finalmente, el cierre de la antología llega con «Sin nombre», cuento del
argentino Eduardo Carletti. Este relato, que tiene también más de una década
sobre sus espaldas, es una historia amarga y pesimista que explora las posibilidades
de supervivencia de los «descastados». Como en todo relato de Carletti, hay
tecnología, aunque aquí dosificada, y una narración correcta que llega a un
lógico desenlace. El problema de este segundo «veterano» del género en nuestro
país es que su personaje además de carecer de nombre, parece no tener tampoco
una personalidad que lo lleve más allá de su rol de plañidera. Y lo que se
respira, en definitiva, es que como no hay posible salvación o superación
personal, entonces el futuro es absolutamente negro y sin sentido. Si bien
el pesimismo es un registro de fábrica de Carletti, su regodeo en el mismo
se ha ido intensificando con los años: este fue casi su última incursión literaria,
y su mensaje se ha trasladado, sin vuelo literario alguno, a los reiterativos
editoriales de la revista Axxón. La mejor tradición de la CF argentina, la inaugurada por Oesterheld con
El Eternauta, mostró que en estas tierras el único héroe posible es
el héroe en grupo, y además, que es posible para el hombre común superar tareas
y dificultades extraordinarias en tanto y en cuanto cuente con herramientas
tales como la solidadridad y un grupo de fieles amigos. Y uno puede pensar
lo que quiera, pero la salida en solitario nunca fue salida, como bien lo
vivimos los argentinos en la nefasta década de los ’90. Las conclusiones después de leer esta recopilación son bastante sencillas.
Por un lado, en manos de un buen antólogo es posible compilar un grupo de
muy buenos relatos que no sólo cumplen con la consigna elegida, sino que además
demuestran más allá de cualquier duda que es posible construir una ciencia-ficción
en castellano que compita en igualdad de condiciones con la actual CF anglosajona.
Sergio Gaut vel Hartman sabe realmente lo que hace, conoce el género, conoce
su registro, se mueve profesionalmente y su acceso a cientos de cuentos le
ha permitido poner en un mismo contenedor un puñado de calidad, representantes
del famoso 10% de buena literatura que todos los géneros tienen. En segundo
término, es deseable y apetecible la exploración de lo que se hace dentro
de la ciencia-ficción y lo fantástico en otros países con los que compartimos
no sólo la lengua sino todo un bagaje cultural de base. Y es así porque Mañanas
en sombras demuestra que se están cocinando grandes expresiones literarias,
ofreciendo un panorama que una década atrás era totalmente diferente. Como siempre ocurre, no es una cuestión de condiciones de posibilidad, es una cuestión de oportunidades. Y es harto evidente que el único pilar que tiene el talento es el trabajo a destajo. Como iberoamericanos nuestras oprtunidades no son las mismas, pero está demostrado que el futuro es nuestro. |
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Horacio Moreno
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