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1. La lucha
contra el crimen en la ciudad de los diseños
Benjamín (1980)
afirmó que en el origen de la literatura detectivesca se encuentra esa sensación
ominosa que angustiaba a los hombres de fin de siglo: la idea de que el anonimato
de las grandes ciudades protege al criminal de sus perseguidores. La masa
actúa reduciendo cada uno a todos; el anonimato de la sociedad urbana anula
lo diverso. La sociedad burguesa, la misma cuya pintura ejerció el retrato,
queda presa de su propia dinámica masiva en la que ve disolverse la identidad
y, al mismo tiempo que en sus casas enfatiza las marcas de lo personal, comienza
a instrumentar una red de sistematización racional de los individuos. Impulsa
la numeración de las viviendas, desarrolla procedimientos de identificación
de personas y, finalmente, aprovecha la invención de la fotografía que «hace
por primera vez posible retener claramente y a la larga las huellas de un
hombre» (Benjamín,1980: 63). La aparición de la fotografía coincide -como
también hace notar Benjamin- con la aparición de la literatura policial, que
viene a constituirse en un intento de conjurar racionalmente aquella paranoia.
No tantos años
después, en el 2019, la ciudad desbordaría aquel proyecto de control del siglo
XIX. En Los Ángeles de la película Blade
Runner la superposición de objetos ha concluido por saturar cualquier
pretensión de ordenamiento racional. Ya no se percibe el origen humano de
la ciudad. La naturaleza ha sido reemplazada por los productos del diseño.
En L.A. 2019 hasta la lluvia ácida es un artefacto descontrolado, una novedad
incesante introducida por la contaminación. Pero la ciudad de Los Ángeles
en Blade Runner, no es Metrópolis[1]
, ni es Alphaville[2].
El paisaje urbano de L.A. 2019 niega su condición de diseño. Su coherencia
no es racional sino histórica y por eso contrasta con los escenarios a los
que nos tenía habituados la ciencia ficción cinematográfica de los años ‘60
y ‘70 en la que el futuro era homogéneo en cualquiera de sus dos versiones,
la del producto completamente a estrenar o la del tipo ruina del presente,
y siempre se proponía como alternativo respecto del presente, ya sea por destrucción
o fractura. En Metrópolis la coherencia
está dada por la organización en estratos polarizados, la ciudad de arriba
y la ciudad de abajo, el ámbito del control y la factoría. En Alphaville todos los lugares son uno en
la «mente» de la computadora, como sucede en la nave de 2001, Odisea del espacio[3].
Hay dos aspectos comunes a todos estos
universos ficcionales: la historia está excluida de la puesta en escena, y
la racionalidad del universo artificial es de conjunto[4].
En cambio este futuro de Los Angeles 2019 está construido por la acumulación
y yuxtaposición de objetos que el tiempo le ha arrebatado al hombre, los «utensilios»
que nuestros antepasados construían como instrumentos para prolongar las capacidades
humanas, se han vuelto autónomos y ajenos, y no es posible ver en ellos su
origen humano. Los objetos se han hecho paisaje. El medio ambiente es un bosque
de carteles luminosos naturalizados en la medida en que han perdido su teleología
y su carácter de mensajes y «están» allí alejados de su motivo; la saturación
anula el texto apelativo y nadie, en la ficción, responde a los reclamos murales;
nadie toma Coca-Cola. Pero también es más creíble este futuro en el que los
autos voladores aterrizan y despegan de calles hacinadas, invadidas de negocios
sórdidos. La convivencia de las modas, de los muebles previsibles mezclados
con otros de líneas más audaces, los objetos que permanecen (las botellas,
el vaso de whisky, las marcas, un auto viejo) junto a los nuevos
productos de la tecnología, ubican a la ficción en el mismo continuo
que el presente. Es la historia la que ha construido ese futuro inhóspito,
la historia entendida como caos, como un ordenamiento no humano, inaferrable,
de los artefactos producidos por el hombre. L.A. 2019 ya está, de alguna manera,
entre nosotros.
