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ARTÍCULO
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Antología
del cuento fantástico argentino contemporáneo.
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Horacio Moreno |
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| ESPECIAL PARA SONÁMBULOS |
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Antología
del cuento fantástico argentino contemporáneo. Compilada por Gabriel Guralnik.
Buenos Aires: Lá Página, 2005. Contiene: «Prólogo», por Lucía Gálvez; «Leticia en el reflujo de la marea», por Alejandro Alonso; «Transitando el títere», por Liliana Bodoc; «En la escala», por Eduardo J. Carletti; «La abandonada», por Liliana Díaz Mindurry; «De Châtelet a Bolívar», por Romina Doval; «Los pescadores de ojos», por Carlos Gardini; «Muñecas rusas», por Sergio Gaut vel Hartman; «Strelitzias, langestremias e hisophilas», por Angélica Gorodischer; «Perpetuidad», por Raquel Jaduszliwer; «El monstruo en el Sur», por Alberto Laiseca; «Médico de familia», por Laura Massolo; «El hospicio», por Guillermo McKay; «La estación terminal», por Leonardo Moledo; «Acerca de la Comunidad de Hipotálamos y el Código Morse», por Pola Oloixárac; «El crepúsculo de la carne», por Luis Pestarini; «El Laberinto», por Rafael Pinedo; «Microméganes con nosotros», por Rogelio Ramos Signes; «Dos mil diez: odisea del espacio», por Rudy; «La Amada Inmóvil», por Paula Ruggeri; «Ocho», por Ana María Shua; «La sombra del cielo», por Enrique Solinas; «Los frascos», por Patricia Suárez. |
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Es bastante habitual
y cíclico en el fantástico literario argentino que se den a conocer antologías
pretendidamente abarcadoras de aquello que se está escribiendo contemporáneamente
dentro del género. Hay muchísimos ejemplos, de distintas calidades y con diferentes
propósitos editoriales: en el mismo momento en que se escribe este comentario,
el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos acaba de lanzar al mercado
un nuevo trabajo de compilación orientado por Sergio Gaut vel Hartman, titulado
Mañanas en sombras, al que oportunamente
analizaremos en este espacio. El intento del libro
que nos convoca es múltiple. Por un lado pretende ofrecer un panorama actual
de la literatura fantástica argentina. En segundo término, es el corolario
de una colección de diez títulos dedicados al género que acaba de publicar
el diario Página/12, algunos de
los cuales, también, vamos a reseñar en Samizdat. Finalmente, la antología es la presentación del gusto literario
de Gabriel Guralnik, «editor» de la mencionada colección, fundador, presidente
y factótum de la Fundación Ciudad de Arena, institución
dedicada a la promoción del género fantástico en la Argentina. Como afirmamos antes,
los objetivos de la colección y de la antología en particular, son diversos,
y nos proponemos analizarlos del mismo modo que analizaremos los relatos incluidos
en este libro. Si tomamos el primer
objetivo de la antología, podemos afirmar que el rótulo «contemporáneo» es
un poco discutible. El libro incluye relatos nuevos o medianamente actuales,
mechados con algunos otros que han aparecido hace unos 20 años, más o menos.
Tal es el caso, por ejemplo, de «En la escala», de Eduardo Carletti, o de
«La estación terminal», de Leonardo Moledo. Hay, evidentemente, una intencionalidad
respecto de incluir cuentos de determinados autores más allá de que cumplan
o no con la consigna que convoca la compilación. Del mismo modo, aparecen
algunos escritores del denominado mainstream que parecen haber optado en
épocas recientes por el fantástico, a los que se incluye más allá de su calidad
intrínseca en cada caso particular. Finalmente, también están los «desconocidos
de siempre», insertándose en este variopinto «panorama» a través de fórmulas
ya probadas y harto gastadas a esta altura del partido (como es el caso de
Angélica Gorodischer). En segundo lugar, es
muy interesante -y deseable- que un diario de distribución masiva, como Página/12,
ofrezca difusión y financiamiento a una colección de estas características.