Pero ese inhóspito
paisaje de los objetos encierra algunos lugares amables allí donde se insertan
las marcas del género. La oficina policial del capitán Bryant y el departamento
de Deckard tienen la composición visual y narrativa del cine policial negro
y su reconocimiento ofrece a la mirada del espectador protección de lo ominoso
que encierra el entorno urbano, porque se insertan en la sintaxis previsible
de este código. Lo extraño y lo familiar se equilibran en la clave intertextual
que propone la presencia de los motivos y los tópicos clásicos del policial
negro: la primera persona del narrador en off, el abrigo del blade runner,
su escepticismo, la relación al margen de la ley del detective con la mujer,
la investigación solitaria e itinerante que vincula los mundos fraccionados
que componen la ciudad (Jameson, 1992; 63).
Pero el detective
hard-boiled de la Los Ángeles lluviosa
del futuro persigue un sólo delito. La descontrolada sociedad futura apenas
se propone distinguir del anonimato
urbano un único tipo de criminal, el replicante. El crimen de los replicantes es su condición de simulacros,
su modo falso y perfecto de no ser hombres en la ciudad de los seres humanos
que quedan: ser réplicas (Cabrera Infante,1988). Los hombres artificiales
concentran la paranoia en los epígonos de la ciudad burguesa porque alcanzan
la exasperación del ocultamiento: son lo que simulan, y delinquen trágicamente
en ese empeño. Rick Deckard debe «retirarlos» de ese destino. Separar a los
replicantes camuflados debajo de la piel que portan[5]
de entre los hombres y eliminarlos, esa es la tarea del policía del siglo
XXI.
2. El último analista
Luego de un paneo
de apertura, largo e intermitente sobre
la noche apocalíptica de la ciudad llena de luces y de fuegos, la cámara nos
lleva a una ventana del edificio piramidal de la Corporación Tyrrell que fabrica
los replicantes. En una oficina donde un hombre comienza a practicar un test
a otro hombre. Un hombre que mira y otro que es observado. El que mira cuenta
con un método para ayudarse en su tarea porque lo que mira está detrás de
lo que se ve. Al mejor estilo del policial de enigma, el investigador confía
en darle sentido a los índices que surjan de las respuestas y de la pantalla.
León, el entrevistado, interrumpe la secuencia investigativa efectuando varios
disparos sobre su interlocutor. El herido es un blade runner. Su efímera
presencia en la pantalla lo había mostrado como un burócrata aliñado y seguro
de su método. León, resulta ser, efectivamente, un replicante.
La secuencia
siguiente ocurre en la calle. Rick Deckard revisa el diario buscando trabajo.
En primera persona el narrador en off nos cuenta que es un «ex-policía,
ex-blade runner, ex-asesino». Ese texto complejo que componen su ropa, su
modo de narración, su relativa marginalidad, nos dice también que Rick Deckard
es Philip Marlowe en Los Ángeles del siglo XXI. No demasiado exactamente,
porque Deckard, si bien había renunciado a la policía, termina trabajando
por cuenta de la institución. Pero ese retorno adquiere casi las características
de un contrato privado: es sólo para un trabajo (el retiro de los cuatro replicantes
Nexus-6 que regresaron a la tierra), se funda en una motivación económica
(Deckard está desocupado y no parece tener perspectivas de conseguir trabajo)
y, al modo de la serie negra, la misma relación económica funda la ética de
este detective (Piglia, 1979) y le permite tomar distancia de cualquier motivación
ideológica respecto del trabajo que tiene por delante. La relación de Rick
Deckard con la policía es ambigua, por un lado reproduce los tópicos propios
del género (conflicto, suficiencia, cierto desprecio) y, si se mira del revés,
estos aparecen disimulando la relación más estructural, en la que Deckard
es policía, y por lo tanto actúa por cuenta
de las instituciones de la sociedad, ya que no hay interés privado, particular,
en la caza de replicantes. Deckard trabaja solo, aunque en ocasiones lo acompaña
Gaff, pero cumpliendo apenas un rol de chofer y de mensajero del Capitán Bryant. Como toda conjunción,
elemento transicional, al mismo tiempo vincula y denuncia la separación. Hay
razones que justifican esa ambigüedad. Rick Deckard es superficialmente Marlowe,
pero básicamente también es Dupin o Sherlock Holmes. Su cometido es aquel
que Benjamin adjudicaba al policial de enigma: expresar la voluntad burguesa
de identificar al criminal, garantizar la tranquilidad de que es posible discriminar
lo diferente. La tarea analítica del blade runner es esencialmente
la de la primera escena, la aplicación de un método para distinguir el hombre
del artificio. Aunque escéptico respecto de su función punitiva, Deckard es,
sin embargo, dueño de algunas certezas: su oficio y el método.