También es cierto que, en estos casos, hay una tendencia a sugerir la inclusión
de determinados autores, supuestamente con «nombre», en la inteligencia de
que dichos autores de alguna manera favorecerán las ventas del producto, en
este caso en particular, cultural. Todos los que alguna vez compilaron una
antología saben exactamente de qué estamos hablando. Como siempre, se aplican
conceptos de marketing generales
a casos extremadamente particulares, invocando una extraña religión que en
casi todas las ocasiones termina fracasando y, lo que es peor aún, los responsables
de tales decisiones suelen achacarle al género fantástico la responsabilidad
del fracaso, olvidando que son sus prejuicios los que, en definitiva, moldean
al producto ofrecido, deciden sobre inclusiones y exclusiones, y eligen a
los responsables del casi seguro fracaso. A esta altura, desconocemos las
cifras de venta de la colección y su repercusión entre los aficionados del
fantástico, pero sólo es cuestión de tiempo para ver la realidad de lo que
ha sucedido. Finalmente, como consecuencia
de lo que afirmábamos en el párrafo anterior, es muy difícil determinar cuánto
de los elegido es realmente producto de la apareciación estética del «editor»,
y cuánto responde a las imposiciones antes señaladas, lo que nos deja con
la impresión de que es bastante dificultoso asertar con el gusto de Guralnik
a partir de esta colección y de la presente antología en particular. Sí existe,
como en todo, un contexto a partir del cual inferir determinadas tendencias
-la selección de personalidades en la Fundación Ciudad de Arena, la gente que
hizo el viaje a los «Confines», las conversaciones con algunos de los participantes
de la antología que, por pudor, no detallaremos en profundidad, etc.-, que
otorgan suficiente base a la siguiente afirmación: Guralnik no es un gran conocedor del fantástico,
apenas araña la superficie de un género que tiene una enorme riqueza en nuestras
tierras y representantes mucho más interesantes que algunos de los incluidos
en este trabajo. Pasemos, ahora sí, a esta antología en particular, teniendo en cuenta todo lo afirmado anteriormente. El
«Prólogo» elaborado por Lucía Gálvez ofrece un breve resumen de lo que hemos
dicho. Leamos: «Lo primero que me llama
la atención es la cantidad de adeptos que tiene este género. ¿A qué se debe
que haya tanta gente de todas las edades que escriba o consuma -a veces con
exclusividad- este material?» Esta pregunta, en sí, plantea a las claras
la total ignorancia de lo que ocurre con lo fantástico en particular, pero
más que nada, de lo que ocurre en el amplio espectro del «entretenimiento».
Sin meternos demasiado profundamente en esta reflexión, baste señalar la prepondenrancia
de «lo fantástico» a la hora de atraer espectadores en el cine. O tomemos
en cuenta, sencillamente, lo que ha ocurrido con las obras literarias de Tolkien
y J.K. Rowling -ambas claramente enroladas en el género que nos ocupa- antes
y después de sus sendas adaptaciones cinematográficas, que llegan de la mano
de la misma lógica de marketing
que expusimos en párrafos anteriores, pero aplicada de manera magistral, apuntada
a los potenciales consumidores antes que al prurito culturoso que hay en esta
colección y, en particular, en esta antología. Un prurito que ya ha probado
su ineficacia en innumerables ocasiones y que, como siempre, apela a un establishment
que no existe, que es incluso más reducido que el propio nicho de consumidores
de «lo fantástico». Todo
el «Prólogo» es una colección de impresiones
de la prologuista, destacando obviedades y hasta «descubriendo» algunos presupuestos
teóricos ya planteados por Todorov en las primeras décadas del siglo pasado.