La investigación
del blade runner se basa en el método abductivo[6].
Tanto el test de Voigt-Kampff, procedimiento específico para la detección
de replicantes, como la investigación que Deckard realiza sobre las fotografías
encontradas en la habitación de León y la que efectúa para determinar el origen
de la escama, se fundan en la teoría de que el carácter artificial de un sospechoso
se determina en un substrato que se encuentra oculto a la percepción superficial.
Son indicios que están debajo de la forma los que connotan el carácter artificial
del ser. Esta mirada es la vez analítica (desagrega la percepción superficial)
y profunda (se ubica debajo del estrato superficial); implica dos procedimientos:
una mirada capaz de ver lo que no se ve y, ya en ese nivel de percepción profunda
y de acercamiento, que supone la dispersión del todo en una cantidad de fragmentos
-procedimiento perfectamente ilustrado en esa remake electrónica de
Blow Up[7],
cuando Deckard analiza la fotografía en su computadora-
una teoría que permita identificar los índices pertinentes, jerarquizarlos
y relacionarlos en la configuración de un sentido. Las preguntas del test
apuntan a desarmar la corta experiencia de los replicantes hasta el punto
de alcanzar su completa desarticulación, poniéndolo en la imposibilidad de
referir la experiencia contenida en cada una al conjunto de la conciencia.
El pequeño televisor que permite observar las reacciones del iris implica
la selección de un espacio semióticamente privilegiado en el que se inscriben
las reacciones que se asocian al colapso de la personalidad del individuo
analizado.
Para el análisis
de la fotografía Deckard procede buscando detalles que no resultan relevantes
-no se ven-, para eso desarma la
escena, acerca el plano, se introduce en la dimensión barroca[8]
de la luna del espejo y rompe el encuadre y la perspectiva de la fotografía
hasta encontrar la cara de la mujer acostada y en ella el tatuaje de la serpiente.
Y obtiene de la computadora otra fotografía. ¿De qué manera estaba esta fotografía
en la primera? De una manera radicalmente discontinua, fundada no en la secuencia
de imágenes sino en la autoridad del monitor de la computadora que genera
esas imágenes televisivas dentro del cine.
Con
la escama que sacara de la bañadera en la habitación de hotel, Deckard acude
a un puesto del mercado y la anciana
que lo atiende introduce la muestra en el microscopio electrónico. La pantalla
nos muestra la estructura molecular de la escama, y en ese nivel vemos, Deckard
ve, la anciana experta miradora le hace ver, le lee, la marca del fabricante:
el síntoma, que es mensaje, se encuentra a nivel molecular. El indicio marginal
caracteriza todo el ser del ente, lo in-forma, lo resignifica completamente,
cambia la mirada que se efectúa sobre él. El mismo procedimiento indicial
le permite a Deckard llegar de la escama en la bañadera a la mujer que en
el bar baila con la serpiente. De la escama artificial de la serpiente a la
mujer artificial.
La investigación
de Deckard produce tres imágenes electrónicas (tres sentidos) que un procedimiento
de abducción vincula a la imagen superficial de la que partió. La lógica de
la secuencia cinematográfica es desplazada por otra que se sostiene en una
postulación teórica de la policía del mundo ficcional; la mirada de la cámara
yuxtapone imágenes cuya sintaxis sucesiva[9]
es reforzada en razón de fundamentar la continuidad recurriendo a otro nivel
de sintaxis narrativa estructurada por ese aparato epistemológico instalado
en el universo fílmico mediante su inscripción en el género policial, y por
los blade runners: la percepción está impugnada, necesita del ejercicio
de un oficio racional para su validación/falsación[10];
la verdad radica en un estrato inferior al que percibe la experiencia, al
que se accede a través de la razón metodológica[11];
este oficio se ejerce desde el lugar de la ley (incluso el padre de los replicantes,
Tyrrell recurre a Deckard para que experimente en su nuevo diseño el test
de Voigt-Kampff); los signos de la condición artificial se encuentran en los
indicios marginales de las imágenes que nos ofrece la percepción superficial. La identificación
de este esquema teórico permite extraer algunas conclusiones: la instalación
de una sintaxis abductiva en la narración rompe el continuo temporal como
estructurador de la narración cinematográfica, y lo reemplaza. Los replicantes
sólo son posibles, y con ello el crimen en L.A. 2019, a partir del cuestionamiento
de la percepción. Es decir, es la ley la que crea el crimen[12].
El delito de ser réplica sólo puede ser pensado fuera del curso del tiempo,
de la historia, y fuera del ámbito de la experiencia.
Lo mismo sucede
con la secuencia de preguntas que realizan los blade runners durante
la ejecución del test. La serie se propone producir una cantidad de respuestas
descartables a los efectos del sentido, hasta el momento en que se produzca
el silencio significativo. El blade runner conduce el análisis de la
experiencia del sujeto analizado en el postulado de que la fragmentación de
esa experiencia, la supresión del relato, vaciará la precaria personalidad
artificial. ¿Es la falta de infancia lo que caracteriza al replicante? ¿Es
la falta de la etapa de elaboración de la personalidad lo que permite postular
que los replicantes no han tenido tiempo
para construir sus emociones[13]?
De hecho el perfeccionamiento de Rachel respecto de los otros Nexus-6 está
en sus recuerdos implantados. Rachel tiene infancia, aunque incompleta: le
falta la densidad que otorga la historia. Se necesita una mayor cantidad de
preguntas para descubrir su silencio, pero finalmente el vacío llega. Conocedores
del psicoanálisis, a modo de analistas forenses, los blade runners
fiscalizan la personalidad de los artificios rastreando su constitución en
el orden simbólico[14].
Siguiendo la
categorización que hace Lacan en su análisis
de La carta robada[15] de Poe, los vigilantes ocupan el lugar de la mirada que ve lo que
los demás no ven. Pero ese lugar lo ocupan, no como el Dupin descentrado respecto
de las instituciones torpes y dueño y ejecutor de una ciencia individual,
sino como mandatarios de un lugar social cuyo saber ejercen con distintos
grados de destreza[16]. Tanto
en el policial de enigma como en Blade Runner la caracterización del
delito es social e institucional, pero en la película el método investigativo
está asociado a la caracterización del delito en un par cuyos dos términos
se implican mutuamente. El método produce el delito.
3. Apología de la forma
Ese hombre enorme,
angustiado y lleno de desazón, que enfrenta las preguntas del blade runner
en los primeros momentos del film, más parece un ratón de laboratorio encerrado
en su laberinto que un criminal. Su desproporcionada respuesta parece, incluso,
el zarpazo defensivo de un animal acosado y no la fría ejecución de un crimen.
Las primeras imágenes de los replicantes en Blade Runner discrepan de la serie de archivo
que, más tarde, el Capitán Bryan le muestra a Deckard en las oficinas de la
policía. Hay en ese enorme ser indefenso la ternura de King Kong[17]
que no se percibe en las imágenes electrónicas del prontuario que remiten
a la calificación social y son acompañadas por la descripción de sus aptitudes
de diseño.
La investigación
de Deckard lo lleva a la habitación de hotel que ocupaba León donde encuentra
una cantidad de fotos de familia. Es el punto de contacto entre dos tareas
análogas que se tocan para abrirse en direcciones opuestas. Los replicantes
también realizan una investigación. Roy es, como su oponente, un detective
que quiere saber el por qué de su condición artificial, de su caducidad inminente
y para eso debe recorrer la estructura de poder de la sociedad y develarla.
Roy debe ser leído como el detective hard boiled que Deckard no es
del todo. Las marcas del género negro en Deckard, introducen en el texto fílmico
la clave genérica que permite el desplazamiento para la lectura de Roy y sus
compañeros replicantes en esa clave. El saber del detective en los policiales
de enigma se funda en la posesión del método mientras que el detective de
los thrillers funda su saber en la experiencia[18].