Flaco favor le hace la inclusión de Lucía Gálvez -especialista en temas como
los romances de preponderantes figuras de la historia argentina- a la antología,
toda vez que un prologuista debería, cuando menos, destacar hechos relacionados
con el libro a prologar antes que desnudar los vacíos de la propia formación. El
primer cuento, «Leticia en el reflujo de la marea», es una acabada muestra
del trabajo de Alejandro Alonso. Este joven escritor tiene un excelente manejo
de la narración y una clara identificación con lo que se denomina ciencia-ficción
hard: Su problema es, al igual que casi
todos los cultores de este tipo de CF, que sus personajes son demasiado planos,
escasamente creíbles. Y algunas de sus ideas, además, se quedan a mitad de
camino. Donde hay el germen de un cuento nos quedamos con el principio de
un ejercicio literario que podría haberse profundizado mucho más, y en el
que podrían haberse desarrollado «temas» mucho más interesantes. De Alonso
haremos un análisis más profundo cuando reseñemos su libro La ruta a Trascendencia, también incluido en esta colección. La
compilación sigue con «Transitando el títere», de Liliana Bodoc, un trabajo
muy alejado de la Saga de los Confines con la que nos ha deleitado
en los últimos años, y que aborda el tema de la represión ilegal en la última
dictadura militar que asoló a la Argentina. Digamos que, por un lado, el cuento
de Bodoc no le hace honor y parece un ejercicio de taller literario antes
que otra cosa. Además, el tema en particular de la narración ha sido transitado
con mucha mayor eficacia por otros escritores del género, en la década de
los ’80. El
que sigue es el cuento «En la escala», de Eduardo Carletti, uno de los grandes
animadores de la CF nacida en los ’80 en nuestro país, y que ha seguido fiel
a su pasión a lo largo de las décadas siguientes, sobre todo de la mano de
su revista electrónica Axxón. Carletti
ofreció en sus años de gloria, un puñado de ficciones de calidad diversa pero
siempre interesantes, que lo transformaron en el mejor ejecutor de la CF hard de estas tierras. En muy poco años
ganó premios y accedió a la publicación de una novela y una compilación de
cuentos que eran un recorrido casi completo por su obra literaria. Hacia principios
de los ’90, su trabajo literario se fue espaciando hasta finalmente desaparecer.
«En la escala», cuento ganador del premio Más Allá a mediados de los ’80, es una de las mejores y más originales
obras de Carletti, y pese a su calidad, la reiteración de apariciones redunda
contra su apreciación. Liliana
Díaz Mindurry, la autora incluida a continuación en el libro, ofrece «La abandonada»,
otro ejercicio que pretende describir, en tono «extraño», la visión de los
hechos narrados en el Martín Fierro
a través de los ojos de una mujer. Díaz Mindurry ganó el premio Planeta en 1998 por su novela Pequeña
música nocturna y este trabajo realmente no le aporta nada ni a su escritura
ni a su nuevo tránsito por los caminos del género fantástico. «De
Châtelet a Bolívar», de Romina Doval, es la narración que se nos ofrece a
continuación. Este cuento en particular es uno de los ganadores del concurso
organizado por la Fundación Ciudad
de Arena en 2004 y relata un extraño viaje en subte que lleva a su protagonista
a vivir, de manera fantástica, la nostalgia de quien habita en tierra extranjera,
conjugando recuerdos del pasado con los hechos del presente. Si bien la narración
es correcta, el planteo es demasiado remanido y apela a un final circular
que es la invitación a una nueva pesadilla. Carlos
Gardini ofrece «Los pescadores de ojos». Y ofrece al peor Gardini, no por
su técnica ni su estilo, que son claramente identificables, sino por su carencia
de anécdota, que transita cansinamente por algunos tópicos bastante habituales
de la ciencia-ficción, pero en clave de narración fantástica. Está muy lejos
de lo mejor de este autor. Sergio
Gaut vel Hartman es uno de los más activos aficionados al género fantástico
de nuestro país. Desde los lejanos ’70, cuando debutara como escritor con
un cuento incluido en la mítica Nueva
Dimensión, hasta la actualidad que lo encuentra como uno de los finalistas
del premio Minotauro en su última edición, moderador
de la lista Comunidad CF y nuevamente
impulsor de una reunión de aficionados como es la Tertulia Buenos Aires. El
trabajo de Gaut vel Hartman ha sido siempre ecléctico. Maneja muy bien la
narración, ofrece algunas ideas auténticamente incitantes, pero casi siempre
se queda a mitad de camino, optando por la resolución surrealista antes que
por otros procedimientos. «Muñecas rusas», el cuento aportado a esta antología,
sintetiza lo antes expresado respecto de su obra literaria, aunque teniendo
en cuenta la medianía que lo rodea, se destaca sin demasiadas dificultades. Angélica
Gorodischer se presenta en la antología con «Strelitzias, langestremias e
hisophilas», una historia que vuelve al universo de Trafalgar Medrano, el
extravagante comerciante rosarino que es el sello distintivo de esta autora.