En Blade Runner Deckard no
es el único poseedor del método, y su lugar privilegiado en la policía respecto
del saber se debe a su experiencia en el método. La doble adscripción de Deckard
al detective de la novela de enigma y a los Marlowe del thriller permite
por un lado la asociación policía/detective/método racional por sobre la mirada
superficial y por otro, permite separar a Deckard del conjunto institucional,
emplazar su oficio racional en la calle y proyectar el discurrir de su investigación
sobre el mismo eje de sentido que recorre Roy en la dirección contraria. Deckard
parte de una certeza cuya vinculación con el poder lo convence cada vez menos.
Retirar replicantes y matar son conceptos diferentes en el marco de la teoría
que sustenta el poder (emblematizada en el test de Voigt-Kampff) pero no parecen
tan diversos en la ejecución del oficio; cuando mata a Zhora lo que hay en
el suelo, después de los balazos, tiene aspecto de mujer muerta.
Roy, en cambio,
posee una duda y la angustia que esa duda genera. Los replicantes quieren
saber por qué les han asignado la muerte prematura, en qué se funda el orden
que los ha hecho efímeros. La investigación de Roy y sus compañeros es un
itinerario por el que buscan reunir las partes dispersas de su propia condición
artificial, y en el que encuentran la estructura del poder, la unidad de la
Ciudad fragmentada. La visita al viejo diseñador de ojos, al diseñador genético,
J.F. Sebastian (los cuerpos repetidos, remedados en los autómatas biológicos),
y finalmente la visita a Tyrrell, el creador, son los peldaños de un ascenso
en la anagnórisis del poder. Tyrrell responde la pregunta con la respuesta
que Roy intuía: «Cuanto más brilla una luz, menos dura. Y tu has sido muy,
muy brillante, Roy». Les toca morir porque son diseños y la lógica del
diseño industrial es ser reemplazados por nuevos diseños más eficientes[19],
o simplemente, diversos. Para lograr su autonomía deben eliminar a sus creadores,
deben independizarse del diseñador. La investigación de los replicantes es
una recorrida por la estructura de poder de la sociedad, cuyos eslabones van
destruyendo, la cadena lógica del método que funda el orden social que los
destina a la criminalidad y a ser muertos. Roy muestra la verdadera trama
de la organización social desmitificando la estructura de poder de Tyrrell.
Roy debe destruir a sus diseñadores para probar la verdad que construye, que
el diseño puede sobrevivir a los diseñadores, que por lo tanto no es diseño;
es lo que se les niega: vida. Y su método de verdad es la experiencia, una
experiencia que -al revés de lo que sucede en el policial negro- construye
hacia el futuro: los replicantes edifican su vida pasada coleccionando fotos;
suprimiendo al analista y a su test refutan la postulación teórica del poder
según la cual hay una verdad detrás
de la forma, e imponen la experiencia inmediata como única dimensión de lo
real; eliminando a los diseñadores otorgan autonomía al diseño, prueban que
puede sobrevivirlos, construyen por lo tanto una verdad experiencial: el diseño
ya no es tal.
Roy, como en
el policial negro, ejerce violencia en su investigación porque su búsqueda
revela la estructura de poder de la sociedad que se expresa como violencia
y únicamente reacciona ante la experiencia de la violencia. Esa misma violencia
que constituye el reemplazo del poder por parte de Roy le permite construir
la prueba definitiva de su humanidad. En los techos de la ciudad, en las alturas
de las que desplazó el orden racional de Tyrrell, el replicante, la pura organicidad,
la razón pura, permite vivir a la paloma y a Deckard y, de artificio perfecto
que era, se convierte en ser vivo y puede morir.
4. Elogio de la percepción
Blade Runner
como película policial refuta el género y como cine de ciencia-ficción diluye
los límites entre lo natural y lo fabricado. La impugnación del policial se
verifica para sus dos vertientes: el policial de enigma y el thriller.
Rick Deckard es un investigador cuyo método abductivo resulta sistemáticamente
invalidado por lo evidente que la experiencia produce y, a la vez, es un detective
serie negra plenamente ingenuo frente
a esas mismas experiencias que lo sorprenden y se le imponen en el decurso
de la acción. Deckard va siendo desplazado, por la acción de los replicantes,
del lugar del saber que las instituciones, su oficio y el género le habían
asignado. Es Roy el que sabe, el que ve lo que los demás no ven porque su
mirada es anterior a la sociedad y al método: su mirada es natural, es experiencia directa, y es verdadera.
Los replicantes van desmontando la taxonomía en que el método organizó al
mundo con la autoridad que le otorga la experiencia de su visión primordial.
Roy recorre el itinerario de su fabricación y elimina el camino recorrido
en cada instancia negando las partes hasta aislar el todo orgánico que siente
ser e independizarse del proceso tecnológico que la sociedad afirma que está
en su origen y que él no percibe y niega[20].
La razón saturó el artificio, resumió el doble (Rachel, que no sabe si es o es utensilio) en un organismo autónomo capaz
de realizar experiencia y hacer su historia.
La misma ejecución
de su crimen es la primera impugnación de la taxonomía. Al ingresar a la ciudad
en la que están prohibidos los replicantes confunden el orden impuesto y desatan
la acción policial para restablecerlo. Pero el relato no se resuelve en la
polaridad establecida por esa ruptura del ordenamiento racional, la suprime;
los replicantes matan replicantes o salvan humanos: Rachel mata a León para
salvar a Deckard; Roy salva la vida de Deckard en el clímax del enfrentamiento
y luego muere naturalmente, Deckard
en lugar de retirar a Rachel huye
con ella, se van de la ciudad como dos seres humanos o como dos replicantes
que ya saben lo único que importa, que la frontera que los separaba era un
artificio creado por la razón. Ya no pueden distinguirse el villano y el crimen
en el seno de la sociedad unificada por la continuidad de la percepción. Han
sido destituidas las miradas analíticas que ejercen los blade runners
a través de las imágenes electrónicas. La pantalla del artefacto que apoya
el test de Voigt-Kampff confronta
con las fotografías de infancia que Rachel le muestra a Rick Deckard en su
departamento. Otras fotografías familiares, las que los policías habían encontrado
en la habitación de León, son sospechadas por el investigador que las somete
a un proceso analítico con su computadora. La imagen del monitor interrumpe
la continuidad de la percepción, analiza los fragmentos y selecciona síntomas
que Deckard ordena en otra continuidad. Entre la imagen electrónica y la fotografía
la relación se funda en el método de los índices convergentes (Rosa, 1992;
7): un cuello de mujer y una serpiente tatuada que no percibía la mirada original,
se relacionan con la escama y con otra imagen electrónica, la del microscopio,
que postula la presencia de un rótulo con la marca del fabricante. El método
orienta al investigador hasta llevarlo al paradero de la replicante, pero
la ejecución lo confronta con la imagen de un cadáver de sexo femenino. La
experiencia se impone y deroga las imágenes artificiales de la televisión.
Ver a través de la televisión y simplemente mirar son los dos extremos del
itinerario involuntario del blade runner. Desde el momento en que le
muestran el video-tape de la entrevista de León con el investigador inicialmente
cancelado y el video-prontuario, hasta el encuentro cara a cara con Roy, en
las azoteas. La televisión impone y fundamenta la organización de la ciudad
mediante la elaboración racional de imágenes cuya vinculación con el continuo
de la percepción es arbitraria. Frente a ella Roy esgrime la autoridad del
ojo, que registra la experiencia: «Si pudiera ver lo que he visto yo con
sus ojos» le dice al anciano diseñador de piezas oculares y finalmente,
frente al policía despojado de poder y de método, frente al hombre que mira,
Roy pronuncia el elogio de la percepción: «He visto cosas que ustedes no
creerían. Naves de ataque ardiendo sobre el hombro de Orión. Rayos ‘C’ brillando
en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhäuser. Todos esos momentos se perderán
en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.» Haber visto
es la prueba de la vida. No hay nada que ver detrás de lo que Deckard está
mirando: un hombre que ha vivido y muere.