Como es de esparar, no aporta nada nuevo, la anécdota es sencilla y obvia,
y si este es el regreso de Gorodischer al fantástico, mejor sería que siguiera
intentándolo en el maisntream. «Perpetuidad»,
el relato siguiente escrito por Raquel Jaduszliwer, es otro cuento típico
de esta compilación: pretencioso, anodino e injustificado. Por supuesto, en
la presentación de la autora se destaca que participó en el Taller Itinerante
al Centro de los Confines. Y allí parece que no había nada... «El
monstruo en el Sur» es un texto de Alberto Laiseca, y mucho no se puede decir
sobre el mismo ya que pretende ser una especie de «repaso rápido» sobre las
características necesarias del relato fantástico, en especial el de terror.
De Laiseca nos ocuparemos más en profundidad en el comentario de su colección
de relatos En sueños he llorado. Laura
Massolo ofrece su cuento «Médico de familia», una narración con cierto «clima»
que resulta finalmente en nada. Aquí parece que suceden cosas, que se va a
desencadenar algún hecho y finalmente todo queda allí, en el vacío, apelando
a la enfermedad o el extrañamiento como fórmula para sorprender sin sorprender
a nadie. «El
hospicio», de Guillermo McKay es sin dudas lo mejor de esta antología. Es
un cuento climático, ambientado de manera magistral y que sin lugar a dudas
daría para mucho más. Lo imperdonable en este caso es que el autor se haya
quedado corto, que haya ofrecido un puñado de «puntas» que podrían haber sido
muy fructíferas y se haya conformado finalmente con la más obvia y previsible.
Pese a todo, el «ambiente» que ha logrado lo saca un poco por encima de la
medianía que campea en el libro. «La
estación terminal» de Leonardo Moledo es otra muestra de esos cuentos incluidos
«para no dejar afuera a un amigo». Publicado muchos años atrás, reeditado
hasta el hartazgo -quizá por las mismas causas por las que se lo incluye aquí-,
intenta ser un remedo de universo kafkiano ambientado en la época de la dictadura
militar. Busca, no demasiado brillantemente, constituirse en metáfora de la
represión de los años ’70 y en reflejo de una lógica de hierro a la que se
presume, paradójicamente, incoherente. Algo más para olvidar de esta antología. «Acerca
de la Comunidad de Hipotálamos y el Código Morse», de Pola Oloixárac apela
para su planteo a la neurofisiología, y esto es tan claro que el cuento comienza
con una cita de Ramón y Cajal. Pese al esfuerzo, al sinsentido bastante bien
plasmado del trabajo, y a los hechos retratados, se tiene la tentación de
compararlo con «La política del cuerpo», una pequeña joya nacida de la pluma
del inglés Clive Barker que con una hipótesis similar, deja muy lejos en calidad
al trabajo de esta joven autora. Esta
compilación ha servido de excusa para que Luis Pestarini presentara su segundo
trabajo (conocido) de ficción. Nos referimos a «El crepúsculo de la carne»,
un cuento que describe la realidad de una sociedad humana en la que la vejez
ha dejado de existir en virtud de una enfermedad que acelera los normales
procesos metabólicos. El relato está muy bien escrito, la desesperanza campea
en todas sus situaciones y es fácilmente reconocible el trabajo en pos de
un estilo propio. Lamentablemente, la anécdota resulta demasiado clásica y
la manera de contar es un tanto similar a la que encontramos en las traducciones
que ofrece Cuásar, la revista especializada que Pestarini
dirige desde 1984. «La noche reina», el otro cuento conocido de este autor,
transmitía una sensación mucho más poderosa y su «voz» era mucho más auténticamente
propia. Rafael
Pinedo ofrece a continuación «El Laberinto», otro relato que apela al extrañamiento
en la situación desde el vamos, y que se desarrolla por esos previsibles caminos.