Cuando Deckard
regresa a su departamento registra el ambiente con precaución residual. Dos
televisores encendidos ya no significan nada, apenas emiten luz que ilumina
el rostro de Rachel durmiendo cubierta por una sábana blanca.
No hay más acontecimiento
que el que evidencian los sentidos, ninguna otra realidad que la que acontece.
La ilusión del doble se desvanece con la investigación que pretendía, como
la metafísica, protegernos de lo real (Rosset, 1993).
En la sociedad
del futuro ya no hay tarea para el vigilante, su certeza se ha desmoronado
junto a la validez de su método y de las imágenes electrónicas. El género
policial ha sido refutado y el detective y el criminal son definitivamente
lo que parecen: un hombre frente a una mujer.Y de allí viene a sacarlos el
cine, que es la vida: la mirada natural que ha
visto lo que muestra. El cine, aún no contaminado por los efectos digitales,
se hace presente en el relato de la
mano del happy end[21], explicitándose
en ese final de película que sólo puede constituirse en afuera
de Los Ángeles 2019, en otro lugar
de la ciudad presidida por la gran pantalla de televisión, por obra de la
retórica cinematográfica. Las fotografías son fotogramas que registran momentos
de un continuo que es el cine, que se mete en el texto para rescatar a los
protagonistas y hace posible ese mundo natural sin artefactos, alternativo
respecto de la ciudad del diseño, en el que todavía se puede hacer otra historia
y en el que el happy end resulta,
como siempre, el augurio de un principio feliz.
Notas
1-
Metrópolis, Fritz Lang, Alemania, 1926.
2-
Alphaville, Jean-Luc Godard, Francia, 1965.
3-
2001, Odisea del espacio, Stanley Kubrick,
1968.
4-
Con todo hay diferencias importantes: en Metrópolis
se explicita el origen humano del diseño, incluso está personalizado en Federsen
y en Rotwang, el científico. Todavía predomina la concepción individual de
la ciencia y es fuerte la idea de que la deshumanización del mundo técnico
tiene origen ético. En la películas de los años sesenta/setenta, en cambio,
el universo artificial se percibe como autónomo respecto de los hombres que
lo habitan. Esta propuesta es muy explícita en Logan’s Run (Estados Unidos, 1976) de Michael Anderson.
5-
La policía de L.A. 2019 llama «portapieles» a los replicantes.
6-
Para todo lo referido a la abducción y el método policial tuvimos a la vista
el libro editado por Umberto Eco y Thomas A. Sebeok:
El signo de los tres. Dupin, Holmes, Peirce. Barcelona, Lumen, 1989,
en especial: Sebeok, Th. Umiker-Sebeok, J. «Ya conoce usted mi método»: Una confrontación entre Charles S. Peirce
y Sherlock Holmes; Ginzburg, Carlo: Morelli,
Freud y Sherlock Holmes: Indicios y método científico; Hintikka, J. y
Hintikka, M.: Sherlock Holmes y la lógica
moderna: Hacia una teoría de la búsqueda de información a través de la formulación
de preguntas; y Eco, Umberto: Cuernos, cascos, zapatos: Algunas hipotesis sobre tres tipos de abducción.
7-
Michelangelo Antonioni,1966.
8-
El barroco es una clave gravitante en la película, como bien hace notar Alberto
Cardín (1988). Los ambientes atravesados por luces frías y calientes, los
personajes deformes y los pronunciados contrastes que propone constantemente
la puesta en escena, los magníficos muñecos de J.F. Sebastian que parodian/reproducen
la sociedad y remiten a Velázquez. Esta clave es especialmente apropiada,
la pintura barroca otorgó autonomía estética a los objetos (Dorfles, 1972).
9-
Pérez Rasetti, C., Ricaud, Nora: «Para una teoría del cuento». Waxen
Nº 5, marzo 1994,Río Gallegos, U.N.P.A. pag. 11. Llamamos sintaxis sucesiva
a aquella de configuración débil, en la que los hechos
están vinculados apenas por el ordenamiento discursivo.
10-
La ciencia es social, y, en Blade Runner,
se exaspera este rol porque lo ejerce la policía. Se trata de un ejercicio
inquisitorial de la ciencia.