Digamos también que Pinedo ha publicado recientemente una novela, Plop, que reseñaremos en estas páginas
en breve y que fue premiada en el concurso organizado por Casa de las Américas. Sin lugar a dudas, los trabajos de este autor
deberán ser estudiados con atención para ver hacia dónde desarrolla su narrativa
en el futuro. Un
autor que hacía bastante tiempo que no aparecía en el mundillo de lo fantástico
es Rogelio Ramos Signes, quien regresa en esta antología con su relato «Microméganes
con nosotros». Ya desde su título, el cuento es bastante previsible, y basta
leer unas pocas frases para descubrir que se trata, además, de una frustrada
encarnación del Mal en un ámbito solitario y en el que campea la desesperanza
y la ignorancia. Una historia con registro parecido pero mucho más lograda
es «El calamar opta por su tinta», del desparecido Adolfo Bioy Casares (un
ausente que, en virtud del concepto de «contemporaneidad» que ha seguido su
editor, bien podría haber sido incluido). «Dos
mil diez: una odisea del espacio», de Rudy, es otro relato que sin lugar a
dudas fue incluido tanto por ser un «amigo» de la casa (Página/12)
como un amigo del antólogo. El relato no tiene ni pies ni cabeza, apela al
título de un clásico del género para incluir una serie de devaneos pretendidamente
humorísticos que, en la mayoría de los casos no resultan absurdos sino patéticos. «La
Amada Inmóvil» es el aporte de Paula Ruggeri a la antología que nos ocupa.
Se trata de un relato que apela a las características típicas del fantástico
romántico del siglo XIX y, como tal resulta amén de previsible sumamente desfavorecido
en la comparación con los grandes maestros del género. El registro no carece
de poesía pero el estilo imitativo es demasiado marcado y, por ende, absolutamente
ineficaz. «Ocho»,
de Ana María Shua, es una microcompilación de microrrelatos, en un estilo
similar a los que escribiera en La sueñera.
Las anécdotas son triviales y su intención lúdica, lo que no ayuda precisamente
a valorar su inclusión en un libro de estas características o, por lo menos,
que tiene la intención de difundir lo que contemporáneamente se realiza en
el campo del fantástico. Hace bastantes años que Shua decidió enfocar su carrera
hacia el ámbito de la literatura infantil, y pese a los múltiples reconocimientos
de la Fundación Ciuda de Arena,
creemos que es dónde mejor se desempeña. «La
sombra del cielo», de Enrique Solinas, es un aporte con fantasmas, estrellas
y situaciones lacrimosas bastante trilladas, con reencuentro incluido entre
padres e hijos y todo. Cierra
la compilación «Los frascos», un relato de Patricia Suárez -cultora de lo
fantástico de años, pese a su juventud- que toma como premisa algunos tópicos
bastante frecuentes de la CF, aunque sin explicitarlos. Para el lector avezado,
este relato suena demasiado parecido a «El cazador de botellas», de Sergio
Gaut vel Hartman, aunque con otra historia muy diferente que sirve como hilo
conductor a toda la narración. En
definitiva, la antología no aporta demasiado. Los «nuevos» dentro del género
ofrecen una colección de obviedades misceláneas que, salvo alguna excepción,
tienen una remarcada cualidad somnífera. No se juega con los límites (ni del
género ni de los planteos) ni se aportan «temas» de verdadero interés. Es
lamentable que una oportunidad de estas características se desaproveche de
tal manera, más teniendo en cuenta por un lado que no son demasiadas las chances
para hacerlo (y mucho menos en los últimos tiempos); y por el otro, que el
desconocimiento o directamente «la búsqueda de las relaciones apropiadas»,
dejen sin incluir muchos relatos de gran calidad que son los que han permitido
la existencia de una ciencia-ficción y un fantástico auténticamente argentinos. |
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Horacio Moreno
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