11-
Deliberadamente, pero con esfuerzo, he resistido la palabra «esencia» para
designar al nivel en que los blade runners ubican la verdadera condición
de los seres. Modernos en sentido estricto, postulan este estrato como un
nivel de sentido, de «configuración».
12-
Nótese que lo que está prohibido a los replicantes es vivir en La Ciudad;
de esta clandestinidad se derivan los asesinatos en que estos incurren. El
caso de Rachel constituye el ejemplo más claro en ese sentido.
13-
Una curiosidad seguramente no arbitraria: en El
extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde de Stevenson lo humano se identifica
con lo racional, mientras que lo inhumano está representado por los instintos
y la pasión. En Blade Runner lo
que se pretende de un ser humano son los sentimientos, pero esta pretensión
se esgrime desde la razón.
14-
Lacan, Jacques, «El seminario sobre la Carta
Robada», Escritos, México, Siglo
XXI, p.6.
15-
Lacan, Jacques, op.cit. p. 9.
16-
El Capitán Bryant le reconoce a Deckard esa especial destreza, lo que resulta
bastante obvio ya que su reemplazante fue sacado de escena a balazos en los
primeros minutos del film. Pero véase que uno y otro aplican la misma metodología,
al contrario de lo que sucede tanto con Dupin en los cuentos de Poe, como
con Sherlock Holmes, en los de Conan Doyle. Estos dos se diferencian de sus
competidores policiales, explícitamente, en el método.
17-
King Kong, Cooper-Schoedsack, Estados Unidos, 1933.
18- Confróntese
Piglia, Ricardo: «Introducción» a Cuentos
de la Serie Negra. Buenos Aires, C.E.A.L., 1979.
19-
Dorfles, Gilo: Naturaleza y artificio.
Barcelona, Lumen, 1972, ver el capítulo II. «Objeto natural y objeto artificial».
20-
Confróntese Jameson,
Fredric: «Sobre Raymond Chandler», en Link, 1992, pag. 63. «Como ya no existe una forma privilegiada
de experiencia que pueda aprehender la estructura social en su totalidad es
necesario inventar una figura que pueda sobreimprimirse a la sociedad como
un todo, una figura cuya rutina o modo de vida le sirvan para ir hilvanando
estas partes separadas y aisladas.» Esta figura, convocada en el film por las marcas de
policial negro, ha sido transferida a Roy.
21-
Hay un versión que asegura que el final feliz habría sido una imposición de
los productores, y que fue tan ajena a la concepción del film que incluso
se utilizaron para el montaje tomas de paisajes rodadas para otra película
de la compañía. Si esta circunstancia fuera, como dicen, cierta, tendríamos
una prueba irrefutable de la preeminencia de la retórica cinematográfica sobre
la razón analítica. La segunda versión de Blade Runner, estrenada años
después de la que es objeto de nuestra consideración aquí con la advertencia
pomposa de que se trataba del «director´s cut», nos ratifica.
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setiembre de 1993.
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Blade
Runner, la imaginación de Ridley Scott reconfigura las reglas
del policial y la ciencia-ficción.

La
arquitectura de Blade Runner es uno de sus aspectos más sobresalientes.
Y es un símbolo definitivo del mensaje de la película.

El
aspecto de Deckard se ajusta a las convenciones de la novela negra.

Sólo
la pericia de un cazador como Deckard le permitirá saber que Rachel
es, también, una replicante.

Esta
imagen de la Los Ángeles de Blade Runner permite observar la
convivencia entre viejos y nuevos estilos arquitectónicos.

El
barroquismo deliberado de la película es otra de sus claves simbólicas.

Descubrir
simulacros de humanos es la tarea para la que se han entrenado los «blade
runners».

Aún
conociendo la naturaleza sintética de Rachel, el solitario Deckard
no puede evitar enamorarse de la muchacha..

Cuando
todo parece perdido, Deckard será salvado por una de sus eventuales
víctimas.

Los
Ángeles -la Tierra- es un lugar prohibido para los replicantes. Para
ellos, es tiempo de morir...

La
auténtica recreación que Scott hace del libro original de Philip
Dick hizo que ambas obras fuesen copiosamente comparadas.
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